Carlos Martí: rescatar el esplendor de la laguna
Diálogo intenso y auto-comunicación, confluencia de rostros, re-experiencia vital, angustia plena, Pífano del rey, de Carlos Martí, alcanza sin duda una intensidad muy infrecuente en la poesía cubana de los últimos años. A la vez, constituye un periplo del poeta sobre su trayectoria hasta hoy, en el cual se retoma la imagen del pífano, que había sido perfilada ya en uno de sus primeros libros, En las manos nuestras, de 1980, para convertirse en un símbolo de la propia identidad. De aquí resulta una de las características más fuertes de Pífano del rey: su muscular orientación intratextual. Se trata de un texto desarrollado en torno a un vehemente sujeto lírico no solo por la frecuencia con que el yo jalona la expresión, sino sobre todo por la devoradora subjetivización de todos los componentes del universo que el poeta levanta desde el examen —y, por momentos, la apelación dramática— de todo su entorno.
Pero al índice lingüístico de la reiteración de una primera persona, se incorpora otra marca que señala con mayor énfasis aún el carácter de concentración enamorada en el propio texto que va siendo construido. Me refiero al atormentado empleo de la segunda persona, que incluso caracteriza el cierre estremecido del poemario: «Pífano porque anuncias al aprendiz que llega a rescatar el ensueño. Con los ojos cerrados serás un árbol y una pequeña rana y hasta el incienso que solo el torbellino de los locos ven».1 Se revela, así, todo el libro como la entrañable peripecia de un hombre sobre sí mismo, de manera que este periplo desgarrado se condensa en una visión peculiar: el hombre como parte de sí mismo, el ser como trofeo de su experiencia, la vida propia como síntesis, sagrado recordatorio de sí mismo, token que resulta tanto signo del propio yo, como ceremonia ensimismada: «Es un sueño medio muerto, pero nunca —o casi nunca— duerme, me dije al verme escapulario en ese Otro espejeante».
Todo el discurso lírico del libro despliega un sentido de profunda comunicación, cuya esencia a la vez de auto-examen, confesión y diálogo, lo acercan de modo simultáneo a la vibración de la vida cotidiana, pero también a la entraña de la carta, a la esencia —a la vez dramática y musical— del oratorio sagrado, de hecho, a la oración a secas y, en lo más hondo de la fluencia de estos versos, al conjuro. Hay, entonces, una imantación poética de especial carácter en Pífano del rey, cuyo timbre dramático se hace evidente en momentos capitales del texto, como este en que el monólogo recóndito se revela desde el instante previo, donde se impone el sosiego a quien escucha: «Me voy a reír: haga silencio el mundo / Con esa risotada suya del no verme».2 Por otra parte, la confrontación del sujeto lírico con otra fase de sí mismo, con una otredad abandonada, dejada atrás en el transcurso mismo del vivir, enfatiza esa voluntad auto-comunicativa:
Ahora voy a ser el otro. Voy a dejar
Mi vida en un acecho. Voy a despreciar
El sexo, la mirada, el icono del ser. Voy
A dejarme morir en el intento de la suerte.
Vengan a despreciarme la locura y el tal otro
Que nunca se despide de mi yo.3
La energía de la auto-comunicación se levanta como una interna volcadura del sujeto lírico, donde arrasadora vehemencia del tono se vincula con la factura misma de un verso en lo esencial hirsuto, sin morosa destilación, en atormentada y verista espontaneidad, donde no se excluye la cadencia, pero sin retocar su acerba irrupción primera; ni se evita el tropo, pero sin pulimento final de su acabado. Tal vez, entre los empinados, ásperos textos de este libro, uno de los más estremecedores sea el siguiente:
Casi señoreando el Malecón, yo soy el agua.
Somos los graves mensajes de sus muros;
Un azul agraviando la mucha estirpe
Con la costumbre apretada en el pincel,
Porque las campanas se maquillan flameantes,
Y hacen frescos de esperanzas, en esa Mar.
Soy la mágica ceniza de la duda. El pavor
De un muro líquido frente a la piedra del vivir.
Me voy a ser morada. Y si vengo es un error,
La porfía indiferente y torpemente acuosa
Del pez agravando y eligiendo mi por qué:
Adquierto que sin travesura, ya soy la pesadilla:
Y soy un mundo en la ciudad del tanto salitre
Que nos marea en la idea y vuelta de su tropel.4
Véase cómo este soneto libremente difuminado —como ciertas esculturas que, Rodin mediante, permanecen enclavadas todavía en el duro bloque de mármol que les ha proporcionado su apoyo y su sustancia— se organiza a partir de versos —pivotes— esenciales, desde los cuales el sujeto lírico estructura el cuerpo general del poema. Hay versos de cumplida perfección armónica —«Somos los graves mensajes de sus muros»—, mientras que en otros el hallazgo de una imagen resonante no impide al poeta insistir en su voluntad de comunicación, de manera que no se detiene, moroso, en la cegadora belleza de una metáfora, sino que aniquila su autonomía en aras de sostener, viviente en su híspida naturaleza, la angustiosa fluencia del monólogo: «Soy la mágica ceniza de la duda. El pavor». No le importa al poeta la gracia inmanente de su hallazgo —el hombre como polvo de incertidumbre, sustancia macerada capaz de conjurarlo a sí mismo—, y no detiene el poema en la centelleante metáfora, sino que continúa con un vocablo que, perteneciente al verso siguiente, es asimismo una presencia ominosa, un contraste con el despegue de belleza metafórica.
No es la encerada superficie del discurso lo que interesa a Carlos Martí, quien, no obstante, tiene aliento de sobra como para sostener el difícil, interminable aliento de un verso como «Me asombra el alimento de las olas repitiéndose».5 De este modo de expresión lírica ciertamente brutal, emana la violenta franqueza, la actitud de desasirse de lo estricto literario y de la misma fuente proviene la impresión de muscular auto-afirmación que produce el texto en el lector. De la recepción de tales versos habría que advertir ahora que resulta incómoda: el poeta nos coloca en una situación ingrata, que Levin calificara como «la complejidad de la posición comunicativa del lector real que interviene en el incómodo papel de tercero de más que escucha a hurtadillas una conversación no destinada a él o que lee una carta ajena».6
Ahora bien, esa misma atmósfera de desazón en que el lector es colocado, lejos de aislarlo de un texto cuya circularidad —en lo epidérmico, no en lo sustancia— parece girar en torno al sujeto lírico, nos arrastra a una especie de tu quoque que nos obliga al auto-examen matizado por ímpetu quemante de la voz lírica. Él mismo lo dirá en el poema final del libro: «Es Pífano, tan real y anunciante como el criado de los ángeles. Un sarampión de las bisagras en su frac armonioso y torvo. Es el Yo más bien anunciador del Nosotros».7 De modo que el encierro monológico en que parece transcurrir el libro, haciéndonos sentir como fisgones, como mórbidos voyeurs de una correspondencia secreta y lacerada, no era más que el largo preámbulo —casi el libro todo— hasta lograr la participación voluntaria del receptor en el círculo mágico de un auto-análisis de absoluta lucidez atormentada, porque Pífano: «Es la palabra plomiza del insomnio y una emboscada de orgasmos rugosos».8 Y en este texto último, aparece una imagen imprevista del Pífano: ya no es meramente el intérprete; en este instante final y decisivo, se nos revela que es algo más allá: es el instrumento mismo, de inquietante voz aguda, cuyo sonido hiriente nos defiende al revelarnos su secreto:
Y es el árbol que muere y resucita, casi anegado
Entre las gotas lluviosas de tu cuerpo;
Las ramas abren la flor de una noche ámbar
En los caminos espléndidos del ojazo cósmico.
No digamos que nace y muere ese confín
Aparentando el mundo. Esa gota del amor
Siempre jubiloso de la simple naturaleza.9
En su deslumbrante desenlace, Pífano del rey nos revela que su discurso poético contiene un entresijo abisal, pues hay una apariencia de sombrío ensimismamiento, que en realidad es un despliegue, un rescate, una visión singular de la más extraña luz, reflejo del reflejo, vida que puede ser vivida en verdad cuando es ya experiencia y sufrimiento asimilado, incisiva como la claridad lunar en la laguna.
Así, Pífano del rey, lejos de ser un libro encerrado en el yo del poeta, en su eficacia dialogante deviene obra abierta que se empina en nuestra propia lectura, donde se abre, fructifica y se transforma en un nosotros hiriente, inmediatez de sangre y resonancia, imán que nos arrastra a compartir su angustia, su fe y su eco interminables.
1 Carlos Martí: Pífano del rey. Ed. Unión. La Habana, 2010, p.136.
2 Ibíd, p. 117.
3 Ibíd., p. 91.
4 Ibíd., p. 85.
5 Ibíd., p. 36.
6 Iuri Levin: “La lírica desde el punto de vista comunicativo”, en Criterios. No. 13-20. Tercera época. La Habana, enero de 1985-diciembre de 1986, p. 114.
7 Carlos Martí: ob. cit., p. 136.
8 Ibíd., p. 136.
9 Ibíd., p. 24.