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De la fuerza y la virtud

Alberto Garrandés, 12 de abril de 2011

Dígase lo que se diga, un escritor nunca acaba de saber quién es. Una de las razones que lo mueven o podrían moverlo a escribir, es esa: llegar a saber, llegar a saberse. Y escribir se convierte así, pues, en una de las maneras que un escritor tiene de encontrarse consigo mismo (lo quiera o no, esté al tanto o no) más allá o más acá de esas experiencias vitales que no pertenecen a la escritura en sí misma. Aclaro esto, con esa frase, “en sí misma”, porque las experiencias vitales son, al cabo, escritura, independientemente de nuestra voluntad.

Hay escritores que son conscientes de todo eso y otros que no lo son. Rufo Caballero pertenecía al primer grupo. Su escritura siguió un camino alumbrado, me parece, por un heroísmo íntimo muy grande. Estaba buscándose cada vez más en los otros —es decir, en la obra y los hechos de los otros—, y su frondosidad crítica, llena de poderosas armazones auxiliares, fue decantándose, filtrándose, hasta encontrar una especie de sabiduría señorial que reside en algo recio y, al mismo tiempo, impalpable: la emoción.

Rufo Caballero sabía mucho de la emoción, de sus espejismos, sus realidades, sus contradicciones y sus misterios absolutos. Era, sin temerle al error, capaz de analizar las emociones de un modo que podía producir escalofríos. Al mismo tiempo abrazaba el pensamiento complejo al reconocer que el yo es un depositario de actitudes contrastantes y hasta opuestas, capaces de conformar identidades suplementarias de diversos órdenes, identidades emergentes, provisorias, poseedoras de una funcionalidad estrictamente circunstancial. Este libro, Nadie es perfecto, lo demuestra. Es un libro sobre cine, sobre un conjunto de películas muy polémicas, pero también es un libro sobre la capacidad de la emoción (y, por supuesto, de la subjetividad) para producir conocimiento, incluso en el terreno de la más alta academia.

¿De qué otra manera cabría explicar la necesidad que tuvo Rufo Caballero de escribir exaltadamente, aprobando o devaluando, sobre tantas y tantas películas, vale decir: sobre tantas y tantas historias? Fue un escritor tan perspicaz, y tan devoto de la honestidad y la limpieza del juicio, que pudo transformar la suspicacia en torno a las emociones en un doble fondo lleno de símbolos, señales, cifras. Por ejemplo, sólo un hombre como Rufo Caballero podía escribir Un hombre solo y una calle oscura, donde, con brillantez inusitada, desmonta el cine negro desde la perspectiva de los roles de género. Y sólo quien escribiera ese libro podía, en consecuencia, escribir temblando de pasión y, en la mano, conceptos y teorías de veras muy afilados.

Todavía recuerdo nuestra discusión sobre Diario de un escándalo, con Cate Blanchet y Judi Dench. Le dije que me parecía estupenda y me contestó que era nociva. Me preguntó cómo había podido gustarme semejante cosa. Le dije que allí había una dramaturgia muy bien llevada, y entonces me envió un brillante análisis —incluido en este libro— donde demostraba cómo, de acuerdo con el punto de vista de la película, la conclusión era que practicar la divergencia, aparte de emancipar al mal, produce infelicidad. Y ahí mismo escribió algo que me parece certero: «A diferencia de los negadores odiosos, nosotros no podemos desvincular la cultura de una profunda vocación humanista».

Esta frase, que entresaco de mis correos electrónicos, podría presidir perfectamente los acercamientos de Rufo Caballero al cine en los últimos años, o más bien a todo el cine que vio y sobre el cual reflexionó. Y, por su origen, es una especie de manifiesto de compromiso con las libertades del hombre. Ese compromiso es el que lo invitaba, sin vacilaciones, a preferir, del cine de Michael Haneke, Caché y no La profesora de piano. Y en ese punto diferíamos.

Pero a menudo estábamos de acuerdo y entonces podíamos pasarnos dos horas en el teléfono, como cuando conversamos sobre Cinco veces dos, de François Ozon. Creo que ha sido la única oportunidad en que tuve el privilegio de escribir sobre una película a la que él ya le había dedicado un breve ensayo. Yo, que casi no escribo sobre cine, pero que veo películas casi todos los días, sentí que compartía con él un sentimiento elevado, tras lo cual conseguí dos obras más de Ozon —El tiempo que queda y La piscina— y me transformé en una especie de seguidor incondicional de la obra de ese director.

Algunos de ustedes saben que Rufo Caballero y yo alcanzamos a cultivar un intercambio que nos permitía, por ejemplo, retomar un diálogo empezado tres o cuatro meses atrás como si hubiésemos dejado de vernos el día anterior. Por eso debo decir no que he perdido su amistad (ya que todavía puedo escucharlo en ciertas conversaciones de alta tensión que sostuvimos), sino que he perdido tan sólo la continuidad de un “alteragonismo” renacentista, capaz de explorar la vida y el arte sin miedo ni rencores ni prejuicios.

Supongo que la circunstancia de la muerte es algo que me toca. Mis tres amigos-interlocutores, que lo han sido de modos muy diversos a lo largo de mi vida, son personas que ya no viven.

Un día —y no me privaré de contar esto—, después de ver en su casa La mala educación, de Almodóvar, nos quedamos en silencio, admirados. Coincidíamos en que se trataba de una gran obra. De pronto él reparó en el final y, creo que para desdramatizar un poco el ambiente, me propuso un juego: decir, tomando en cuenta el referente de la película, qué finales habrían filmado, y de qué modo, otros directores. Y así vi a un Rufo Caballero que se deslizaba, con entusiasmo, por el cauce de una sapiencia sin almidón, llena de humor y toques de cubanía, cuando imaginó, conmigo, ese final de La mala educación contado por Bergman, por Pasolini, por Tarkovski, por Chabrol y por Visconti.

El tipo de trama moral que Rufo Caballero disfrutaba, por su enorme complejidad, se observa bien en The reader, de Stephen Daldry, y en Deseo, peligro (yo prefiero otro título: Lujuria, cuidado), de Ang Lee. Sobre ambas películas escribió con una especie de inteligencia rabiosa, y los textos están también aquí, en Nadie es perfecto. Lo fascinaba la sinceridad, pero sobre todo la sinceridad con que un ser humano —cualquier ser humano— llega a abandonarse al sentimiento, a la agonía de sentir, a la integridad y la decencia de la imperfección, al saneamiento gozoso del dolor.

Cultivaba un tipo de ensayo cuya frondosidad le permitió acceder a cierto grado de clarificación comunicativa que se hizo más esencial con los años. En algún momento de noviembre de 2010, mientras fantaseábamos por teléfono sobre Congreso bajo la pregunta “¿Qué hacer con las semióticas?”, me dijo que él iba hacia lo más claro, hacia una nitidez expresiva, y con eso tal vez aludía, como de pasada, a la luz, a una suerte de luz, la luz que ya iba seguramente aguardándolo. Había revisado un montón de textos escritos hacía 10, 15 y hasta 20 años, y casi no los había tocado salvo para esclarecerlos. Yo, en broma, le dije que no por llegar a esa levedad él dejaría de ser un peso completo en la literatura cubana de hoy. Se rió bastante y me atreví a agregar que un Rufo Caballero ya era una demasía, pero que dos sería un imposible.

Él ya estaba preparándose para hacer cine, su cine —no tenía otra manera mejor de radicalizar sus juicios—, y, para hablar o seguir hablando de ciertas películas, dio un salto extraordinario al preferir la ficción (los relatos de Seduciendo a un extraño) y no la prosa maleable y encrespada del ensayo. Uno puede decir que tuvo la suerte y la valentía de escribir y vivir al límite, a su propio aire, de practicar un orgullo y un decoro riesgosos y de hacerse un camino que continúa siendo absolutamente singular: el de la búsqueda, en la vida, de las verdades que importan de veras al arte.