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Rafael de Águila.: el difícil arte de saber narrar

Marilyn Bobes, 22 de abril de 2011

A pesar del buen estado de salud de la narrativa cubana actual, encontrar un libro de cuentos que posea gran brillantez y una perfecta armonización de forma y contenido, no es un hecho tan frecuente. A veces obras interesantes carecen del oficio y el “fijador” que convierten a un narrador en algo más que un buen hacedor de historias.
    
Acabo de leer el volumen de cuentos que obtuviera el Premio Alejo Carpentier, convocado por el Instituto Cubano del Libro, correspondiente a 2010. Se trata de Del otro lado, de Rafael de Águila, y no puedo más que admirar la fuerza y el rigor de una escritura, donde se advierte ya el estilo depurado de alguien a quien auguro un lugar de excepción en nuestro canon de los dos mil.
     
Sin apartarse de la corriente realista, de Águila ha conseguido renovar ese estilo directo que, en su caso, se vuelve extrañamiento y enajenación, a partir de un tratamiento originalísimo de los personajes y una recurrencia temática, paradójicamente expresada en una gran variedad de argumentos y asuntos.
     
Sus cuentos poseen esa cualidad que somete al lector a una lectura activa y lo conduce a un reordenamiento de sus puntos de vista con la fuerza emotiva de cierta corriente subterránea que aleja a sus historias, tanto del sentimentalismo como de la catarsis sociológica.
     
Tomando como leit motiv la vida cubana, Rafael de Águila consigue, sin embargo, esa difícil universalidad que abarca siempre grandes temas: la muerte, la soledad, la vejez, el sin sentido de la existencia en un universo regido por normas absurdas, cuyo cumplimiento automático nos hace obedecer, sin preguntarnos hasta qué punto es el hombre, como género humano, el causante de las desdichas que asolan a nuestro mundo.
    
Dividido en cuatro secciones que hacen corresponder ciertas formas musicales con los recursos escriturales de las narraciones contenidas en ellos, Del otro lado reúne cuentos antológicos, entre los que me gustaría señalar “Un perro y Mozart” de Allegro (Ma non troppo), “Hit and run” de Andante Cantabile, “Carpe Diem” de Minuetto da Capo y la extraordinaria coda de “Inicio de viaje”, todos marcados por la angustia y por la búsqueda de respuestas de un autor a quien duele la vida y trata de indagar en las razones de sus criaturas diseñadas.
      
Ciertas coincidencias con la narrativa de un Raymond Carver, no hacen deRafael de Águila un representante del realismo sucio. El lenguaje es directo, pero si se advierte el minimalismo, hay en este una clara conciencia de que la descripción de los mundos interiores debe ser asumida de un modo filosófico. Y hay mucho desconcierto en su escritura, pero nunca nihilismo gratuito. El humanismo se impone por encima de cualquier coqueteo con Nietzsche o con Heidegguer y el existencialismo de Cellini.
        
Este es un libro que merece la pena atender, continuador de una tradición y a la vez innovador sin estridencias, sobre todo profundo, culto y sin esas pretensiones que no sean las de expresar exactamente las inquietudes de su autor y las de comunicarnos algún mensaje, que está mucho más allá de las palabras.
    
Recomiendo a los lectores esta pequeña joya y exhorto a su autor a proseguir con su vocación, que puede llevarlo tan lejos como tal vez no podamos todavía advertir sus contemporáneos.