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Alberto Marrero: abolir los límites y el tiempo

Marilyn Bobes, 13 de abril de 2011

Durante la pasada Feria del Libro, Ediciones Unión presentó el poemario El límite del tiempo abolido, con el que su autor, Alberto Marrero, obtuviera el Premio de Poesía Julián del Casal en el Concurso UNEAC 2010.
     
A pesar de contar con una significativa obra publicada, Marrero no es de los autores más promovidos ni comentados cuando hablamos de la actual poesía cubana. Sin embargo, su producción, que cada día adquiere mayores niveles de calidad, alcanza con este libro un lugar significativo entre lo publicado en la Isla, al menos en los últimos diez años.
    
Poeta prolífico, a quien interesan, sobre todo, las esencias del acto creativo y de las conductas humanas, este autor no se adscribe a ninguna corriente de moda; pone su vasta cultura al servicio de un objetivo comunicacional y escapa de fáciles respuestas para proponernos una meditación de distinguible humanismo.
   
El eclecticismo de los recursos de que se vale, convierte a su escritura en una decantada síntesis que ha sabido construir desde la intuición una voz muy personal,  que apela tanto a elementos del conversacionalismo como del simbolismo o las vanguardias, todos debidamente asimilados y trasmutados en una suerte de amalgama que da como resultado un estilo. El estilo de las cosas que no tienen un estilo, como dijera Alejo Carpentier ante la caracterización de la arquitectura habanera.
    
Sobresale en este cuaderno la libertad con que el poeta transita del poema en prosa a la versificación; construye un libro cargado, por momentos, de metáforas un tanto rebuscadas, pero siempre sorprendentes, quizás elaboradas puestas para contener el “yo” y centrarlo bajo una significación más abarcadora, de manera que el lector pueda identificarse con ellas a través de un simbolismo en el que me parece descubrir los ecos de lo mejor de la poesía contemporánea universal, particularmente la francesa, heredera de Rimbaud  y Mallarmé.
    
La tradición nacional está presente también, pero en  simbiosis, aboliendo todos los límites, en su proceso de asimiliación de los contextos temporales, como «el nadador que juega con el pez del antiguo poema hasta que éste salta al firmamento y es una estrella más».
      
Dividido en cuatro secciones que abarcan desde los recuerdos de infancia hasta el tránsito del autor por los más disímiles rincones de la memoria, la geografía y la literatura, confieso que prefiero al poeta que se expresa a través de esa abundante  prosa, donde lo reflexivo se torna medular y la expresión alcanza su más alto poder de comunión entre lo que se dice y la forma.
        
Así sucede en los textos agrupados dentro de “La caída infnita”, casi perfectos en su diálogo con la literatura universal y los hombres y mujeres que la hicieron, interpretaciones libres en las que prima una suerte de “intertextualidad vivencial”. Ellos son el testimonio de una lectura activa y provechosa antes que una pedantería culterana no poco frecuente en textos de otros autores que he podido leer, también deudores de este socorrido recurso de la intertextualidad. En ocasiones, quienes aludo sin personalizar, parecen buscar con sus citas un efecto “epatante” antes que una real  instrumentalización de la cultura en función  de inquietudes auténticas.
   
Marrero posee el mérito de involucrarse emocionalmente con la literatura y es por ello que los poetas y narradores que le sirven de sujetos son revividos y recreados por intermedio de la subjetividad.
    
Quizás pudiera reprochársele ese desborde lírico que le impidió prescindir de algunos textos superfluos que provocan algunos altibajos en un libro que pudo ser  más breve y ganar en intensidad. No todo lo que se escribe hay que introducirlo en la versión definitiva. A veces, la renuncia resulta ser la clave, aun cuando en este poemario todos los textos alcanzan, al menos el decoro necesario para someterlos al juicio del lector.
    
Pero esa labor de “criba” es algo que debió corresponder, sobre todo, al editor. El poeta está demasiado cerca de su mundo afectivo para actuar como censor de su sobreabundancia.
      
No quiero decir con ello que haya en El límite… malos poemas, sino que hay tantos excelentes que aquellos solamente “buenos” parecen deslucidos en un conjunto caracterizado por su equilibrio y autenticidad.
     
Los que asistimos a la lectura que recientemente ofreció Marrero en el espacio Libro a la Carta, conducido por Fernando Rodríguez Sosa, pudimos valorar un nuevo proyecto poético de este autor que, a mi juicio, constituye un salto cualitativo con respecto al que comento hoy.
    
Si no existiera ese libro ya concluido y por ahora ojalá definitivamente titulado Las tentativas, bastaría el Premio UNEAC para considerar a este poeta como uno de los más sobresalientes en el laberíntico panorama de este género en nuestra Isla ahora mismo. Pero la futura entrega, así lo auguro, será la demostración de que los verdaderos escritores no se duermen en los laureles. Porque parafraseando a Silvio Rodríguez, ese Bardo Mayor, en el medio del camino puede haber sillas, pero el Poeta, el poeta verdadero, nunca se sienta a descansar.