Un día más allá: conversación y música
En 2009, la Editorial Letras Cubanas incluye en su catálogo la novela Un día más allá, de Arístides Vega Chapú, poeta que anteriormente había dado a conocer un interesante texto narrativo: Soñar el mar (Ediciones Capiro, 2002). A pesar de que la obra tiene años de escrita y de que sus primeros apuntes provengan de finales del siglo XX, Un día más allá no acusa síntomas de envejecimiento y propone convertir la lectura en una conversación, con música de fondo y sin atarse demasiado al orden cronológico de los sucesos que se narran. Tampoco genera ataduras respecto a la fidelidad realista de los acontecimientos. Y no es que se trate de comunes rejuegos con lo fantástico, o con la aceptación de lo absurdo en medio del universo cotidiano, sino que asume una manera de narrar que hace descansar su estilo en el acto conversacional inmediato. Como en toda conversación, que comprende ciertas convenciones de credibilidad y aceptación, en esta novela los hechos se consuman en el acto mismo de enunciarlos. La evocación actúa como puente de realización, en tanto la música, evocada a partir de citas muy bien dosificadas, va atemperando las rupturas entre la realidad y lo posible, entre el deseo y la decepción. En la medida en que avanzaba en la lectura, y a pesar de hallarme en escenarios disímiles y adversos, me dominaba la sensación de estar sentado en alguna de las butacas de la casa del autor (suerte de conocerlo, de contar con su entrañable amistad), o de mi propia casa, intercambiando anécdotas, convocando humoradas, polemizando acerca de diversos temas por los que solemos sentir complicidad.
Así, Un día más allá se estructura a partir de una historia múltiple, cuyos hilos argumentales descansan tanto sobre la sucesión anecdótica como sobre el criterio que cada personaje va emitiendo. Su multiplicidad no depende, entonces, de complejas yuxtaposiciones argumentales, con claves de sentido que habrán de revelarse una vez que se complete todo el rompecabezas, sino de las variables existenciales de los personajes, de sus esperanzas y de sus frustraciones. Cada uno cuenta su propia historia desde su personal perspectiva. Cada uno argumenta, justifica y culpa. La enunciación, por su propio ejercicio de actualización, se encarga de ir definiendo los derroteros de esa multiplicidad estructural.
Y he aquí un modo eficaz de utilizar recursos técnicos de la poesía en funciones narrativas. Al enunciar, los personajes de Un día más allá usurpan la propia condición del autor, que se esconde tras sus giros de lenguaje, sus ocurrencias, sus homenajes y acendrados prejuicios. Actos ilocutorios que saben imponer la pertinencia misma de lo que se enuncia.
Los individuos, aferrados a ciertos códigos existenciales, chocan —literalmente— con las circunstancias de la vida que les va tocando encarar. Se trata de personajes que, buscando, generan grados de existencialismo conformista. Seres cuyas proposiciones se recodifican en sí mismas para dejar, en su mayoría, un pesimismo narcisista. La crítica que con constancia emiten adquiere el tono de la lamentación, de la queja que solo puede entenderse en el vacío simbólico. Hay, pues, un sentido de esa multiplicidad en el papel que la poesía juega en tanto recurso que funciona para el discurso narrativo. Los títulos de los capítulos lo van dejando ver: son alocuciones poéticas. Los poemas, y los frecuentes intertextos que el autor desliza, refuerzan esta condición.
«La larguísima historia de todas mis muertes» se descompone en seis capítulos (pp. 7-16; 44-60; 83-94; 139-156; 198-208; 246-255). Su narrador, nombrado al nacer Luis Campuzano de la Cruz, asegura haberlo decidido todo sobre sí, menos sus nombres. El Nene le llamarían sus abuelos; La Nena, sus compañeros de colegio; Darling, su secreto amor; el Gordo, sus condiscípulos universitarios; y La Maricona, sus vecinos. Sin embargo, se presenta como Luz Gil, la estrella del Alhambra: su propia interlocutora a lo largo del relato. «Ahora soy Luz Gil y canto lo que me dé la gana» […] «Luz Gil, me observa desde cualquiera de estas paredes. En los ojos de mi imaginación yo la veo claramente. Es mi memoria, es decir, mi verdad. Luz Gil soy yo». Se trata, pues, de un personaje de carrera decadente que, sin otra opción, no puede sino hallar todo decadente, excepto el pasado que su imaginación rescata a su manera. Sirve como ardid al autor para evocar sucesos de farándula y, como lo he dicho, el siempre bien dosificado repertorio de la canción cubana popular. Rita Montaner y Toña la Negra en una pelea callejera, María Teresa Vera en sus astucias, o en sus momentos dramáticos, Bola de Nieve en su humana condición, entre muchos otros inolvidables intérpretes cubanos y extranjeros, desfilan en su condición de seres humanos inmediatos, aunque sin abandonar su grandeza artística, gracias a la capacidad narrativa del Gordo Campuzano. Evocación sentida y pícara hablilla secundan su vicio de contar. Así salva el riesgo de hacerse maniqueo, a pesar de que lleva su homosexualidad como convicción y carga al mismo tiempo. Su voz expresa una visión de nuestra cultura que sufre la pérdida de los valores que la renovación social debe dejar atrás, y, en similar arrastre, lo que la tradición no debe permitirse perder. Es, por tanto, una doble víctima: de los prejuicios sociales, por un lado, y de su propia decadencia, por el otro. Así irá deslizando su rico anecdotario, sus traumáticas peripecias y sus siempre personales visiones del mundo que lo fuerza a vivir bajo sus normas. Vale entonces la poética del título, incluso más allá del parlamento inicial: «Apenas el amanecer me obligó a abrir los ojos tomé la resolución: ese sería mi último día. La idea de la muerte es lo único que a mi edad templa el espíritu».
«El sonido de las palabras» también abarca seis capítulos (pp. 17-28; 66-82; 108-118; 157-168; 219-230; 268-279). En sus primeras líneas, un joven escritor de programas radiales es cuestionado por llevar adelante un programa de rock. Frente a él, un burócrata director que asegura: «No hay como las mujeres, el ron y el tabaco nuestro. Poco le dejamos al mundo». Un patriotismo de burda superioridad nacionalista frente a una necesidad de sentir la cultura del modo más universal posible. Son, sin que al autor le preocupe camuflarlo, dos tópicos socioculturales de suma importancia para el contexto básico de Un día más allá, es decir, la historia revolucionaria: el burócrata inculto y prepotente frente al escritor culto y humilde. La juventud, que fue para la generación que hiciera realidad la revolución triunfante una condición meritoria, se convierte en culpa, en sospechosa fuente de limitaciones para los jóvenes que deben continuarla. «Su generación se cree siempre con la verdad —se defiende el joven—. La verdad también envejece». «Ustedes creen ser los únicos protagonistas de la historia».
A diferencia del Gordo Campuzano, que sufre por la decadencia, regresando a un pasado atemporal e idílico, el joven escritor sufre la decadencia del entorno a partir de la abulia sonriente que se va apoderando del contexto social. Escenarios raídos y roñosos ambientes. La superación del pasado que peca de destrozo. Un joven escritor que pretende continuar la obra y, al hacerlo, es rechazado por los mismos sujetos que debían alentarlo, en tanto va a ser recibido por aquellos que hubieran preferido regresar en la historia. Su visión no puede ser otra cosa que amarga, permeada de un simbolismo agónico que, no obstante, se niega a renunciar a la posibilidad de transformar el contexto, de vivir la cultura en su mayor profundidad y, a la vez, desenfado.
En similar concepción, brota el apasionado amor de este personaje: una muchacha casi perdida por la droga y víctima de conflictos familiares que son perfectamente extensivos al choque generacional que él mismo asume. Acaso se trate de una idea ex post, pero esta pareja indica en buena medida una nueva ubicación de los necesitados en la nueva sociedad.
«Sólo me respondo a mí mismo» se estructura en otros seis capítulos (pp. 29-43; 174-185; 209-218; 231-240; 256-267; 280-295). Aquí, su autor inserta la escritura en la escritura. El verdadero personaje se obliga escribir diez cuartillas cada día, un tanto agónicamente, en su proceso de acumulación, y haciendo «llegar a la muchacha en tren, otros, caminando». «Divago —confiesa el personaje—, es mi manera de reconocer a solas mi vacío». Así queda planteada otra contradicción existencial: las diez cuartillas diarias de la salvación son el acompañamiento constante del vacío. Hay, pues, un conflicto humano cuya relación con el entorno social lo convierte en doblemente conflictivo. La trascendencia del yo parece destinada a chocar violentamente con la trascendencia que la sociedad reclama. «Soy consciente, confiesa una vez más bajo la inevitable agonía de redactar, de que estoy a oscuras, sometido a la angustia de este silencio en que mi boca no dice nada consolador, mi corazón no se estremece todo lo que necesitaría, mis manos poco levantan, mi cabeza nada razonable piensa». Y este escritor también enfrenta en su pasado el cuestionamiento acerca de lo que deberá escribir. El profesor, esta vez, corre con el arquetipo de la contradicción, representando a un personaje que, por absurdo que hoy parezca, proliferó en el infantilismo izquierdista de nuestra educación. Cuando Un día más allá lo evoca, me lamento de haberle dado la importancia que no tuvo nunca, me duele, desde luego, haber confundido sus foucaultianas secuencias de poder con la norma sistémica. Pero ese es también un algo del desgarramiento que esta novela consigue promover, de ahí que en amañados se le recoloque como enfrentamiento directo al proyecto, y no a las líneas de poder, como debiera ser.
«Vía Air Mail. Correo aéreo. Par avión» se despliega en cuatro capítulos (pp. 61-65; 119-124; 169-173; 186-188). Son cartas que Campuzano recibe desde el extranjero y que no debe contestar. Un complemento de la búsqueda de la realización que en frustraciones se revierte. El recuerdo cada vez más mítico y la realidad a cada paso más frustrante:
Siento pedirte que no me respondas esta carta, ni ninguna de las que posteriormente te enviaré. Como ya te dije anteriormente, mi vida ha cambiado mucho. Y esos cambios también pasan porque me he casado. Mi esposa es profesora de un colegio privado. Una mujer culta y sensible, bondadosa y extremadamente cariñosa. Con ella comparto la soledad de una edad en la que ya uno reclama compañía y atenciones.
«El infinito vuelo de una mujer pájaro» es capítulo único (pp. 95-107). Es, en verdad, una elegía a las posibilidades de la libertad de expresión de acuerdo con las normas del arte, un desafío a la chatura. Los tópicos exactos que enfrenta el escritor también son enfrentados por la pintora. «Dibujar es mi manera de rebelarme ante la hostilidad de este tiempo». Historias reflejas en una narración que acumula vivencias en forma de motivos; ambas se confunden, repiten circunstancias, se duplican.
«Miedo a penetrar y encontrar un sitio vacío» se compone de tres capítulos (pp. 125-138; 189-197; 241-245). «Qué tendremos las cubanas entre las piernas que vienen desde tan lejos a probarnos y a veces hasta a repetirnos. Qué coño sabrán de mí para ponerme precio». Así se presenta el personaje que sufre los sucesos. Como los personajes de esta novela, circunstancias, motivos, argumentos, proyectan un sueño y entregan una frustración. «Quedé mirándolo fijo, sin sentir vergüenza alguna de que me viera el maquillaje corrido por las lágrimas».
Sea cual sea el giro dramático que marca a este mosaico de vidas que Un día más allá reúne, la virtud del discurso rescata el uso hábil del coloquio. Conversación con música de fondo de la cual disfrutamos página tras página.