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Fina García Marruz: el silencio y la apasionada serenidad

Marilyn Bobes, 11 de mayo de 2011

El reciente otorgamiento del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011, así como el Iberoamericano Pablo Neruda en 2007 a la poetisa cubana Fina García Marruz, no son más que el reconocimiento, más allá de nuestras fronteras, de algo que ya muchos en la Isla sabemos: su obra poética es, desde hace mucho, una de las más grandes y personales en el contexto lírico de la lengua española.
  
Representante femenina del renovador grupo Orígenes, que trajo a la tradición cubana una nueva manera de entender lo cubano, García Marruz ha sido menos visualizada internacionalmente que otros autores de este movimiento como José Lezama Lima, Eliseo Diego o Cintio Vitier.
  
La admirable modestia y la asunción del acto creativo más como necesidad salvadora e íntima que como afán de protagonismo o encumbramiento, han hecho de Fina esa poetisa del silencio a la que hoy muchos críticos se refieren y a la que yo prefiero identificar como la reveladora de ese «instante raro de la emoción noble o graciosa» al que se refirió José Martí y que figura como exergo en uno de sus primeros libros: Las Miradas Perdidas, publicado en 1951 en pequeña tirada por Úcar y García.
  
Claro que “lo gracioso” lo interpreto como el “estado de gracia” al que muchos poetas solemos todavía llamar “inspiración” y que en el caso de García Marruz llega con la fuerte delicadeza y la apasionada serenidad que constituyen las características antinómicas y distintivas de su poética singular.
   
Fue en la década de los 70 cuando conocí la poesía de Fina. Todavía recuerdo el voluminoso ejemplar de sus Visitaciones, publicado por Ediciones Unión y el impacto que me produjo el poema “En la desaparición de Camilo Cienfuegos”: aquel símil inusitado en que se relaciona el efecto de la personalidad del héroe con el jonrón que levanta a la multitud en las gradas durante el juego de pelota.
   
Me pareció raro que una mujer acudiera a una afición deportiva considerada como “masculina” para encontrar una manera de expresar la popularidad de Camilo. Pero en aquel momento fue solo una ráfaga intuitiva, un atisbo de lo que años más tarde interpreto como el recurso comunicativo de alguien que ha sido capaz de incorporar tanto la visión femenina como la complementaria de un hombre para producir un resultado saludablemente andrógino por la plenitud de sus contenidos y sus formas.
  
A principios de los 90, sus Créditos de Charlot, aparecido en la editorial matancera Vigía, me produjeron un nuevo estremecimiento. La sutileza con que García Marruz abordaba una nostalgia, se solidifica con la agudeza y el poder de observación, la captura de las esencias de los fenómenos y los seres.
  
Sobre el cine mudo, daba una inolvidable definición: «no es que le falte el sonido, es que tiene el silencio» mientras en otro texto comparaba una vieja melodía de Chaplin con las razones de un hombre tímido que salen, de repente, atropelladas por la vorágine de la música.
 
He aquí otro de los leit motiv de su obra: la música. Ella misma confesó en una entrevista a Rosa Miriam Elizalde que después de la luz, lo que más ama sobre la tierra, es esta manifestación artística con la que convive desde su infancia.
  
Fina García Marruz posee la capacidad de «ver más al fondo» y de «imantar el punto frágil» que identifica toda buena poesía.
   
Ha dado igualmente una muy peculiar diferenciación entre las poetisas y las mujeres poetas. Para ella las segundas son las que, como Gabriela Mistral, revolucionan el lenguaje. La poetisa, por el contrario —dice la escritora— deja el idioma tal como estaba. En este sentido, ella se siente parte de este último grupo.
  
Ese respeto por el idioma, se manifiesta en su obra como precisión y poder comunicativo. Sus textos líricos apelan siempre a un misterio de lo racional, confundidos con los destellos de una fuerza interior imposible de ser soslayada.
   
También ha declarado que «ante un premio, cualquiera que sea, uno piensa siempre en escritores que lo merecieron y no lo recibieron». Pero el galardón con que se reconoce a esta gran poetisa cubana debe servir para multiplicar en el mundo a sus lectores que se beneficiarán con el acercamiento a una de las grandes autoras de nuestra contemporaneidad; aun cuando ella siga cultivando ese espíritu humilde que le hizo recordar a Elizalde en la entrevista ya citada: «Martí, el hombre más puro de nuestra raza —como lo llamó Gabriela— no tuvo sobre su pecho más que una medallita escolar que recibió a sus nueve años».
 
La devota martiana que ha sido Fina la hará, seguramente, recibir este Reina Sofía con el pudor que la ha caracterizado siempre.
  
Si bien ella no necesita de ningún premio para una trascendencia inevitable, la alegría de los cubanos es inmensa y la de sus lectores, una razón para revisitar sus textos, que siempre nos reservan nuevas iluminaciones, enseñanzas intemporales y eternas.