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Hacia la imagen total del Cucalambé

Ricardo Riverón Rojas, 04 de diciembre de 2010

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, epítome significa: «Resumen o compendio de una obra extensa, que expone lo más fundamental o preciso de la materia tratada en ella». Y también: «Figura que consiste, después de dichas muchas palabras, en repetir las primeras para mayor claridad». Del segundo sentido se nutre ancilarmente el volumen Epítome a las Poesías completas de El Cucalambé, preparado por Carlos Tamayo Rodríguez para la editorial Sanlope, de Las Tunas. Aunque en realidad Tamayo, más que resumir o repetir, con esta obra aspira a llenar gran parte de los vacíos dejados por los anteriores compiladores de la obra del mayor decimista cubano del siglo XIX: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo.

Con la fruición del arqueólogo se empeñó Tamayo Rodríguez en salvar para nuestros días esas páginas, ocultas en publicaciones apolilladas, algunas ya casi ilegibles, que acaso por desconocimiento, o por consideraciones críticas fueron excluidas de Rumores del Hórmigo y de las tres ediciones de las Obras completas de El Cucalambé, publicadas en 1974, 1977 y 1983. De esa forma buceó, sobre todo en la colección de El Redactor, periódico donde, en Santiago de Cuba durante los años de 1858 y 1859, el bardo tunero hizo un curioso y copioso periodismo decimístico, lleno de gracia y, evidentemente, con amplia receptividad en los lectores.

No obstante, haber incluido más de cien textos de El Cucalambé nunca antes publicados en libro, Tamayo es consciente de que cerró la investigación, tras treinta y nueve años de búsquedas, con la certeza de que aún quedan obras del poeta, en manos de personas conocidas, que no logró rescatar para el volumen.

Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (1829-1861) es ampliamente conocido en nuestra historia literaria porque, al decir de muchos críticos, es en él donde primero la décima se expresa con ese tono y ese enfoque que permite que la hayamos seguido denominando, unas veces «la estrofa del pueblo» y otras «la estrofa nacional». Es también, El Cucalambé, una figura un tanto mítica, en torno a cuya desaparición se tejieron tramas legendarias de todo tipo, sobre sitios adonde supuestamente había ido a parar, sobre un posible asesinato, sobre un castigo por sus ideas, y muchas especulaciones más. Lo cierto es que, mientras estuvo vivo y frecuentando la vida literaria de la época, fue una persona común y evidentemente dotada de un poder de observación excepcional, que le permitió captar esencias de cubanía en los modos, modas, costumbres, acontecer histórico, espacios rurales o urbanos, además de que mostró una capacidad excepcional para convertirlos en expresión poética.

La profundidad de la huella dejada por El Cucalambé se aprecia en casi toda la juglaría posterior a él, hasta bien entrado el siglo XX, en la década de los sesentas. Los ánimos descriptivos que compulsaban a registrar con detalles una paisajística que entonces aún debió ser sobrecogedora; el tono picaresco, el regusto por las expresiones populares solo cedieron terreno —parcialmente— al imponerse una norma más enlazada con el sistema metafórico de los modernistas o de la Generación del 27 española, tras azarosa y desigual ruta de superación cultural de estos poetas. Dicho fenómeno a su vez se relaciona con la «urbanización» y de alguna manera reducción del arte repentístico que, primero la radio, y luego la televisión propiciaron. La investigación de Tamayo aporta nuevas confirmaciones a estas características y, sin entrar en valoraciones críticas de alta ambición, da testimonio de una ejecutoria que, por elección popular, devino modelo.

Pero no solo en las páginas de El Redactor buscó Tamayo las omisiones al legado de la figura estudiada, pues su investigación deja constancia de muchos detalles de la vida del bardo, y para ello se apoya en una profusa pesquisa documental que certifica fechas de todo tipo en la trayectoria vital de El Cucalambé y su familia, así como una iconografía también reveladora.

En este Epítome…, según ha declarado su autor, se incluyen trabajos en prosa de la autoría de El Cucalambé, que se publican por vez primera, pues no son pocos los que desconocen que el poeta hizo también buen periodismo.

En el libro podemos enterarnos asimismo de algunas facetas cucalambeanas que no se relacionan con la décima, y de paso lo extraen de ese dominio donde por lo general lo identifican, pues se rescatan estrofas de diverso formato  (sonetos, cuartetas y letrillas) y varios textos teatrales que enmiendan la creencia de que la conocida Consecuencias de una falta fue el único aporte de Nápoles Fajardo a la dramaturgia. De ello se da fe en los capítulos “Teatro trunco” y “El teatro burlesco y la capital de México”.

De especial importancia me parece el rescate que se agrupa en las secciones “Revoltillo” y “Plaza de toros”, pues con sus desenfadadas y burlescas crónicas y aforismos en poesía, el autor reafirma una de las coordenadas de la identidad cubana, que en aquel entonces no se configuraba tan claramente como discurso idiosincrásico.

De Carlos Tamayo, el empecinado compilador, buscador incesante de este tesoro durante décadas, el lector cubano ya conocía sus libros sobre Vicente García, sobre la imprenta en Las Tunas, sobre otros temas culturales y sobre el hermano de El Cucalambé. Su devoción por la obra de Nápoles Fajardo comenzó muy temprano, desde que cursaba el preuniversitario, en su ciudad, hasta los días de hoy, pasando por la época en que profundizó en la pesquisa, a partir de su ingreso a la Universidad de Oriente, donde se graduó de Licenciado en Letras.
Constituye entonces este libro un ejemplar de diversas y buenas utilidades, en tanto salva para nuestra historia cultural —y para un imaginario permanentemente ensanchado— una zona oscurecida por el silencio de dos siglos en la imagen de uno de sus fundadores poéticos.

Santa Clara, 25 de agosto de 2010