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Carta por el oficio de estampero

Laidi Fernández de Juan, 19 de abril de 2011

Debe ser inusual que un antologador (en este caso, antologadora) recomiende la lectura de la recopilación que ha hecho. Sin embargo, escondo el pudor al tratarse de los trabajos de un escritor cubano surgido nada más y nada menos que de la profesión de comentarista deportivo, prácticamente olvidado y por tanto, desconocido entre los jóvenes.

Hablo del libro Estampas (1941-1958) de Eladio Secades, que Ediciones Unión publicó por primera vez en el año 2004, y afortunadamente de nuevo en el 2010. En ellas, aparecen las sesenta y tres estampas que consideré más representativas no solo del estilo secadiano, sino de la época, asi como los cinco cuentos salidos de la osadía narrativa de su autor. En las publicaciones ¡Alerta! y Bohemia, y entre los años 1941 y 1958 vieron la luz los más de ciento treinta artículos originales que hicieron de Eladio Secades el costumbrista más popular de su momento, y  el mayor estampero de su tiempo. Precedidas por un conjunto de reflexiones que intentó acercarse al ambiente de La Habana, Estampas de San Cristóbal, del año 1926, escrito por Jorge Mañach e ilustrado por Rafael Blanco, las de Secades tuvieron el impacto de ser reconocidas de inmediato como crónicas cotidianas, y ello explica el inmenso éxito que tuvieron. Las de Mañach reflejaban con mayor ahínco el entorno arquitectónico de la ciudad: las columnas, los parques, las calles, las arboledas, mientras que Secades se empeñó en dejar constancia de nuestra manera de comportarnos; las pasiones, nuestras  herencias española, africana y china,  nuestro desmedido afán por expresar lo que sentimos, aunque lo hiciera (más bien porque lo hizo) a través de la burla, del choteo, del descarnado desnudo que mostraba a los habitantes de la ciudad tal y como éramos y no como quisiéramos que nos vieran los demás.

De entre las estampas que pertenecen al primer tomo, del año 1941, sobresalen «La tristeza cubana», «Nochebuena cubana», «El nuevo rico» y «El periodista». En ellas, se retrata al cubano y a la cubana de la época, con todas las tribulaciones, angustias y también las alegrías de entonces. Dos años más tarde se recopilaron, en un nuevo volumen, cincuenta estampas y cinco cuentos de Secades. Estos dos primeros libros recogen los trabajos aparecidos en ¡Alerta!, mientras que el tercer y último tomo con cuarenta y una estampas del año 1958, corresponde a las publicaciones de Bohemia.

A pesar del indiscutible tono humorístico que caracteriza la prosa de Secades, aflora un trasfondo trágico cuando habla de la circunstancia histórica: “….con Martí, los cubanos estamos cometiendo el pequeñísimo error de recordarlo en lugar de imitarlo…” [Los caretudos, 1943], asi como al referirse a las penurias económicas del obrero (El diario de un empleado cubano, 1958).

El choteo es  el recurso al cual más acude Secades en sus estampas, y entre esta burla y su raigal cubanía, logró la rápida identificación con la población habanera del momento, aunque debido a la amplia circulación de las publicaciones donde aparecían sus trabajos, cabe suponer que su popularidad no estuviera limitada al marco geográfico de la capital del país. 

Comentario aparte merecen sus reflexiones acerca de la vida norteamericana, y de la postura adoptada por ciertos cubanos y cubanas al visitar ese cercano país. Es evidente que Secades estuvo en reiteradas ocasiones en el llamado “Norte”, y que se detuvo a observar no solo las costumbres (desde el tránsito y los rascacielos  hasta el hábito culinario) sino el modo en que reaccionaban algunos paisanos y paisanas cuando regresaban a la isla. En estas estampas («La cubana que estuvo en el norte», «El criollo en Miami», «Las cafeterías», «El nuevo rico») despliega quizás lo mejor de su comicidad literaria y lo más agudo de su talento costumbrista. Nunca podremos agradecerle a este autor tan peculiar el legado de humor que nos dejó.

Tengo entendido que en este 2011 cumple ochenta años un escritor cubano a quien también debemos el inmenso favor de habernos retratado con intensidad y gracia: Héctor Zumbado. Heredero de Eladio Secades, Zumbado continuó la línea efectiva y choteadora que a su vez abordó, desafortunadamente durante muy breve tiempo, ese otro grande que integra junto a Núñez Rodríguez el cuarteto de nuestros maestros del costumbrismo: Marcos Behemaras. 

Dejo por ahora el elogio de Zumbado a su gran amigo, promotor y fiel compañero de tantos años y avatares, el magnífico actor Osvaldo Doimeadios, quien seguramente lo hará mejor que yo, aunque no quiero dejar de señalar que este autor combina en su estilo lo mejor de Mañach como humorista al crear singulares personajes :Audacio, Consultoso, por citar solo dos ejemplos, y lo más atrevido de Secades: el reflejo sin ambages de nuestra conducta.

Por el momento, insto a la lectura de las Estampas de Secades, y felicito, siempre deudora, a nuestro inolvidable Zumbado, a quien urge ya  que sean recopiladas todas sus “riflexiones” porque quién lo duda, son las mejores estampas cubanas de los años setenta y ochenta del pasado siglo. Ya que no existe continuidad en esta tradición interrumpida en la era post-Zumbado, rindamos el homenaje que merecen estos grandes maestros. Mucho les debemos, mucho aprendimos de ellos, y mucho seguimos necesitándolos.  

Laidi Fernández de Juan, Abril, 2011.