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Recuperar a Julio Verne (I)

Luis Álvarez Álvarez, 11 de marzo de 2011

Un nuevo libro sobre Julio Verne viene a insistir en la importancia cultural de este autor que suele apenas asociarse con entretenimientos infantiles. Ariel Pérez, en su apasionante libro, integración de biografía, entrevistas y valoraciones diversas, Viaje al centro del Verne desconocido,1 ha formulado no ya una excelente evocación de la personalidad del gran escritor, sino una magnética invitación a meditar sobre una obra esencial para la comprensión de nuestra propia época.

Bretaña, uno de los más importantes enclaves celtas, ha sido solar de dos hombres que modelaron, cada uno a su modo, zonas diferentes de la cultura euro-occidental. El primero, René de Chateaubriand, contribuyó a modelar el Romanticismo en las letras de Europa y, a la larga también, su trasplante americano. Viajero por el Nuevo Continente, su novela Atala trazó una nueva imagen —soñadora, exótica y, también, promisoria— de América: ello sentó las bases para una importante proyección de la literatura romántica europea hacia el hemisferio, entonces todavía virginal y promisorio, cuya literatura también contribuyó a marcar: los ecos idealistas de Atala se perciben en diversas páginas del romanticismo hispanoamericano, entre ellas en Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda. El viaje, así novelado por Chateaubriand, se convirtió en sustancia literaria y en un camino de expresión para una Europa fatigada. Es, por otra parte, la época en que Franciano ha perdido aún su antigua ambición de rivalizar con emporios coloniales como los que habían llegado a ser España e Inglaterra. Una vez que Chateaubriand hubo inaugurado la centuria antepasada imponiendo la vocación viajera, ese ímpetu ya no pudo ser frenado. Por otra parte, no se trataba tan solo del tópico del viaje: Chateaubriand visualizó la cultura francesa extendida sobre el planeta, no ya por la conquista colonial, cuanto por el esplendor de su refinamiento. En Atala, el texto comienza con un énfasis en esa misma inmensidad que, décadas más tarde, parece desbordarse a partir de las páginas del otro gran bretón, Julio Verne:

Francia poseía antiguamente en la América septentrional un vasto imperio, que se extendía desde la península del Labrador hasta la Florida y desde las riberas del Atlántico hasta los lagos más apartados del Alto Canadá.
Cuatro grandes ríos, que tienen sus fuentes en las mismas montañas, dividían esas regiones inmensas: el San Lorenzo, que se pierde al este del golfo de su nombre; el Oeste, que lleva sus aguas a mares desconocidos; el Bourbon, que se precipita del mediodía al norte en la bahía de Hudson, y el Meschacebé, que cae del norte al mediodía en el golfo de México.2

Toda la primera parte de Atala despliega esa visualidad infinita sobre espacios ignotos, que expanden a la vez el alma y la perspectiva del lector. En ese universo geográfico que se convierte en sustancia novelística —es, desde luego, una conquista del Romanticismo la transfiguración de la función estética del espacio literario, que deja de ser un mero decorado plano, para convertirse en una verdadera dimensión ideológica y artística del texto—, el sello francés se marca sobre la descrita infinitud; su dominio es el del espíritu, la cultura, que traza un conflicto soterrado en toda la exótica narrativa “americana” de Chateaubriand, el de la inteligencia que se impone sobre la naturaleza virgen. Esto se evidencia, por ejemplo, en la actitud de Chactas en Atala: “Chactas amaba a los franceses, a pesar de las muchas injusticias de que le habían hecho objeto; recordaba siempre a Fénelon, del que fue huésped, y deseaba hacerse servicial a los compatriotas de ese hombre virtuoso”. 3 No es Chateaubriand un caso aislado en Europa en cuanto a un tipo de narración que abría la perspectiva a otras zonas del planeta. El Romanticismo desarrolló, a su manera específica, una narrativa de aventuras, ya fuera para dar riendas sueltas al rechazo de buena parte de los artistas al balance del enciclopedismo y la Revolución francesa, ya fuera para aprovechar el énfasis del gusto por lo desacostumbrado y pintoresco. No era, sin embargo, una entera novedad: la narrativa de aventuras era, en realidad, muy antigua —piénsese en la épica francesa medieval o en la novela bizantina—.

En realidad, en la literatura romántica se abre una entrada hacia un tipo de literatura que, en creciente acuerdo con las expectativas culturales, científicas, educacionales, sociales, políticas y económicas de la Modernidad —que en el siglo XIX alcanza indudable intensidad de desarrollo—, se propone suministrar al hombre no  solo una síntesis de los conocimientos que van siendo alcanzados, sino también una vibración contemporánea de la cultura, en la cual los presupuestos de que el conocimiento científico y la consolidación de la cultura son instrumentos para, a la vez, comunicarse con el mundo natural y social; disminuir la entropía y carácter heteróclito y abstruso de la realidad y constituir sistemas, están cobrando cada vez mayor fuerza, hasta convertirse en verdaderos artículos de fe en la cultura. El antiguo tema de la salvación por la cultura, pues, encuentra en una serie de obras literarias —también en las consideradas, como las de Verne, como menos— un espacio de difusión y convergencia.  Paul van Thiegem puntualiza esta tendencia aventurera de la narrativa romántica en general:

La novela (o el cuento) exótica ya había sido abundantemente cultivada en el siglo XVIII; y sin embargo, no puede ser considerada como elemento importante del prerromanticismo, porque, con excepción de algunas raras narraciones, como Paul et Virginie, el fondo o el decorado que enmarca la acción no está tratado por sí mismo y solo es el lugar donde se encuentran los personajes influyendo poco en sus sentimientos.  Citemos como ejemplos, Robinson Crusoe de Defoe, Cleveland de Prévost, Candide de Voltaire o Rasselas de S. Johnson; ninguno de estos autores había visitado ni las islas desiertas de remotos océanos, ni la América de los indios salvajes, ni Eldorado, ni Abisinia. Tampoco los románticos fueron viajeros tan atrevidos; sin embargo, Mérimée, para escribir Carmen o Colomba, se inspira en lo que ha visto en España o en Córcega; Stendhal sitúa su Chartreuse de Parme y sus cuentos italianos en un país que conocía perfectamente; Chateaubriand incluye sus recuerdos personales de Grada en Le Dernier Abencérage y los de América, en Atala y en René; Pushkin y Lermontov evocan en sus cuentos los tipos del Cáucaso, en donde vivieron, y Cooper y Melville llevan a sus narraciones su experiencia de la sabana o de sus osadas navegaciones remotas.4

Una vez se hubieron aquietados el hervor romántico, la pasión nacionalista, el idealismo que se nutría de las aspiraciones de la Revolución francesa, y un nuevo impulso al viaje como esfera de realización humana —ya en la pura idealidad, ya en la directa y real aventura— habría de ponerse de manifiesto en la cultura francesa. Una vez más, la Bretaña tendría el raro honor de dar impulso a esta nueva oleada. El cierre de la primera mitad del siglo XIX en Francia llegó con la efusión de sangre de la guerra franco-prusiana y su secuela de conflictos de clase en la Comuna. El país salió de esos choques terribles, mucho menos debilitado de lo que ha podido parecer:

Si la “época de las oscilaciones” tornó a Francia menos temible desde el punto de vista militar, la dejó rica y próspera. Nunca se enriqueció más que durante la Monarquía de Julio y el Segundo Imperio. Esa prosperidad está vinculada, por una parte, con la revolución industrial del siglo XIX; el enriquecimiento de Inglaterra, Alemania y Bélgica es contemporáneo del de Francia. También se debió la prosperidad al interés que los gobiernos manifestaron entonces por el desarrollo de la industria, de los medios de comunicación y del urbanismo. En su momento, esas grandes obras fueron acompañadas por escándalos; dieron oportunidad para realizar fortunas demasiado rápidamente, pero procuraron a las generaciones siguientes un equipo indispensable.5

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1 Ariel Pérez Rodríguez: Viaje al centro del Verne desconocido. Ed. Gente Nueva. La Habana, 2009.
2  Francisco René de Chateaubriand: Atala. René. El último abencerraje. Ed. Sope. Buenos Aires, 1938, p. 21.
Ibídem, p. 25.
4  Paul van Thiegem: El romanticismo en la literatura europea. Ed. UTEHA. México, 1958, p. 377.
5  André Maurois: Historia de Francia. Ediciones Peuser. Buenos Aires, 1947, p. 435.