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Gran final
(la despedida de Emilia González)

Alberto Garrandés, 08 de marzo de 2011

Emilia González, la chica que suele dialogar anómalamente con Alberto Garrandés, estará a punto de salir a escena (la escena real de los libros reales) cuando la editorial Letras Cubanas publique en breve su conjunto de ensayos "La lengua impregnada", exploración centrada en la imagen del sexo y el erotismo en la narrativa cubana contemporánea. Como ella, Emilia, se ha convertido en algo más que un artificio creado por el autor, a falta de una persona verdadera, y como ese acto se ha constituido, también, en un avatar de los ya clásicos procedimientos de Mary W. Shelley —la vida tiene misterios que la literatura no alcanza a explicar, pero la literatura tiene incógnitas que la vida no podrá resolver jamás—, me ha parecido prudente y legítimo revelar lo que, en conclusión, sucedió con ambos en ese libro, quizás el más rizomático de todos lo que ha dado a conocer el extraño novelista de Fake.

... ... ...
 
“¿Es aquí?”, preguntó Emilia González cuando llegamos al apartamento de B. “Aquí mismo”, dije. Pensé que se sentía incómoda. Incluso consideré la posibilidad de que me dijera que estaba arrepentida. Pero no lo hizo. Me miraba y parecía no comprender la naturaleza de mis palabras. “Sigamos hablando de La lengua impregnada, me da miedo apartarme del libro”, susurró y se pegó a mi cuerpo, nerviosa. Era como si, al alejarse de aquellas páginas de provecho dudoso, la consistencia de su propia materialidad se viera amenazada por el vacío. “Pero en algún momento deberemos apartarnos del libro definitivamente, ¿no?”, sonreí. Me atreví a abrazarla un poco más fuerte que antes. “Lo sé, sé que deberemos apartarnos de él”, dijo.

Cerca de media hora después, cuando B ya se había marchado dando un singular portazo y ella y yo estábamos desnudos en el centro de la cama, advertí que toda mi sabiduría no pasaba de cero. Era verano, estábamos en el ordenado dormitorio de un amigo, el ventilador soplaba con eficacia, mi existencia regresaba a las interrogaciones de otros días, y el rostro de Emilia se encontraba a unos centímetros del mío. Me asustaba salirme del perímetro de sus ojos. Tan sólo me atrevía a mirar su nariz, besar su boca, rozar sus cejas con mis labios, pero como si estuviese reconociendo un territorio delicado y recóndito. “¿Usted no va a decirme nada?”, preguntó en voz muy baja. “Estoy seguro de que tu aliento es como el de Bárbara”, arriesgué. “Ella huele a tierra y flores mustias”, observó. “¿Esa combinación te desagrada?”, dudé. Los dedos de sus manos estaban algo fríos. “No, en realidad no”, pestañeó.

Sentía una pasión bastante precisa por Bárbara, y me había revelado que le gustaba imaginarse como el personaje de Dulce María Loynaz. “Voy a enseñarte cómo es Bárbara de veras, o cómo ser ella sin que dejes de ser tú”, le prometí. “¿Usted hará eso, lo promete?”, susurró con ansiedad. “Lo prometo”, juré.

Todo había empezado en la lectura de Las potestades incorpóreas, mi tercera novela, de la cual alguien le había comentado que era mi mejor libro. O el libro donde yo me arriesgaba, hasta convertirse en el más serio de todos. “¿Riesgo de qué tipo?”, me había preguntado Emilia en aquella ocasión, al escucharme pensar en voz alta. Recuerdo que me burlé un poco del riesgo literario, al explicarle que arriesgarse así no era tan problemático. E insistió en que esa persona, la que había puesto en sus manos Las potestades incorpóreas, le había advertido que era un libro muy personal. Pero después de leerlo, Emilia comprendió que estaba lleno de claves y símbolos demasiado abarcadores. “Mi idea del amor, supongo”, había aventurado yo entonces, y de inmediato ella quiso saberlo todo de mí: los libros que me gustaban, las obras de arte que había visto y me seducían, el cine que podía influir en mis escritos...

El vello de Emilia, áspero, rozó las cercanías de mi rodilla y sentí que mi erección presionaba su ombligo. Era un vello discrepante, oscuro, que refutaba sus maneras de niña y su simpatía a ratos entristecida. El vello corría, desde el pubis y los alrededores de la vulva, por el canal de las nalgas, y se esparcía sosegado, en forma de pelusilla, hasta regresar, escabroso, al círculo del ano, donde se metamorfoseaba en una pelambre desquiciada.

Lucía un lunar tres centímetros por debajo del pezón izquierdo.

Poco a poco fui revelándole mis secretos. Uno tras otro. Recostaba la cabeza en una almohada y me escuchaba con devoción mientras yo le hacía los cuentos, tan reales, que se encontraban detrás de ciertos episodios de Días invisibles. Le expliqué cómo, con los años, había llegado a saber mucho de literatura erótica, sin alcanzar una sabiduría que, total, no iba a servirme de nada, o casi nada, frente a la belleza, que es amordazadora, o frente a la seducción, que acaba por ser gradualmente cruel. ¡Tendría que contarle tantas cosas! Me prometí a mí mismo hacerle todas mis historias, las reales y las inventadas, las que nacían en los libros ajenos y las que, muy húmedas aún, salían de mi vida.

Empezó a sonreír como una cachorrita indefensa, pero deseosa. Su aliento era uno, su olor era otro. Y los dos se articulaban con fuerza en busca de un tercer (e impreciso) aroma. Más tarde, cuando ya supe que su sabor y sus temblores podían enajenarme para siempre, volví al cero incondicional e imperioso de las palabras. “Usted sabe que, en estas condiciones de ahora, conversar sobre literatura puede ser muy riesgoso”, soltó de pronto. Ya no era una cachorrita, sino más bien una gacela. Volví a mirarla. Siempre la había mirado mucho, pero nunca la había visto de verdad, y entendí que entre ambos y la literatura (o más bien entre ella, la ficción y yo) empezaría a fluir una historia harto compleja y que prometía no tener fin. “Estoy decidido a correr esos riesgos con tal de seguir vivo, para ti y para la ficción”, dejé escapar.

En algún momento la Bárbara de Dulce María Loynaz volvió a hacerse tema de conversación. ¡Bárbara sabía de horizontes nuevos, renuncias, aventuras y sueños! Recordé la irradiación fragante de las hojas de la albahaca, el perfume ambiguo de las hojas partidas cuando caen dentro de la hierba de las charcas, el resabio salobre y medio amargo de las chicas cuando apenas dejan atrás los días de la sangre y ya huelen a jengibre, a lechos revueltos, a sudores trabajosos. Todo era muy obsceno. Todo era muy lírico. Mi lengua estaba impregnada.