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Acerca de algunos poemas

Laidi Fernández de Juan, 02 de febrero de 2011

A instancias de Jorge Herrera, el incansable y entusiasta aglutinador de los leninistas de mi graduación, escribo estas líneas. Me ha pedido que diga algo sobre el poema ¨Regreso¨, de Roberto Fernández Retamar, obviando tal vez que no es la poesía el género que cultivo, sino la narrativa. Me ha pedido este comentario Jorge Herrera porque bien sabe que me tocan muy de cerca esos versos, aunque debo admitir que solo mi  lealtad hacia todo lo que se relacione con la Lenin me impide rechazar la propuesta de hablar sobre mi padre.

En las entrevistas que me han hecho a lo largo de mi carrera de escritora, han intentado abordar el tema de la visión que poseo de uno de los más trascendentales intelectuales cubanos de todos los tiempos, y de una forma u otra, con gentileza o bruscamente, he logrado rechazar casi siempre tal propuesta. No me resulta nada fácil, como espero sea comprendido, el hecho de ser hija de alguien tan grande, tan magistral. No se trata exactamente de que sea fácil o engorroso en general ser hijo  o hija porque después de todo, no solicitamos venir al mundo, y para la mayoría de los seres humanos (salvo lamentables excepciones), sus progenitores son criaturas  inigualables, como aspiramos a ser todos los padres y todas las madres a los ojos de nuestros hijos e hijas. 

Hablo de la dificultad de una escritora para comentar la obra de su padre escritor. Por ejemplo, para hablar de leninistas de nuestro año que son descendientes de grandes figuras de la cultura cubana ¿qué dice Luis Alberto García de su padre, ese otro magnífico actor que todos recordamos y amamos? ¿Qué podrá decirnos Abel Ponce acerca de su padre, excelente director de programas televisivos? ¿O Fernando Rojas de su padre, quien fuera Rector de la Universidad de La Habana?

Estoy segura de que para todos es difícil. Téngase en cuenta que más allá de la  apreciación que podamos tener según nuestros cánones estilísticos, sentimos el agobio de ser interrogados acerca de nuestros propios padres: cualquier criterio que emitamos estará regido por un lazo afectivo que no se parece a ningún otro.

Hace siete meses, sin ir más lejos, Retamar cumplió ochenta años. Ni mi madre ni yo nos atrevimos a hablar en público del hecho, aunque ella tuvo la valentía de escribir unas líneas (breves y conmovedoras como suelen ser  sus textos), mientras yo no fui capaz de imitar su gesto. Cuento esta historia para justificar, quizás a mí misma, el silencio que he mantenido hasta ahora.

El poema ¨Regreso¨, escrito en septiembre del año 1973, surgió cuando el poeta, en calidad de papá que debe ocuparse de sus hijas, fue a esperarme en el parque Córdoba el primer sábado de mi vida de becaria. Lo recuerdo buscándome con la mirada, tratando de distinguirme entre la muchachada que con susto y alivio, regresaba de esa semana que fue durísima, como seguramente recordamos quienes con doce años, decidimos separarnos de nuestros hogares para correr la increíble aventura de estar becados durante seis años. La relación que mantuvo y mantiene el poeta con su descendencia es, sin dudas, de amor. Intento distanciarme emocionalmente para ser capaz de comentar con objetividad ese poema en particular, y algunos más, donde se hace evidente este vínculo amoroso. Por esa misma fecha, escribió Entre dos mujeres, donde también alude a la condición de becadas, en este caso incluyendo a mi hermana Teresa, quien estudiaba en esos momentos en la ESBEC Ernesto Che Guevara.

Citaré unos fragmentos, y aprovecho para anunciar que todos los poemas de los cuales hablaré pueden ser leídos en su totalidad en el libro Poesía nuevamente reunida (Editorial Letras Cubanas y Ediciones UNION, 2009)

El corazón

Atareado de una carta a otra

<<Amor>>, diciendo, <<Mi pequeño amor>>,

O <<Mi adorada>>, o <<Mi compañera>>.

Y siempre sin mentir, como tan solo

Puede hacerlo el amante real, total.


Quince años después de ¨Regreso¨, en 1988, escribe uno de los poemas más conmovedores de su fructífera vida de poeta: ¨A mi amada¨. La misma persona que había regresado a uno de los  parques de su juventud, partía como médica hacia tierras africanas. O sea, yo. Si el regreso de antes lo había conmovido, el momento de la despedida tres lustros más tarde lo estremece. En este poema se evidencia la intensidad  del amor filial en el instante de la separación:

¨En el Día de los Enamorados, el domingo, he despedido a mi amada¨, empieza diciendo. Podría mencionar otros textos dedicados a sus hijas, siempre nacidos desde el inmenso amor que no se cansa, afortunadamente, de profesar (nos). Tal es el caso de ¨A mis hijas¨,  de ¨Mi hija mayor va a Buenos Aires¨, de ¨La veo encanecer¨,  de ¨África en ti¨, de ¨Cuando¨. Asimismo, en la medida en que la familia crece, los nuevos miembros encuentran espacio en la obra de este autor ( ¨La nueva¨. ¨Duerme, sueña, haz¨; ¨Elogio de mi Rubén¨), para no hablar de los poemas a su compañera, a su padre, a su madre, a Haydée Santamaría y a los acontecimientos más luminosos de esta tierra que nos ha visto nacer. Las crisis, las victorias, las consagraciones, los terribles momentos de incertidumbres, las derrotas, los sueños y  los anhelos están reflejados en la obra de este poeta, visceralmente entrelazado con la historia del lugar que escogió como destinatario de su descomunal talento.

He sobrepasado el límite del poema que se supone que comentara en estas líneas, pero ya expliqué que nunca antes me había acercado a Roberto Fernández Retamar como escritora, asi que aproveché este espacio que tan gentilmente me ha cedido Jorge Herrera. Vuelvo al inicio y me despojo de mi condición de literata: Además de esperarme en el parque Córdoba un sábado de septiembre, ese poeta tuvo la gentileza de llevarme cada noche de domingo al parqueo del Ministerio de Comunicaciones donde la guagua nos recogía, y de irme a buscar a la escuela cada vez que un médico (real o inventado, ya sabemos las trampillas que hacíamos para salir antes de tiempo y tomarnos un respiro), de darme ánimos cuando la añoranza me golpeaba, de conseguirme certificados que explicaran que no podía usar kikos plásticos, y de enviarme dos cartas semanales durante muchísimos años a través de ese contingente femenino e inclaudicable conocido como “Las madres combatientes”. Seguramente no soy la excepción: Todos nosotros sabemos que la historia de nuestra feliz, única e irrepetible adolescencia en La Lenin, es también un recorrido por la maravillosa vida de nuestros buenos padres, poetas o no. Papás y mamás simplemente, que es lo que importa en realidad.  


Laidi Fernández de Juan, enero, 2011.