Recuperar a Julio Verne (II)
La novela de aventuras del Romanticismo está por completo imbricada con elementos de la novela maravillosa, la novela puramente exótica —ubicada en ambientes por completo alejados del que habita el lector—, e incluso la novela histórica. Por ello, no siempre es fácil desentrañar los componentes de la mixtura, tan compleja en su día como lo es hoy el best-seller en cuanto género fortalecido en las últimas décadas del siglo XX.
De este vertiginoso balance de la narrativa de aventuras que precede a Verne, puede concluirse una cuestión esencial. En primer término, el tipo de narrativa que antecede a la de Verne, le proporciona una serie de cimientos de importancia: ante todo la búsqueda de un espacio literario de mayor calado, sin aspiración superficial de decoración, sino como ámbito nuevo y por ello estimulante para un lector necesitado de expansión cultural. En segundo lugar, el empleo ágil de descripciones precisas, de ubicación geográfica, de caracterización de la naturaleza vernácula. En tercero, la asociación intensa entre el destino del protagonista y un espacio que es tratado a la vez como geográfico —especificidades de zonas infrecuentes para el lector europeo— y como cognitivo-cultural —este ámbito propone conflictos diversos, incluso de supervivencia, a los personajes principales—. El espacio, hay que insistir en ello, deviene un componente de calibre mayor en la narrativa europea del s. XIX. Se convierte en una opción, que permite al capitán Nemo un ostracismo cultural y moral ante la corrupción devoradora de Occidente —tema que, por cierto, es Verne uno de los que lo trata con mayor intensidad simbólica y emocional—. Verne no es un simple escritor comercial y, mucho menos, un extravagante individualista que se aleja, debido a gustos personales y a características peculiares de su psiquis, de los cauces centrales de una gran literatura. La obra verniana respondía a una necesidad cultural francesa —en realidad, de todo el Occidente—, como puede fácilmente ser constatado a partir de los rasgos de la cultura en los albores de la siguiente centuria. Por ejemplo, Albert Thibaudet, al caracterizar el clima cultural de Francia a principios del siglo XX, justo en época de la muerte de Verne (1905), proporciona una clave luminosa:
Ante todo la revolución escolar de 1902. Tener veinte años en 1914 es haber hecho sus estudios, haber pasado su tiempo de formación en los primeros años del siglo XX. Las nueve décimas partes de los escritores pertenecen a la burguesía y, becados o no, reciben la enseñanza secundaria […]. Las lenguas modernas forman parte del lugar ocupado hasta entonces por las lenguas antiguas. La juventud viaja, el normalista medio parte en gira alrededor del mundo, los niños cambian de países y de lenguas.1
El cierre de la centuria de Verne resonaba con nombres de viajeros semi-legendarios, cuyas peripecias habían resonado en la ya ingente prensa del siglo XIX: Livingstone, Nansen, Abruzzi, Serpa Pinto y Marchand, se mezclaban con los rostros abocetados de Julio Verne, y era difícil establecer quiénes habían emprendido aventuras más tangibles e impresionantes: si los héroes de la realidad o los de la novela. La escuela, en la que se producía una transformación esencial —de planes de estudio, de métodos de trabajo, de relaciones con la sociedad, lo que conduciría a un gradual alejamiento de los patrones tradicionalistas que habían dominado esa institución durante toda la centuria—, deja de ser el polo opositor del viaje, para convertirse en su base y punto de partida. A fines del XIX, el otro escritor bretón de gran estatura dio cuerpo a esa renovación de la avidez por la andanza gallarda y valerosa, ansiedad de psicología social y de cultura que en su obra habría de configurarse no tanto como marinera o exótica, sino, ante todo, como cognoscitiva. Julio Verne, desde que publicara Cinco semanas en globo (1869), habría de marcar de manera indeleble modos sutiles de mirar el mundo, los cuales habrían de incorporarse a las retinas de numerosas generaciones de niños y jóvenes, pero también adultos, que se entrenarían como lectores escudriñando los mundos prodigiosos cuya estructura y misterios lo obsesionaran.
Viaje al centro del Verne desconocido, de Ariel Pérez Rodríguez, es el fruto de una pasión por esa manera de contemplar el universo que Verne nos legara. Pocos son —y, en verdad, estos pueden considerarse nada afortunados— los que en la infancia no hayan sucumbido al magnetismo con que ese bretón extraordinario remodelara el planeta para sus lectores. El libro de Ariel Pérez tiene un componente biográfico notable por la minuciosa evocación de la trayectoria del autor de Un capitán de quince años, y es también obra que trasciende los marcos cerrados de la estricta biografía: se trata de capturar el contexto múltiple, las angustias —económicas, editoriales, familiares, entre otras—, la voluntad de creación de Julio Verne. Muchos detalles resultan deliciosamente simbólicos, como el hecho de que el escritor se haya instalado en la calle de Suffren en Nantes, cuyo nombre recuerda a uno de los más destacados marinos franceses del siglo XVIII. La organización de los datos de biografía resulta muy funcional —los capítulos reciben títulos con delicioso dejo entre irónico y afectivo—, pero, sobre todo, contenida: no hay juicios presurosos, ni valoraciones aventuradas. Copioso como es este libro, deja en el lector la sensación de que se cuenta con aún más información y que resulta imprescindible asomarse a ella. Sin melodramatismo, se insinúa el drama humano que subyace en toda gran personalidad histórica, con semejante mesura a la que emplea Verne al indicar, en escuetas palabras, que Juan Garral, el protagonista de La jangada, entrañaba un sordo hervor interno: “[…] en este hombre tranquilo, que parecía haber conseguido cuanto puede desearse en la vida, se advertía un fondo de tristeza”.2 El biógrafo, por otra parte, tiene la inteligencia de abocetar el entramado de relaciones que fue estableciendo Verne con científicos, economistas, editores, escritores y artistas, lo cual permite abandonar la mítica imagen de un Verne encerrado en su despacho, auto-fagocitándose, ajeno a viajes y a otra cosa que fueran libros. Ariel Pérez, de manera explícita, nos invita a preguntarnos con él: “¿Quiénes eran sus amigos más cercanos?, ¿cuál era la situación política del país?, ¿de qué manera influyó en él? […] ¿quiénes fueron sus seres más queridos?”.3 Esta biografía nos devuelve a un autor con afanes viajeros en buena medida cumplidos, a pesar de todas las flaquezas de salud y todas las amarguras que le causan su salud más que frágil y su vida personal y familiar. El trabajo con entrevistas realizadas a Verne, permite acceder a una ilusión de contacto directo con el novelista. Especial interés tiene el espacio concedido al análisis de las difíciles, pero interesantísimas relaciones entre Verne y su editor Pierre- Jules Hetzel:
El editor había comenzado su carrera comercializando libros de poca calidad, aunque no desdeñaba la Literatura y la Historia. Fiel seguidor de la plana intelectual de su época, estaba siempre al corriente de las nuevas ideas y acechaba a los nuevos talentos. Poco a poco, Hetzel fue fichando lo mejor de la literatura del siglo XIX y hacia la década del cincuenta era ya un editor importante que había publicado obras de Víctor Hugo y Michelet, entre otros. Hombre emprendedor y escritor discreto, había pensado en crear una nueva revista de buena calidad, espíritu instructivo y recreativo a la vez, ilustrada, apta para todas las edades.4
El propio editor, por el retrato que brinda Ariel Pérez, podía considerarse un hombre moderno y avezado en identificar los nuevos derroteros de la producción literaria. Esta imagen de Hetzel contrasta de modo violento con la frialdad de la crítica y la academia francesas de la época, obstinadas en ignorar la importancia real del escritor cuya importancia, sin embargo, Hetzel reconoció de un golpe. El propio Verne dejó constancia del pesar que le causó ese injusto aislamiento:
Cuando me quejaba de que mi lugar en la literatura francesa no había sido reconocido, Dumas solía decirme: Debías haber sido un autor americano o inglés. Entonces, tus libros traducidos al francés, hubieran tenido una enorme popularidad en Francia y habrías sido considerado por tus compatriotas como uno de los más grandes escritores de ficción. Pero las cosas son tal y como son, no cuento en la literatura francesa. Quince años atrás, Dumas propuso mi nombre para la Academia y como en ese momento tenía varios amigos en la Academia entre los que estaban Labiche, Sandeau y otros, parecía que era la gran oportunidad para que se determinara mi elección y el reconocimiento formal de mi trabajo. Pero nunca ocurrió. Cuando recibo cartas de América dirigidas al Señor Jules Verne, miembro de la Academia francesa, no puedo evitar una sonrisa.5
Es bien conocido el conjunto de pequeños episodios miserables que fueron gestados alrededor de una posible entrada de alguien a la Academia Francesa… y a todas las academias que en el mundo han sido, siempre más dispuestas a elegir y recibir con brazos abiertos a pequeñas mediocridades como ese mismo Labiche, amigo de Dumas, a quien este apeló para que propusieran a su genial e incomprendido amigo bretón. Labiche, hoy desconocido, rogado para que apoyara la candidatura de Dumas a la Academia, es todo un símbolo de las cominerías, esquematismos y mezquinas manipulaciones que, en todas las épocas y países, se producen en torno a pequeñas vanidades sin trascendencia y sin sentido cultural efectivo. Es conmovedor descubrir a alguien tan talentoso y por encima de su tiempo como Verne, sometido a esas pequeñas y eficaces crueldades de la gentuza pseudo-intelectual de siempre. El libro de Ariel Pérez, aquí y allá, suministra diminutos y preciosos datos sobre el flujo de escritura de Verne, ritmo continuo y orgánico. Hay que agradecer el que se detenga en cómo se sucedieron los diversos procesos de escritura de sus libros, incluida la Géographie illustrée de la France. Asimismo, permite comprender cómo Hetzel marcó —y no siempre para bien— la escritura verniana:
Luego del fin de la redacción, Hetzel sugiere adicionar, de buenas a primeras, un tercer volumen a los dos ya existentes. «Aumentarlo sería una cuestión simple de agregar algunos episodios. Estos pudieran comprender: la evasión de Ned Land en una “isla desierta”, su recogida y reconciliación: algunas partes que pusiera en escena a John Brown, el célebre abolicionista », episodio que Hetzel mismo redactó, pero que luego se perdió; y una escena donde, con el propósito de «animar» el Nautilus, Nemo podía «salvar a los chinitos [sic] secuestrados por piratas chinos».6
Otro factor de importancia en el libro de Ariel Pérez radica en la consideración de áreas de conquista verniana, a las cuales, en particular al área de conquista del cielo terrestre, Pérez dedica consideraciones muy sugerentes. Era inevitable, dado el tema del libro, dedicar espacio a las proyecciones futuristas del pensamiento de Verne. No obstante, en esta línea, el biógrafo da pruebas de su objetividad; a pesar de lo mucho afirmado en contra, Ariel Pérez subraya: “[…] muchas de las ideas para sus “predicciones” no son originales. El propio autor dice que sus lecturas de los desarrollos científicos contemporáneos eran la fuente de la gran mayoría de sus ideas. En cualquier caso, virtualmente todas las ideas que Verne usaba habían aparecido de una forma u otra en ficción”.7 En su acercamiento polivalente a Julio Verne, Ariel Pérez ha acometido una aventura que no puede sino calificarse de gustosa y paladeable. Así nos devuelve, humanizado y vital, parte del secreto de uno de los autores que, ajeno a la frecuente mediocridad de la Academia, se nos revela hoy como grande, más que por su capacidad de visualizar, predecir, adelantar y fundar un subgénero narrativo de la modernidad —el relato científico—, por su pervivencia en el gusto de generaciones de lectores incontables. Pues lo esencial de su obra no fue, tal vez, el presentir el futuro, cuanto el descubrir que la aventura esencial para el ser humano es la del conocimiento que se funda en discernir, de modo efectivo, el bien y el mal en la sociedad y las personas.
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1 Albert Thibaudet: Historia de la literatura francesa. Ed. Losada, S.A. Buenos Aires, 1957, p. 440.
2 Julio Verne: “La jangada”, en: Obras. Ed. Plaza y Janés. Barcelona, 1962, t. IV, p.1072.
3 Ariel Pérez: ob. cit., p. 29.
4 Ariel Pérez: ob. cit., p. 19.
5 Ibídem, p. 64.
6 Ibíd., p. 227.
7 Ibíd., p. 255.