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Androcentrismo, violencia y sexo en el habla popular cubana. Herencias esclavistas.

Jorge Ángel Hernández, 01 de abril de 2011

El habla es, acaso, el elemento dinámico que más refleja la resistencia a los cambios en el desarrollo social, y, paradójicamente, el que más oculta el verdadero grado de las transformaciones alcanzadas. Su carácter representativo descansa en una mezcla de juicio y de figuración que privilegia el fluir espontáneo del sentido antes que la conclusión demostrativa. No solo es, por supuesto, un instrumento de transmisión cultural, sino, además, un componente de consolidación de la cultura. Al revisar algunas de las fuentes léxicas del habla popular cubana, constatamos que del complejo azucarero del ingenio, con sus implicaciones esclavistas patriarcales, androcéntricas, conservamos no pocos elementos de comunicación directa.

Templar, por ejemplo, es la palabra más generalizada en el habla popular cubana para expresar el coito. José Lezama Lima defiende, a través de ella, la sapiencia cubana, pues la asocia a su novena acepción, relacionada con su función musical. Esta remite al acto de disponer un instrumento musical para que pueda emitir con exactitud los sonidos que le corresponden.

Si recorremos las diversas acepciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, vemos que el conjunto de significados no se muestra particularmente agresivo o violento, sino que conlleva, a través de la moderación, la búsqueda de una temperatura agradable para un objetivo productivo, lógico, loable.

Templar. (Del lat. temperãre). tr. Moderar, entibiar o suavizar la fuerza de algo. Apl. al genio o enojo de una persona, u. t. en sent. fig. || 2. tr. Quitar el frío de algo, especialmente de un líquido. || 3. tr. Enfriar bruscamente en agua, aceite, etc., un material calentado por encima de determinada temperatura, con el fin de mejorar ciertas propiedades suyas. || 4. tr. Poner en tensión o presión moderada algo, como una cuerda, una tuerca, el freno de un carruaje, etcétera. || 5. tr. Mezclar una cosa con otra para suavizar o corregir su actividad. || 6. tr. Cineg. Preparar el halcón para la caza, poniéndolo a dieta 24 horas, sin agua y con algunos excitantes por todo cebo. || 7. tr. Mar. Adaptar las velas a la fuerza del viento. || 8. tr. Mar. Dar igual grado de tensión a varios cables o hacer que empiece a trabajar uno de ellos. || 9. tr. Mús. Disponer un instrumento de manera que pueda producir con exactitud los sonidos que le son propios. || 10. tr. Pint. Proporcionar la pintura y disponerla de modo que no desdigan los colores. || 11. tr. Taurom. Ajustar el movimiento de la capa o la muleta a la embestida del toro, para moderarla o alegrarla. || 12. intr. Dicho de una cosa: Perder el frío, empezar a calentarse. El tiempo ha templado mucho. || 13. intr. coloq. Cuba. Realizar el coito. U. t. c. tr. y c. prnl. || 14. intr. Ven. Procesar el jugo de la caña de azúcar hasta convertirlo en papelón o panela. || 15. prnl. Contenerse, moderarse y evitar el exceso en una materia; como en la comida. || 16. prnl. Emborracharse un poco. || 17. prnl. Am. Mer. enamorarse. || 18. prnl. C. Rica. Excitarse sexualmente.
MORF. En España, u. c. reg. En América c. reg. y c. acertar.1

Aún así, la condescendiente visión de Lezama Lima no está ajena al convencional peligro del androcentrismo propio de nuestra cultura, pues la mujer es, a fin de cuentas, un instrumento que deberá ser puesto en buen funcionamiento mediante un coito que, como hombres-ejecutores, nos corresponde pulsar. Acaso la visión más plena de la cópula desarrollada por Lezama, sobre todo en sus novelas Paradiso y Oppiano Licario, lo exima de ser abanderado consciente del androcentrismo, pero, como le sucediera antes a José Martí, no queda fuera de la lógica cultural androcéntrica que va a ser eje de la modernidad. Las características ocultas, o naturalizadas, de la dominación masculina se acentúan y se hacen mucho más visibles a la hora de poner en práctica socializadora los usos y transformaciones del habla.

Como vemos en la acepción 14 del Diccionario de la RAE, correspondiente a un uso venezolano, templar es “procesar el jugo de la caña de azúcar hasta convertirlo en papelón [lo que parece errata por panelón] o panela”, o sea, el proceso mediante el cual el guarapo se evapora hasta solidificarse, convertido en un pan que se ajusta al molde de la horma. Manuel Moreno Fraginals, en su monumental obra El Ingenio, nos dice, además, que una templa es la “cantidad de azúcar que produce una recibidora llena de guarapo”.2 Esta recibidora —que él mismo coloca en cursivas— es una paila (o dos, de acuerdo con el tren de procesamiento que se usara en los ingenios cubanos de antigua manufactura) donde el guarapo se evaporaba. De modo que, por más que seduzca la acepción musical del vocablo templar, lo lógico es considerar que la etimología de su acepción popular cubana, como en muchos otros casos, proviene de nuestra antigua producción azucarera, tanto en su acepción de coito como en las de hartazgo o borrachera. Téngase, además, en cuenta que la expresión popular se refiere a una templá —apocopada; resustantivada mediante la verbalización— cuando se trata de un coito de alta intensidad.

Moreno Fraginals no añade a su glosario el término templar, pero la acción de conseguir las templas se designaba de esa forma en el interior del complejo cubano del azúcar, en la praxis diaria del trabajo. La asociación posterior viene, pues, por relación entre el vertido del guarapo en las pailas, que terminan entregando azúcar, y el vertido de la esperma en la vagina, como parte, también, de una aceleración de la temperatura corporal. Hay una sobreimposición de significados que remonta, en su consecución histórica, la extenuación del significante y de su propio significado primario.3

La mujer queda, en el acto mismo y en una asociación biológica de roles, como la recibidora, el recipiente que debe procesar el líquido para conseguir finalmente el producto. No es, en apariencia al menos, una acepción agresiva, que explicite violencia. Parece limitarse al papel pasivo que el advenimiento de la sociedad industrial le irá concediendo a la mujer, de acuerdo con las normas de la condescendencia masculina al uso. Tal vez por ello, y asociado a otros sentidos como el de hartarse de alimentos, o el de enamorarse con vehemencia, el vocablo ha sobrevivido a varias periodizaciones históricas del habla popular cubana en su acepción de coito.

No obstante, templar se usaba en Cuba en la segunda mitad del siglo XIX con el sentido de zurrar, mezclado con una impronta de forzoso timo.4 Nos encontramos, entonces, con la clave del androcentrismo que le permite al vocablo perdurar tiempo después de que la producción azucarera abandonara el sistema que le diera origen. La relación sexual entre el hombre y la mujer, más allá de la procreación, implica un acto dominante que a toda costa debe ser logrado. Posesión, imposición, superioridad activa y viveza social lo van a acompañar. Pichardo anota, además del sentido de tacho para procesar guarapo, el que adquiere como valiente, bragado, en su acepción coloquial.5 Fernando Ortiz, por su parte, agrega en su Nuevo catauro de cubanismos, los sentidos menos generalizados de huir, escapar, y de emborracharse o embriagarse.

De modo que templar no implica solo ajustar el instrumento para que nos complazca con el sonido perfecto, sino, además, zurrar, timar por fuerza, embriagarse, hartarse y, a fin de cuentas, quedar enamorado con vehemencia. Esta vehemencia, por supuesto, no se considera lógica de la conducta humana y, mucho menos, masculina. Es algo de poetas románticos, de proyecciones idealistas del ser y, por consiguiente, elusivas a la hora de sobrecargar de peso social el significado del vocablo.

Lo femenino, supeditado a un rol reproductivo, transitó por los distintos estadios del habla popular, del mismo modo en que transitaba por las interpretaciones sociológicas, desde el positivismo originario de Compte hasta el estructural-funcionalismo de Talcot Parsons, incluidos en el tránsito influyentes pensadores como Durkheim, Tönnies, Spencer o Weber. El habla común, como ningún otro elemento de socialización, puede permitirse conjugar la tradición patriarcal de dominio legítimamente enunciado con las nuevas circunstancias que incorporan a la mujer a las labores productivas, más alienadas aún que los sujetos del sexo masculino.

Así heredamos al sexo, a la relación sexual y sus implicaciones, asociada a la violencia, a la condición instrumental de la mujer. Así se retransmite y se reproduce, obstaculizando el avance de una ideología participativa, en tránsito hacia la equidad y el equilibrio de roles, en relación con el paradigma de la diferencia y la naturalización objetiva de la división social.

Otro ejemplo lo hallamos en el vocablo calimbar, que se ha usado también para significar el coito.

La calimba era un instrumento de hierro con el cual se marcaban los animales y —tenerlo bien en cuenta— se marcaron los esclavos. Así, del mismo modo en que llenar y rellenar las templas se convertía en templar, aplicar la calimba se transformó en calimbar. Pichardo no relaciona este último uso en su diccionario, y es Esteban Rodríguez Herrera quien lo anota en su Léxico mayor de Cuba.6 La Real Cédula que declaraba abolido el uso de la calimba para los esclavos data del siglo XVIII, de 1784, lo cual tal vez explica por qué Pichardo, que escribía en el XIX y se relacionaba con propietarios y hacendados que permitían, al menos esporádica y clandestinamente, su práctica, no lo hiciera notar.

Del complejo azucarero esclavista procede, además, el vocablo fuetazo, que el habla cubana considera también coito, en uso bajo la expresión dar un fuetazo, o dar fuete, que significa tanto fornicar como usar algo indiscriminadamente. Los mayorales usaban el fuete para dirigir y controlar el trabajo, para obligar al esclavo a un mayor rendimiento y productividad. Tanto en calimbar como en dar un fuetazo se hallan presentes los sentidos de castigo corporal violento, cruel, aplicados a esclavos que, en no pocas ocasiones, tenían menos valor que una bestia o un instrumento de trabajo. En ambos, además, la figuración falocéntrica exacerba la violencia de género a través del acto natural de la procreación y del no menos natural acto del placer compartido en la intimidad de una pareja. Sinónimo de fuete es cuero, tanto en su sentido de látigo como en el de coito, a través de la frase dar cuero. O sea, dar latigazos —cuero o fuete— queda equilibrado a aplicarle el coito a una mujer. El sexo, pues, no se comparte, sino que se suministra, se entrega, se da, por parte del hombre, en tanto la mujer se encarga de recibirlo. Cuando esta mujer recibidora tiene costumbres sexuales liberales, sin que sea, por ello, prostituta o libertina, se le llama un cuero, tanto en Cuba como en Ecuador, Dominicana y México.

El habla coloquial que mantiene con vida estos vocablos no suele, sin embargo, emplearlos para referirse al coito con la esposa o con la novia que debe ser futura esposa, sino cuando se alardea de lances eventuales, lo cual reifica aún más la funcionalidad femenina en el contexto social de relaciones comunicativas. Este hecho revela, en una paradoja significacional interna, que el habla, en sus modos de socialización directa, reconoce la distancia discriminatoria entre esos usos violentos de los que se vale y aquellos que se reclaman para las propias relaciones ideales.

El bocabajo era el castigo más cruel que se le infligía al esclavo, sujeto en un cepo, bocabajo, para ser golpeado en la espalda con el látigo. Este vocablo también pasó a significar coito en el habla popular, con la implicación específica de ser de tipo anal. El jan era la vara que se usaba para hoyar la tierra donde se colocaban las semillas de caña. Hasta inicios del siglo XIX fue de madera; entonces se le agregó una punta de hierro que hiciera más contundente y efectivo el golpe. Cuando el instrumento quedó en desuso, se le llamó jan a cualquier vara que se usara para golpear, y janear —el verbo empleado para hacer los hoyos de siembra—, al acto de golpear. Dar jan ha quedado también en el habla popular cubana como sinónimo de coito, a la par que janear sigue siendo golpear. Hacer hoyos en la tierra para depositar la semilla se equilibra a hoyar la vagina para dejar en ella la simiente del macho.

Se le llamaba quimbo a un machete de corte de caña, y quimbazo, según reporta Pichardo, al acto de golpear con él. El habla urbana de nuestros días aún usa el vocablo quimbar para significar el coito. Este significado arrastra el sentido del placer más que el de la procreación, lo cual lo asocia con el uso del machete, que corta ad libitum, según la fuerza de quien lo emplee. Fue el quimbo, además, un arma esencial para los cimarrones.

En el complejo del ingenio cubano, al palo de madera dura, redondo y corto, que se usaba para trozar los panes de azúcar, se le llamaba tolete, del mismo modo en que se le llama al falo aún en nuestros días. Los campesinos lo usaron para defenderse, es decir, para golpear, de manera que, una vez más, su uso en el sexo se asocia a un acto de violencia o a una reacción de defensa contra la invasión del territorio. El lento avance del reconocimiento de lo femenino queda significado como una invasión territorial, como una usurpación de los espacios naturales que lo masculino ha dominado. En las rimas de réplica de expresiones folclóricas vulgares, el tolete, como falo, extiende su poderío al coito anal, con el consiguiente desprecio respecto a la relación homosexual.7

A una mujer reconocida por una intensa capacidad de disfrute sexual se le llama un reverbero. El origen del vocablo se encuentra en el llamado tren francés de producción de azúcar (réverbere), creado en el siglo XVIII. A partir del XIX, se le llamó reverbero a todo sistema de pailas calentadas sobre un mismo fuego. Paila, además, ha designado a la palabra nalga, sobre todo las abultadas de negras y mulatas, lo cual suma el componente racial a la supeditación de lo femenino. O sea, que los elementos del tren de producción de azúcar figuran el tren de producción y reproducción sexual, con su objetualización instrumental y su violencia. Estar hecho un reverbero, nos dice Ortiz, significa “estar enfadado, malgenioso, soberbio”.8 Otros vocablos que la práctica esclavista traspasó al habla relativa al sexo fueron los de tumbar —desmontar la maleza y dejar la tierra lista para la cosecha—, como coito, y tumbadero —la pila de leña que se amontonaba aledaña al ingenio—, como lugar para la práctica sexual y, posteriormente, hacia finales del siglo XIX, prostíbulo. Estos no sobrevivieron, aunque aún hoy se dice tumbarla por conquistarla, con implicación sexual anexa pero no exclusiva.

Conjuntamente con templar, el vocablo pisar ha permanecido como significado de coito durante varios periodos de transformaciones sociológicas cubanas. Además de su significado primario en la lengua, el barro destinado a la purga, en el complejo azucarero cubano del ingenio, era pisado y majado con los pies. Su perspectiva de uso mantiene el paradigma de la diferencia entre el hombre y la mujer para el papel que juegan en el acto sexual: el varón pisa a la hembra.

Ha transcurrido todo el siglo XX, y en su segunda mitad, un proceso revolucionario de radicales avances en el tránsito al reconocimiento pleno de la mujer en la sociedad, y hallamos que el habla popular conserva reminiscencias de la sociedad esclavista, con niveles considerables de patriarcalismo. Vale, entonces, llamar la atención sobre las especificidades sincrónicas, en conjunción con las continuidades y rupturas diacrónicas, acerca del valor de las reproducciones culturales, éticas y morales en el desarrollo de la construcción social. Y, desde luego, respecto a la resistencia demostrada por el paradigma de la diferencia de género y sus implicaciones androcéntricas.

Notas:
1- Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (22a ed.), Versión digital en CD ROM 1.0.
2- Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978; t. III, pp. 152, 157.
3- Para los modos de formación de los vocablos en uso y las perspectivas de periodización de las transformaciones sociológicas cubanas, véanse mis textos “Del habla popular y sus transformaciones” y “El habla en las transformaciones sociológicas cubanas. Perspectivas de periodización”.
4- Argelio Santiesteban: El habla popular cubana de hoy, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982; p. 324.
5- Esteban Pichardo: Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976; p. 573.
6- Esteban Rodríguez Herrera: Léxico mayor de Cuba, Editorial Lex, La Habana, 1958; vol. I, p. 260.
7- “Pásame el culo por el tolete”, reza la siempre vulgar rima de réplica machista.
8- Fernando Ortiz: Nuevo catauro de cubanismos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974; p. 433.