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César López en la circularidad del cuento (II)

Jorge Ángel Hernández, 04 de febrero de 2011

“Vivir es hacer vivir el absurdo”.
Albert Camus: El mito de Sísifo

El análisis semiológico de la cuentística de César López nos impele a reiterar el concepto tradicional —formalista— de narración; es decir, el paso de una situación a otra, gracias a una intriga. Establecer su preferencia por los estadios primigenios del cuento podría ayudarnos a advertir que sus historias narran, además de un suceso dado —imprescindible para la construcción del relato—, una parábola del comportamiento humano y un proceso primordial de la escritura misma. La perenne variación paradigmática en que se fundamenta el absurdo apenas se distancia del concepto mismo de escritura. Independientemente de la fábula, cada historia contada posee su elemental proceso mistagógico. No estamos, precisamente, en presencia de una concepción del absurdo que independiza la anécdota de la escritura, sino que articula con pasmoso equilibrio la importancia de aquello que se cuenta y la estructura del texto que lo engloba.

A la par de estos elementos, se encuentra la distancia crítica asumida por el autor a través de procedimientos humorísticos, generalmente irónicos, si se refieren a actitudes y preceptos admitidos por la sociedad, o retóricos, si están relacionados con la producción específica del discurso. Series relacionadas con la filosofía, la escritura, las convenciones sociales y costumbres ciudadanas, la transformación social o la adoración del objeto como sustitutivo de cualquier otro tipo de práctica de fe, con frecuencia aparecen asociadas en un mismo cuento. Aun cuando se privilegie una de ellas en el tratamiento, se descubrirá rápidamente que no va a gozar libremente de esa dispensa, pues las constantes didascalias —anáforas, paronomasias, enumeraciones e intertextos— se encargarán de llevarlo adelante en puro nervio.

No obstante, el ejercicio de sometimiento al absurdo de sus narraciones responde a un constante reordenamiento de lo que admitimos como convenciones lógicas de la conducta ciudadana. No nos dejemos engañar por la forzosa descontextualización histórica o política de todos y cada uno de sus cuentos, pues se trata, justamente, de una vuelta de tuerca, de una posibilidad de regreso al círculo vicioso al que la propia humanidad se somete gracias a sus más sublimes obsesiones. La ficción de estas historias parte de un germen de actitud cotidiana, multiplicado al extremo por la consecuencia lógica de la existencia. De ahí el caos insobornable que arrastra a personajes y circunstancias. Nada ocurre que no se someta al desconcierto de una estructura social determinada por el propio mundo presentado por el narrador, aunque fundamentada en estamentos básicos sociales.

Una y otra vez la acción se desarrolla en edificios multifamiliares, o a través de una continuidad jerárquica que remite a determinadas líneas de poder, o en contraposiciones de posturas antagónicas con la consiguiente sazón de terceras posiciones, no precisamente conciliatorias, sino articuladamente antagónicas. Encontramos cadenas enumerativas que aluden claramente a una existencia en colectivo, inmediata, invadida por los más elementales sucesos de convivencia ciudadana. Por consiguiente, los contextos de todos y cada uno de los cuentos publicados por César López remiten al transcurso de la cotidianeidad y, de ahí, a la importancia de sus normas de conducta en el presente continuo para el futuro posible.

Para ello, el autor se inscribe en una poética del absurdo, cuya coherencia se constata al comprobar que los modos narrativos no han sufrido percances evolucionistas en, por lo menos, cuarenta años de escritura. El modelo estructural de esos cuentos reunidos en la antología Circulando el cuadrado, aparecida en 2001 por Letras Cubanas, se establece sobre tres normas de rigor:

  1. Acción continua de una fábula circular;
  2. aparición de un metadiscurso que marque la condición absurda del suceso narrado; y
  3. conceptualización metafórica del sentido de la historia narrada.

En consecuencia, construye dos tipos de relatos:

iiiiI- Tautologías (la situación devenida de la intriga se recicla en un ciclo estrictamente circular), y
iiiiII- historias progresivas (la situación devenida de la intriga se transforma en una nueva circunstancia).

No obstante, ambos se fundamentan por igual en determinadas especificidades del estilo y en el empleo de idénticos recursos propios de la figuración del sentido.

Entre las tautologías podemos ubicar a “Los donativos”, “La caja de papel”, “Los anuncios”, “Las mordidas”, “Los espías”, “En la prisión” (de Circulando el cuadrado, 1963), “Las felicitaciones”, “Pedazos y despedazados”, “Muerte con noticia”, “El joven filosóficamente libre”, “Las maniobras”, “Ámbito de los espejos”, “Gordura familiar” (de Ámbito de los espejos, 1986), y “El muro y los artefactos” (de Circulando el cuadrado, Antología, 2001).

Entre las historias progresivas estarían “Los visitantes”, “Las confesiones”, “Las meriendas”, “Una señora”, “Los paseos nocturnos”, “Los cómicos” (de Circulando el cuadrado, 1963), “El meticuloso”, “Las prendas”, “El penúltimo piso”, “El juego”, “Riesgos de la elegancia”, “El orden sanitario”, “El viajero y las despedidas” (de Ámbito de los espejos, 1986) y “Objetos provisionales” (de Circulando el cuadrado, Antología, 2001).

De modo que su poética del absurdo aparece constantemente remarcada por el tratamiento anafórico de los sucesos, en tanto la reiteración de la cadena de detalles va estructurando las normas del relato. “Los donativos”, cuento con que se inician ambas versiones de Circulando el cuadrado, presenta ya las características de requerimiento para su manera de asumir la poética del absurdo, pues la circularidad de la fábula deviene en círculo vicioso, en tanto las académicas y airadas discusiones del Señor Silábico y la Señorita Logos en torno al zapato donado por Mr. Tam, así como los informes resultantes de las polémicas, interactúan anafóricamente para conceptualizar, siempre en el plano de la figuración, el sentido de la historia. La historia se reescribe tautológicamente sobre sus propias situaciones, prefigurando que su concepción del absurdo habrá de fundamentarse en la forzosa meta circular que el propio ciudadano se impone en su actitud básicamente humana.

“Muerte con noticia”, por su parte, muestra el planteamiento anafórico desde el punto de vista del discurso mismo, al asociar la serie calificativa de la prostituta muerta a un uso de estricta sustantivación. Esta historia plantea, además, el asunto de la imposibilidad de transformarse en otro, pues la meretriz, la prostituta, la mujer de vida alegre, de vida airada, la cortesana, la ramera, la sacerdotisa del amor, el bombón de Eros, la criatura del arroyo, la puta, se defiende de su propia muerte con el siguiente parlamento:

–¡Basta! He dicho que soy y no soy. He dejado de ser puta. ¡Basta! ¡Basta! ¡No ven que es la verdad! No quiero. No soy más una puta. Lo estoy explicando. Ese es el motivo del suicidio. Sí, he muerto. Me he quitado la vida. Pero como los gatos. Me he quitado sólo una vida. La vida de puta. Y me quedan seis vidas cuando menos. Por eso ahora, desde ahora soy yo misma, seré yo misma.*

Por consiguiente, así como el elemento banal compulsa el mecanismo estructural de los mundos construidos por Virgilio Piñera, en esa reconstrucción primigenia que se produce en la historia narrada por César López, el elemento resorte se define en una suposición lógica definitoria del comportamiento humano que amenaza invadir el mundo presentado con un sujeto de otredad. Los personajes se enfrentan, fatal e irremisiblemente, a la posibilidad de transformarse en otro para continuar siendo ellos mismos. Si pasamos por alto el valor significacional de los sujetos de otredad, difícilmente podremos comprender por qué están tan perfectamente asociadas esas historias escritas en épocas distintas y, menos aún, hasta qué punto hay mucho más que guiños a los diversos referentes reales.

Particularmente, prefiero no categorizar como fantástico —o neofantástico— este tipo de historia cuya fidelidad a la poética del absurdo es acaso obsesiva, pues, en rigor, lo fantástico se da por la manifestación de una ausencia en el nivel sintáctico y no, precisamente, por la presencia de elementos específicos en el nivel semántico, tal y como ocurre en todas y cada una de las narraciones de César López, en las cuales se ha cuidado hasta el extremo que la sintaxis en la cadena de sucesos no sufra rupturas sustanciales, algo que también debía ser aclarado en relación con la cuentística de Virgilio Piñera. Lo que en verdad se produce en este tipo de relato que ahora analizamos, es una reiteración del ciclo de lo real insólito en la cadena de sucesos.

El mundo narrado no es precisamente irreal, sino, a la manera del mito tradicional, una reconstrucción que se distancia de la idea establecida por un punto de vista cuyo sentido descansa en la perfección del universo referente; con ello, se crea la idea posible del mundo —absurdo, viciado por los giros circulares que presuponen los tópicos absolutamente perfectos de la referencia— al que esa lógica pudiera arribar. Entre uno y otro existen importantes lazos, marcados, en primer orden, por las circunstancias; en segundo, por las estructuras; y, por último, por las combinaciones incidentales que ambos van sacando.

Los sucesos son básicamente insólitos (una dama que decide hacer uso de todos los elementos del servicio sanitario, un señor y una señora que llevan a últimas consecuencias la discusión acerca de a cuál pie pertenece un zapato donado, la existencia de misteriosos descuartizamientos, una señora necesitada de confirmación de belleza que busca en el espejo la magia de la respuesta, un jefe de policía que felicita a un subordinado capaz de imponerle a él mismo una multa, un señor que en el momento de partir, en cada uno de sus viajes marítimos, descubre en el muelle una mano de mujer que lo despide…), pero no imposibles en la vida a que asistimos. El paso, en el suceso presentado, no llega hasta lo neofantástico, ni siquiera a lo inverosímil, sino que se recrea en la dimensión insólita de nuestro comportamiento.

Por tanto, aun cuando el lector no esté interesado en detectar las estructuras semióticas que se han puesto en acción en el relato, sí está obligado a percibir la semiosis que lo conforma para no convertir la lectura en un simple acto de repetición de sonidos. Y, por cuanto todo lector, en mayor o menor medida, aprehende el transcurso de los procesos semióticos implicados en el discurso y hace uso de ellos en virtud de los significados que es capaz de detectar y, fundamentalmente, de acuerdo con el placer que esa lectura le proporciona, el discurso narrativo de César López llama, a cada instante, a la complicidad del receptor y se preocupa por recibir su anuencia.

Las referencias al orden y a la obsesión por el orden (una ama de casa que anota absolutamente todo cuanto piensa comprar, asociada a un vendedor de firme fundamentación teórica acerca de la necesidad de poseer una caja de papel, por ejemplo) marcan una llamada al equilibrio entre la necesidad de instaurarlo y los delirantes resultados de su obsesión. Orden y equilibrio. El vacío, es decir, el absurdo, aparece justo cuando se les separan, cuando se apuesta por uno de los dos. Si las historias de López los separan con frecuencia, y con frecuencia les brindan argumentos aislados, algo nos dicen a contrario.

Nota:
* Circulando el cuadrado, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 125. Cursivas de César López.

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