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Leer en la pantalla: entre el dilema y la sombra

Jorge Ángel Hernández, 18 de marzo de 2011

¿Cuán nuevo el fenómeno planteado por el hipertexto? ¿No estamos dejándonos llevar por el deslumbramiento de envolturas diferentes que contienen los regalos de siempre?

Los grandes adelantos son irremediablemente crueles: su implantación sepulta tanto el estatuto simbólico de las tradiciones en las que ellos mismos se sustentan como la savia vital de la cual se han fecundado. Así de cruel fue la apertura de la imprenta, la socialización del libro. Su tradición se hizo firme y entrañable; se adaptó al curso general de la existencia y compuso ese objeto para nuestra vida. El invento, en su natural puesta en práctica, sufrió un proceso de lucha en el cual el peligro de demonización definitiva lo condujo a un forzoso perfeccionamiento. Circunstancias análogas hallamos, sin embargo, en la fotografía, el cine, la grabación musical… En todos, eso sí, los demonios de la invención pasaron, comercio mediante, de la exclusividad a la socialización. De ahí que aún me guste creer que la historia se recicla en espiral y que no podemos darnos el lujo de dejar de pensar en los más amplios sectores de la sociedad, en el trabajo que es necesario emprender para lograr que sus niveles culturales se ensanchen hasta buscar la recepción que reclama la obra creadora.

La alfabetización digital no deja de ser un componente básico en ese reto frente al cual está quedando el libro. Adviértase, si las sospechas brotan, cuánto se ha trabajado por la efectividad, la síntesis, el peso y la belleza del objeto que desbancó la tradición de los copistas (no de los plagiarios, que parece crecer con indolente anuencia). De la mano del llevado y traído hipertexto, el libro digital se encuentra delante de nosotros y, aunque aún no depende de sí mismo para su socialización, sí indica que en no pocas sociedades se va tornando menos costoso que su antecesor. Por el momento, el espontáneo entusiasmo —quién quita que también la falta del cuño de la tradición— enchufa un ambiente con sabor a esnobismo, banalidad y desconocimiento. También, la indefensión de los autores nos afronta al peligro de no recibir siquiera el mínimo de retribución imprescindible para seguir en la lucha por la sobrevivencia del oficio sin renunciar al sostén del yo y de la familia. Más allá de algún que otro multimedia de efectiva combinación y resultados de trabajo, apenas hallamos muestras que repiten ediciones de papel con pobre saldo de experto literario en función del adelanto. Algo común en este tipo de proceso, pues es difícil que ambas características consigan conjugarse. Pero tecnología y saber existen ya, está de más decirlo y es, por ello, inexcusable insistir en repetirlo. Delante de nosotros se halla la senda de dignificación del adelanto, de su puesta en marcha como nutriente de la comunidad interesada en la cultura raigal. Y no me refiero a obvios y efectivamente impresionantes detalles como, valga un ejemplo solo, el del pequeño espacio en que puede almacenarse una profusa biblioteca, sino a pensar en un resultado que eleve a la literatura misma a partir de un coherente apoyo tecnológico, algo que los propios escritores no hemos comprendido aún. El desarrollo de la programación digital marcha, cruel, ineludiblemente, a una velocidad que deja atrás el resultado histórico de la experimentación en la literatura. Se trata de una verdad que deberá alarmarnos para bien; un llamado que nos urge y para el que, sospecho, no estamos tan atrás como pudiera creerse a vuela pluma. Imprescindible será afrontar, además de la existencia de editoriales de tipo digital, de esas que en efecto divulguen las obras de nuestros escritores, a las cuales llamaremos libros, porque el nombre continúa siendo el símbolo preciso, un cambio en la manera de verlos, de asumirlos en su fondo transmisor de cultura, de valores que, pienso, los escritores no dejaremos de apreciar. Es un asunto que no depende de un único elemento, sino de, al menos, una tríada inicial: autor-editor-webmaster.

Se leerá en la pantalla, aunque tal vez no sean óptimas las condiciones que hoy mismo presentamos, aunque no desterremos de nuestras propiedades al libro de papel. A fin de cuentas, y aún cuando demasiadas personas en el mundo no poseen siquiera un ejemplar en sus hogares, la industria del libro y la literatura continúa siendo un hecho irreversible. No es, a mi juicio, un asunto de quitarte a ti para ponerme yo, sino de evitar quedarnos a la zaga en el proceso. Ya que de una vez nos parece imposible escribir fuera de la pantalla, debíamos acceder al ápice de humildad capaz de permitirnos reconocer que también se hará hábito este tipo de lectura.

Y urge, por ello, auscultar en esas condiciones que tal vez a vuela pluma —o a paso de vertiginoso hipervínculo— se le van adjudicando al hipertexto como producto hegemónico en el instante tecnológico en que nos encontramos. Y, sobre todo, detenernos a analizar en qué consisten los cambios, es decir, hasta qué punto esa crueldad de la revolución tecnológica no está asociada a las muchas tradiciones culturales sobre las cuales se levanta.

La proclamada libertad del hipertexto responde, en rigor, a una manera de hacer más dinámica la convencional lectura, pero no a un ejercicio por completo libre, absolutamente arbitrario, pues recibimos sus líneas de lectura ya marcadas, programadas por alguien que, al asociarlas, puede reconocer un número finito, en las más de las veces limitado, de variantes, por muchas que aparezcan. El texto interactivo digital asume la muy loable función de dinamizar el sistema de asociaciones que entran a jugar un papel comunicativo en el universo receptor. La mente, aun cuando pueda escoger una u otra vía, está llamada a responder a ciertas normas de autoridad, de programación, así como a condicionadas secuencias de lectura. Y ese hipertexto se construye a partir de sugerencias que, según las normas de la percepción visual y la comunidad de intereses del usuario, se van poniendo en práctica. La vuelta atrás, para encontrar nuevas versiones, es, en la dinámica humana, mucho menos probable que lo que los programas de software pueden, en efecto, contener. No se ejecuta entonces un perfecto ejercicio de búsqueda incondicionada, sino un llamamiento a los sentidos, mediante el cual debe elegirse dónde presionar el mouse.

La monumental novela Rayuela, de Julio Cortazar, propone un modelo para armar una lectura que, sin embargo, está definida por los grupos textuales que él mismo ha producido. Así, la composición digital interactiva ofrece los componentes de diferentes modelos sobre la base de textos previamente concebidos, de modo que solo se está facilitando el nivel electivo de las asociaciones inmediatas en la mente del receptor, y no, como se pretende con frecuencia, concediendo a cada lector una apropiación que le permite convertirse en autor. Esa alteridad se condiciona a partir de la capacidad receptiva que la enfrente, tal y como ocurre con el convencional consumidor de libros. El aparato de notas que vamos encontrando en los ensayos y estudios convencionalmente editados, por ejemplo, funciona como llamada opcional, capaz de abundar sobre un tema que, sin embargo, puede continuar su curso si prescindimos de las interrupciones. Muchos lectores, no obstante, lamentan lo trabajoso que resulta el sube y baja en la atención de la lectura, más que la introducción de ideas asociadas, lo cual se puede resolver con suma rapidez en el producto digital, donde el clic simplifica el esfuerzo, en tanto los elementos a poner en juego pueden desautomatizar el estatus de cansancio.

En tanto el libro impreso nos permite leer sobre la cama, despatarrados en butacas o sillones, el texto de la pantalla tiene la posibilidad de cambiar en color, forma y tamaño, al punto que también podríamos despatarrarnos en la silla de trabajo y, si no llegamos a comprar un asiento adecuado para el uso, colocar el catre de modo que nos permita ver la pantalla para realizar la lectura según nuestras manías personales. Argumentos de esta índole responden más a una inercia que se apega a la convencionalidad de las normas que a un verdadero obstáculo para la utilización de la lectura en pantalla.

Si decidimos editar en formato interactivo Paradiso, de José Lezama Lima, ¿se nos ocurriría sugerir un hipervínculo inicial con el capítulo 8 para, a tono con esas nuevas tecnologías, darle al lector una apertura más picante? ¿Lo mandaríamos al capítulo último, para que no reciba la compleja carga erudita?

Con la lectura digital va ocurriendo un fenómeno asombrosamente análogo al del surgimiento del cine ante el teatro, recuérdese, cuando los entusiastas del adelanto tecnológico enganchaban al público a partir de lo frívolo, lo fácil, etcétera, en tanto la pretensión artística plantaba su resistencia mediante la reproducción de las normas de las tablas delante de las cámaras. Ante esa solución, el gran público podía desterrar para siempre de su posible consumo a los clásicos del teatro que, asimilándolos al lenguaje cinematográfico, le llegarían con placer. Como se ha visto con el desarrollo, ninguna de ambas tendencias se constituyó en resultado ideal, aun cuando el producto creado para un receptor ligero no dejó de crecer. El arte, el talento, sin embargo, acudió al cine luego de entender su lenguaje y legó a nuestra cultura un acervo sin el cual hoy no podemos concebir la evolución. E insisto en ello, pues fueron precisamente los realizadores talentosos quienes mostraron la capacidad de hallar un nuevo producto de valor, mientras que los otros se conformaron con readaptar las fórmulas del éxito vacío.

De igual modo, una primera andanada de usuarios de Internet se lanzó a resolver lo que tal vez no habrían podido pagar utilizando a los psicoanalistas: la realización de los deseos en el pensamiento; con una diferencia elemental: se propagaban en red y contagiosamente. A menudo los adolescentes recortan la cabeza de la foto de sus ídolos para, en su lugar, colocar la suya propia y sentirse, en plenitud, esa figura. Ello, desde luego, no los convierte en otro; solo les ayuda a adaptarse al mundo que los sobredimensiona, mutilando frecuentemente su futuro papel en el proceso evolutivo de la civilización. De esa actitud festinada y entusiasta sobran ejemplos en la red y, lo que no deja de asombrar, se han empleado sus ejemplos para anunciar que se cuestiona la noción de autoridad, lo cual, desde un punto de vista riguroso, siempre se ha considerado en juego, sin que ocurra realmente. También, y es lo que debe llamar nuestra atención si el objetivo sigue centrado en la socialización de los valores culturales, hay ejemplos que demuestran que el camino es posible, aunque apenas se encuentre en sus inicios, y que es posible colocar la creación y el talento como modo opcional del hipertexto.

Nadie le impide a un lector comenzar una revista por la última página, la de los chistes, digamos, de modo que esa interactividad no es, en estricto sentido, nueva, aunque es cierto que la revista digital debe llamar a reglas de juego mucho más dinámicas. Vale entonces recoger esas normas como conocimiento, como instrumento de transmisión del texto literario, del pensamiento, el arte y la cultura en su amplia dimensión, en virtud de sus propios presupuestos, sin traicionar su esencia y valiéndose de esos atractivos que efectivamente la tecnología brinda. La pesada lectura de una edición crítica puede hacerse amena y, por consiguiente, tener una efectividad de recepción notablemente más alta si ese aparato de hipervínculos crea un diálogo textual con los elementos que es necesario relacionar. Entonces sí es posible comenzar la lectura por un elemento cronológicamente anterior para atrapar el interés del lector en general, es decir, de ese que no viene decidido a enfrentarse con el texto.

El idílico supuesto de que autor y lector se acercan hasta confundirse gracias a las técnicas de digitalización interactiva no toma en cuenta que, al menos en lo referente a la creación artística y literaria, se debe partir de un criterio de autoridad para cualquier otra tergiversación. Esta tecnología socializa la idea profunda del texto literario en un número determinado de sus diversos cortes diacrónicos, sus recorridos sincrónicos y limita, en cambio, el universo de las connotaciones, pues la mente del receptor se adapta a esperar la sugerencia en la pantalla. En fin: la idea del usuario como autor, simplemente porque salte a su gusto entre los nexos posibles, me da más espina de comercial de pantalla que de análisis serio, libre de juicios predeterminados.

Otro elemento de ilusión innovadora hipertextual está relacionado con los vocablos y frases que se ponen en uso, numerosos y —aún— insuficientes. El empleo de préstamos lingüísticos, verbalizaciones, adjetivaciones y sustantivaciones de vocablos de lenguas extranjeras, así como la asimilación de formas del habla común que se constituyen en neologismos cuyo significado exacto se establece por convencionalidad del uso, no es un fenómeno nuevo, ni en la literatura ni, mucho menos, en la puesta en marcha de recursos tecnológicos. La fiebre de Internet, cuyo mérito más sobresaliente radica en desbancar las barreras geográficas y, enseguida, en dar pie a que se quiebren las manipulaciones ideológicas —a pesar de que se intenta lo contrario con mucha más insistencia—, satura ese ejercicio de transformación lingüística en los niveles pragmáticos del habla, y hace que no pocos se sientan tentados a nombrarlo como un síntoma nuevo. Hasta hoy, en el habla castellana, los tiradores coliman, los aviadores taxean y panean los camarógrafos, por ejemplo, en tanto en la música se han asentado vocablos como celo, violoncelo, ritornelo o da capo. Es un proceso que el habla ha puesto en marcha desde su misma fundación.

No obstante, para no dejarse tentar por los idilios en la búsqueda de un resultado de lectura en pantalla, ni todo cuanto brilla es oro ni cada hipervínculo conduce a un resultado mejor, liberador de las tensiones internas que asedian al usuario ni, mucho menos, capaz de promoverlo un escalón en el camino hacia el mejoramiento humano. Es un riesgo difícil de saldar, pues se trata de una desleal competencia que la imagen en movimiento plantea ante la estática grafía. Requiere, para vencerlo a favor de un uso cultural, de un usuario culturalmente dispuesto, inducido —no abducido, como puede inferirse de un gran número de sitios— hacia un ejercicio de recepción inteligente, donde la creación no sea precisamente entretenerse en armar rompecabezas banales —en el mejor de los casos, absurdos y risibles— con obras validadas en el propio proceso cultural, sino extraer de ellas un sentido mejor para la vida de la especie. Por muy devastador que se presente, este elemento es también una autopista para el uso y desarrollo cultural.

Es cierto que tanto la idea de las bibliotecas como el concepto de trabajo del autor sufren transformaciones importantes, como ha ocurrido a lo largo del curso de la civilización con el fenómeno específico de la lectura. Al parecer llevamos un largo tiempo con normas cuyo grado de convencionalidad crea un sentido de caos ante los nuevos retos y exacerba esa crueldad natural del adelanto.

Cuando se nos plantea la idea de un lector que planifica su estrategia de búsqueda, se está dando por sentado que este será una especie de turista de la lectura, más bien un cazador de noticias, curiosidades y hasta de aventuras que él cree sigilosas desde su soledad, pero que están siendo rigurosamente registradas por los instrumentales de espionaje. Se trata, no de una lectura, no de un ejercicio de estudio y de concentración en el conocimiento, sino de un acto de navegación recreativa, seguramente a falta del capital que sostendría el arsenal de yates necesario para ejecutar el hecho en su sentido literal. Se piensa, en fin, en un curioso que, de conformarse con los elementos hallados en su cadena de nexos, queda sin pasar las barreras que lo pueden llevar a la cultura.

Así como en comunicación la saturación informativa conduce a un resultado de desinformación, de puesta en duda y hasta de recepción con cálculos de reducción incluidos, la extrema polisemia del hipertexto puede conducir a un vacío asimilativo que, saturado en la fascinación de hacerse obedecer, juega sin pretender capturar ningún sentido profundo. Es, también, una forma de manifestación de la conciencia social que podemos percibir a través de la historia.

Es famosa la anécdota de los espectadores del medioevo que pagaban al juglar para que demorase la muerte de Héctor en su relato de la Ilíada, lo que, sin dudas, se hace al acceder a cualquiera de esos juegos electrónicos mediante los cuales se “reconstruyen” obras del acervo universal, sociedades reconocidas por la historia o determinados eventos concretos, y entonces puede usted ser Napoleón y ganar en Waterloo, o celebrar un matrimonio entre Madame Bovary y Stephen Dedalus (aunque lo dudo) y —lo que he podido comprobar— sentirse J. K. Rowling y redactar un giratiempo de Harry Potter que, lejos de menoscabar la muy intertextual noción de autoridad de la escritora inglesa, la ayuda en los méritos que efectivamente acusa. Tales ejercicios no pasan de ser un acto de representación, un modo de jugar sin consecuencias, como el adolescente que superpone su rostro al de Di Caprio, pues a ninguno de esos expertos en ganar las batallas perdidas en la historia se le ocurriría escribir un manual con sus propios resultados para que se divulgue en las escuelas e incluso ganar concursos literarios.

Si algo nos dignifica sin reservas hasta este sitio de susto tecnológico, es el profundo papel de socialización de la cultura, la posibilidad de ser, si bien no creadores cómodos, arquetípicamente sedentarios, felices al cabo de la remuneración, sí mejores hacedores de cultura, escritores conscientes del papel que jugamos para la sociedad que deberá recibir nuestras contribuciones. Una aventura a la que acaso se resista el infaltable puñado de aburridos a quienes ya no queden fuerzas para llevar la implicación sobre los hombros, mal que pese.

La literatura ya asume las consecuencias de un reto que debe resolver ante la realidad abrumadora del libro digital. Sus ediciones pueden ascender desde el texto reproducido en una especie de pasador automático de páginas, hasta el producto multimedia que prepara acercamientos relacionales diferentes, en ideal sentido ajustado a niveles culturales y de erudición diferentes, graduales, pensados y editados en bien de la cultura, de modo que las grandes obras que constituyen el legado de la humanidad —a las cuales no pueden llegar todos, ni aun cuando posean el poder adquisitivo necesario— se socialicen en el mayor grado posible. El reto, hoy como antes, se halla en decidir trabajar por la cultura o entregarse a los dóciles códigos del usuario de hipertextos turísticos, al cibernauta aburrido que sólo se entretiene a condición de que su pensamiento no baje siquiera un milímetro de la superficie. Las posibilidades son muchas, abiertas a caminos que habrá que desbrozar, sobre todo a partir de que a tantos de los implicados en la proliferación de ese tipo de producto ligero, sin sentido profundo, les interesa que el navegante se niegue a vestir la escafandra del explorador que piensa y se somete al peligro de hacer algo mejor.

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