Llena eres de gracia: circunstancia del deseo
En 2003, la Editorial Letras Cubanas publicó la novela Llena eres de gracia, de Rogelio Riverón. Desde su párrafo inicial, enfrenta al lector con varios tópicos que van a recorrer toda la obra: la intensidad del erotismo, la fabulación comunicativa en las relaciones personales, la búsqueda de la identidad humana, la significación relativa del tiempo para el sentido de los hechos, y la cardinal importancia de la poética del lenguaje narrativo. “Le había dicho: serás mi virgen, y había besado su boca fresca; mi virgen, repetía ahora mientras la abrazaba por primera vez”, dice en su primera oración. Y vemos ya una intención de subvertir los tópicos en su relación con el modo en que están siendo reflejados por la narrativa cubana, y por la narrativa española y latinoamericana que ha ido dominando los mercados del libro. “Ella sonrió, apretándose contra él —continúa el texto en su segunda oración—, lo obligó a besarla detenidamente, y él inventaba pausas para fijar en la memoria su primera desnudez y repetir mi virgen”.
Con una ejemplar economía de recursos descriptivos, el autor consigue trascender el suceso mismo de la circunstancia erótica con el resto de los tópicos que recién he enumerado. Dos oraciones, y ya encontramos que la pareja se enfrenta a búsquedas identitarias diferentes: él la define en concepciones que supone perfectas, ideales, en tanto ella lo obliga a hallarla en sus acciones. La continuación del párrafo, a partir de la tercera oración, dará vía al planteamiento:
Se regodeaba todavía en la frase cuando ella se fue dejando caer hasta cubrir el piso con el ardor de su cuerpo, y comenzó a rozarlo con los hombros, con los pechos pequeños, con los vellos del vientre y los muslos perfectos. Después buscó al animal y lo fue dejando entrar con una sabia ternura, y él se sorprendió de que el animal avanzara con aquella prisa, sin obstáculos, como adivinando que todo el camino era suyo, y jugaron un rato a moverse sin conversar, a descubrirse el punto más alto de sus ondulaciones y después, al final, a que se mataban barranco abajo, pero él estaba molesto.
El erotismo de la escena no se completa por sí mismo, aun cuando resuelve con otro par de oraciones la intensidad continua de la cópula, la belleza y el placer del sexo. El “pero” último de la frase sacude el voyeurismo del lector y lo coloca delante de un dilema ético: “Había hecho el ridículo pensándola virgen y quería encontrarse solo, darse tiempo para rumiar su machismo y consolarse de alguna manera”. La trampa del autor ha funcionado: de un planteamiento idílico inicial pasa a un cuestionamiento social. No me refiero al dilema de la conservación de la virginidad, o de su entrega, como anunciación de la plenitud amorosa y la pasión, sino al carácter subyacente y pertinaz del machismo, deslizado en un ámbito de impecable escritura. La continuación de ese párrafo inicial se encargará de abrir las posibilidades del dilema, resaltando una vez más la doble perspectiva de cualificación identitaria de los personajes: “Ella se le acercó sonriendo. Lo obligó a mirarla desnuda”.
Antes, ella lo había obligado a besarla detenidamente; ahora, lo obliga a contemplarla desnuda. Acción y reconocimiento que darán paso a un nuevo punto de inquietud relacionado con la aceptación de la conducta: “Maliciosa, se colocó de espaldas y le pidió que le tocara las nalgas. Él no deseaba tocarla, pero intuyó en aquel gesto una sinceridad desconocida. Ella se abrió las nalgas. Muerde aquí, le dijo y se inclinó hacia adelante”. [p. 9]
En la elipsis del párrafo segundo, la cuestión identitaria cobra una importancia primaria. “Como no puedo llamarte virgen —le anuncia él— te fabricaré otro nombre (…) y ella creyó entenderlo”. El entendimiento de ella pasa, sin embargo, por mostrarse “un poco burlona” y, sobre todo, porque “Tendrá que ser un nombre perfecto que me singularice”, “que me convierta en tu reina de Saba, una clave perfecta que solo descifren tus ojos”. [p. 10] La singularidad reclamada, la exclusividad (tópico ideal de las relaciones apasionadas), se concreta nada menos que en el sustantivo Mujer, por ella misma reclamado. Sustantivo común que se traduce en nombre propio; singularidad individual que se concreta con la encarnación del género.
Así, Rogelio Riverón plantea, desde el inicio mismo de Llena eres de gracia, que su relato no va de pura habilidad para hacer malabares con las peripecias y episodios, sino que va a buscar más hondo en el razonamiento.
Decir que toda novela tiene algo de autobiográfico no se presenta sólo como un lugar común, sino además como un absurdo, pues nadie puede escribir sin vitales vivencias —excusando el giro pleonástico, obviamente—, aun cuando sea supuestamente remoto el escenario presentado o cuando se trate del mismo Harry Haller, ese lobo estepario que, perdiéndolo, nos devuelve el sentir de la existencia. No obstante, y una vez que la historia despega a la continuidad de los sucesos, a la interacción con nuevos personajes, uno imagina al autor de Llena eres de gracia vagando por las calles de Cienfuegos, acodado en su atrayente malecón, o sentado en sus tertulias literarias, casi siempre de parques y con acompañamiento de alcohol en la sazón, diseccionando actitudes y tomando mentalmente el pulso al ajetreo de la ciudad y su literatura naciente. Lo imagina y lo descubre, por la agudeza del detalle que nos va revelando y por el giro inquietante de cada reflexión. Y también, cómo no, por la magia que atrapa de sus más vulgares gestos, como si la ciudad fuera en efecto una amante que lo obliga a admirarla irremediablemente.
En primer orden, Llena eres de gracia es un fresco de una Cienfuegos bohemia, seductora, enfrascada en no dejarse vencer por los rigores de la crisis con que se cerraba el siglo XX; una ciudad de Cienfuegos que, sin dejar de ser ella, tiene cuanto de Cuba debía corresponderle. El paisaje urbano, con los seres que lo invaden, pasa por el prisma de los personajes con un estilo esencialmente poético que permite al autor intervenir en los juicios y hasta definir criterios. Una visión que obliga incluso al sentido de crítica social a deconstruirse únicamente a través del presupuesto poético de ese estilo dominante con que el ritmo narrativo va consiguiendo engatusarnos. Veamos cómo despega el capítulo segundo:
Vamos, dijo Mujer una tarde, como eres nuevo en la ciudad y en la poesía, te llevaré para que conozcas a los escritores de Cienfuegos. Salieron a la urbe alumbrada solo a medias porque el sol ya comenzaba a meterse bajo las sábanas del mar allá por el Castillo de Jagua y también porque en algunas zonas había apagón.
Caminaban rumbo a la parada y hablaban poco, pues él no sabía aún si de verdad deseaba encontrarse con los literatos. La guagua demoró en aparecer, pero como habían salido con tiempo llegaron poco después de las ocho a la Casa del Joven Creador. Era una construcción de una sola planta en un rincón modesto frente al mar que la adornaba con un olor a madera podrida. A un costado de la casa crecía una guitarra de hormigón erigida con un gusto muy débil y al fondo bramaba un bar en que una inscripción advertía:
Proletarios de todos los países, juntos, pero revueltos. [p. 14]
Quién sabe si con algo de inusitada paranoia, al encontrarme por primera vez con el libro, quise sospechar que quien redactara la nota de contracubierta me plagiaba o me convertía en un clásico que no necesita ser llamado a pie de página, pues se afirma allí que se trata de “uno de los mejores estilistas de su promoción literaria”. Algo así aseguraba de él mismo en mi reseña crítica de Buenos días, Zenón (Ediciones Unión, 2000. Premio UNEAC de cuento 1999). Llena eres de gracia aparecía, a fin de cuentas, como un ejercicio consciente del estilo, como un esquinazo al prejuicio de hallar, en lo específicamente literario, un motivo de culpa.
Pero se trata, además, y como lo anuncia el fragmento citado del capítulo segundo, de un relato de iniciación y reconocimiento. Otro de los prejuicios que el autor interroga y cuestiona. El protagonista de esta novela quedará bautizado con el seudónimo de Alcofrybas apenas se halle imbuido en ese ciclo iniciático de la poesía que, a través del amor, conseguirá seducirlo. Reconocerá, ya con su nuevo bautizo, la vida que ignoraba, a pesar de que estuviera al alcance de su mano, esa que ocurre en los niveles del conocimiento estrictamente intelectual, pasando fundamentalmente por la valoración literaria. Así, el autor aprovecha para enfrentarse a otro prejuicio, el que niega a la novela la posibilidad de la opinión, y evacua sus criterios sobre lo nacional, la condición americana, la estética del cine, del drama, del realismo y de lo popular. Ello, tras un privilegio marcado por la poesía, esto es, la condición del poeta y de su obra. Y advierto que, a pesar de esos recursos de poetización, Rogelio Riverón ha demostrado magníficas habilidades para sortear las normas de la narrativa.
Y en una visión resumen un tanto expresionista, Llena eres de gracia es también un poema novelado del deseo, escalonado en el juego de las motivaciones a partir de cada aventura que la propia circunstancia narrativa nos propone. Para ello parte del deseo de la persona inmediata a quien amamos. Por consiguiente, se sucede el deseo de una tercera persona cuando se ama intensamente a una segunda. Y el deseo de hallar en la lectura las respuestas que el misterio de vivir impone; y el deseo de resbalar por las imposiciones de la cotidianidad —de la sobrevida— sin que ello haga mella en la poesía esencial de la existencia ni se desvíe hacia un texto construido sobre el resentimiento con la sociedad circundante. Y el sublime deseo de escribir en los muros la poesía, de dejar en sus rugosas superficies el germen de nuestros propios deseos insatisfechos. Y entonces se supone que ocupe su lugar el deseo de llegar a la escritura ideal, al ejercicio de escribir por necesidad, es decir, por deseo del acto mismo de escribir.
No quiero decir, sin embargo, que en esta novela pudiera hallarse únicamente ejercicio literario en su sentido más estrecho —considerando la estrechez en los niveles que le otorga Foucault, es decir, el de autorreconocimiento pleno como enunciado literario. Se teje en verdad una historia que, sin dejar de observar la realidad que nos circunda, se dedica a movernos de suceso en suceso, con mucho de erotismo, pocas pero muy administradas dosis de violencia, y hasta pasajes que se atreven con el chisme histórico, ese que solo la literatura consigue rescatar.
Los episodios se detienen en Alcofrybas y el maceta que regentea la venta clandestina de pollos, con la importancia no precisamente gastronómica que adquirirá para el futuro del poeta; en sucesiones de triángulos amorosos y en el canto que a través del personaje de Svieta se le hace a lo ruso, ese sentimiento esencialmente ruso que Maupassant confesaba envidiarle a Turgueniev. Y además, en el amargo sabor que deja el descubrir que otro ha cargado con la muerte que nos correspondía, así como en la angustia que irradia el desvanecimiento del ser a quien no dejaremos ya de desear. Son aderezos eventuales que van fortaleciendo el argumento de la historia.
Curiosamente, en una de las frecuentes intervenciones que el autor se atribuye, como persona más allá de la ficción que él mismo compone, se pregunta “si valdría la pena dedicarse a la escritura con una pasión que no escondería el peligro del daño”. “si vamos a ver —remarca Rogelio deliberadamente mal camuflado detrás del personaje— se escribe por tozudez, por una suerte de fatalismo que a primera vista nos iza como buenas insignias del humanismo, pero que en realidad casi siempre nos deja frente a los riscos de la sospecha y de la pobreza”. [p. 71] Acaso este pasaje pudiera aludir a la circunstancia en que el deseo coloca al novelista: corresponder en actos concretos de literatura al amor por la poesía y la existencia, a lo que de ellas hemos conseguido para bien. Con más razón si comprobamos que, acto seguido, Mujer, ese objeto sine qua non del deseo en la novela, apuesta por la pregunta becqueriana de ¿qué?, antes que por la de Vicente Aleixandre de ¿para quién?
Vino además Llena eres de gracia a insertarse en la tendencia cubana de narrar fuera de las camisas de fuerza que fueron sentando como cátedra un relato de maniqueos conflictos (ingenuos, superficiales y evasivos), más tributario del esquema de dramaturgia cinematográfica impuesto por las grandes productoras estadounidenses que de la propia herencia literaria. Ante la pérdida de Mujer, Alcofrybas escribe poemas “a propósito existencialistas”, un libro que “fuera y no fuera un poemario de amor”, del mismo modo en que al autor transforma los tópicos heredados en nuevas perspectivas de juicio. “ya veremos cómo actúas cuando sepas que te he dedicado el libro”, sentencia el personaje, como si el más infalible de todos los recursos infalibles fuese, en efecto, un manojo de poemas. [p 126] Así termina el libro, con los poemas cifrados en los muros periféricos de Cienfuegos, agrupados bajo el título «Leves peligros urbanos». [pp. 185-198] “Contraten al artista que sabe pronunciar / el destino de los renos, su alivio ruin. / Contraten al artista que miente”, concluye uno de esos poemas de Alcofrybas-Rogelio, para que la literatura se camufle con autobiografía en tanto lo narrado se escabulla a la ficción. Llena eres de gracia, la poesía es contigo, le murmuré a la novela en la fecha de su parición, cuando había concluido su primera lectura. Falta, sin embargo, que mejor se le acerquen nuestros recorridos panorámicos; que nunca es tarde si la obra es buena.