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Los duelistas

Alberto Garrandés, 20 de mayo de 2011

El carácter artificiosamente subversivo de lo que suele llamarse puesta en abismo, un procedimiento que se encuentra en la base de la escritura de La lengua impregnada, se reforzaría aún más, de modo paradójico, si el autor añadiera verosimilitud —y, en consecuencia, carnalidad— a ese acto de sedición que apenas puede explicarse sin que dañemos la lógica y lesionemos el orden o la simetría del pensamiento. Sin embargo, a pesar de esa riesgosa contingencia, el autor ha querido añadir justo eso: carnalidad, pues no le queda otro camino que ese: el artificio de su construcción. Esta insistencia encierra tal vez un enigma, o un problema insoluble. De cualquier forma, en el fondo pervive un inconveniente: el lenguaje quiere, sin poder hacerlo, apresar lo real, revelarlo, expresarlo en el límite.

Esas son las razones por las que, una mañana de junio, más allá de la frontera natural que significa emulsionar a un personaje desde la vida —o transmutarlo en vida desde las tretas del lenguaje—, Emilia González despertó con la idea de entrevistar formalmente a Alberto Garrandés. Ya no le bastaban ni el minucioso asedio callejero, ni las preguntas intempestivas, ni la soberanía de mezclar realidad y ficción con la naturalidad —he ahí el secreto de la chica: la franqueza de su libertad interior— del café que se añade a la leche, o de la leche que se añade al café. Los detalles de los preparativos, aunque ausentes de La lengua impregnada, ¿para qué enumerarlos aquí? Baste saber que un buen día se apareció, previo acuerdo de ambos, en casa de Garrandés. Llevaba una libreta amarilla, un MP4 con una pegatina que reproducía el rostro de uno de los emoticones de South Park, y unos simpáticos espejuelos de leer que la dotaban de un aspecto encantadoramente doctoral.

A continuación, el resultado final de esa visita.


"Una carta de navegación"
(Diálogo con Alberto Garrandés)

Alberto Garrandés pasa la mitad del tiempo en la zona más alta de su casa, donde hay una habitación verde —paredes pintadas de verde claro y losas de PVC con un diseño a rayas amarillas sobre un fondo verde oscuro— en la que trabaja por las mañanas y por las noches. Allí tiene el teléfono, los libros, la computadora, su irrenunciable sillón y sus películas. En verano enciende el aire acondicionado y atenúa las luces. En invierno, como ahora, entreabre la puerta y deja que el rumor de afuera penetre y se confunda con el ruido de las teclas o con la música. Hay varias reproducciones de cuadros famosos —láminas simples—  pegadas a las paredes, algunas fotografías, una concha marina, dos sillas plegables, tazas de diversas formas y colores —Garrandés bebe cantidades enormes de café— y un dibujo a tinta de un trompetista. Detrás del dibujo, regalo de Bobby Carcassés, su autor, hay una pluma de pavorreal. Esta entrevista, que originalmente fue un diálogo grabado, ha sido revisada por Garrandés a partir de una transcripción. Al final —porque me dijo que debíamos ponernos bien circunspectos para jugar en serio— se añadieron preguntas y respuestas suplementarias. (E. G.)  

Emilia González: La preocupación por el sexo, por la cultura del sexo y, en particular, la literatura erótica, ¿comenzó temprano en usted, o es algo que surgió con la sistematización de sus estudios?

Alberto Garrandés: Muy temprano escuché hablar de sexo por primera vez. Tendría 11 años y había una chica, en la escuela primaria donde yo estudiaba, que era un poco mayor, en torno a los 13 o 14 años, y comentó que su hermana se había casado y «aquello» se le había inflamado. Enseguida averigüé. Supe qué significaba que «aquello» se hubiera inflamado. Y comprendí que había un mundo misterioso, violento y muy atrayente delante de mí, donde aparecían palabras como desfloración, orgasmo, penetración. Entendí lo que era «venirse —ya me había masturbado casi accidentalmente (un episodio muy cómico) y mi miedo se disolvió rápido— y aprendí un vocabulario que entonces y ahora forma parte del repertorio varonil. La chica en cuestión se sentaba delante de mí y fue mi primera «novia». En realidad la amaba como se puede amar a esa edad. Sólo que, al oír aquellos comentarios, ese amor, lleno de inocencia, ya no fue tan inocente. De hecho me recuerdo a mí mismo muy excitado por la posibilidad de besarla —en realidad me dejó besarla dos o tres veces, besos de «piquito», ya sabes— y por el acto «simple» de tocar sus manos. Eso lo recuerdo bien. Ahora es candoroso, pero antes para mí resultaba extraordinario. No sólo esas cosas, sino la aventura misma de pasar frente a su casa en una carriola desvencijada, tan sólo para ver si podía encontrármela en el portal.

¿Y alguna vez se la encontró?

¡Ya lo creo! Pero yo era tan ingenuo que nunca me vestí adecuadamente para esos encuentros. Siempre andaba como un mataperro, como solía decir mi madre. Sin camisa, descalzo y con un pantalón medio roto. Y así es difícil enamorar a una chica.

Hay un tópico inevitable: el momento en que usted se da cuenta de que hay una relación muy intensa entre lo erótico, el sexo y la cultura...

Sobre eso hay mucho, supongo. Mi vida erótica consciente empieza a esa edad, 10 u 11 años. Tal vez antes. Entre los muchachos suele haber, en algún momento, mucha curiosidad compartida, y ahora que lo digo viene a mi mente un compañero de aula que por aquellos días, año 1969 o 1970, estaba a punto de irse con sus padres a Puerto Rico. Era muy desenfadado, muy femenino y parecía una loquita. No se estaba quieto un instante. Y tenía la costumbre de enseñar sus genitales por debajo de la mesa. Poco después empecé a leer en serio, ya estaba a punto de becarme y tuve acceso a lo de siempre: fotos y revistas pornográficas. Pero mi primera lectura erótica es bastante singular. Yo estaba en sexto grado. Me refiero a Tom Sawyer, de Mark Twain, el episodio en que Tom, en la escuela, asume el castigo de Becky, y ella empieza a admirarlo. No me acuerdo si la escena del beso se encuentra antes o después. Pero sí recuerdo que yo leí en voz alta, un par de veces, esa escena. Lo hice en el aula, delante de aquella chica de 13 o 14 años cuyas manos me parecían las más bellas del mundo.

¿Y en la adolescencia?

Hubo cosas, sí. Un compañero de estudios que después iba a dedicarse al arte, tenía siempre a mano libros con reproducciones. En esos libros había muchos desnudos de carácter mitológico, grabados, daguerrotipos, etc. Él me los prestaba a pesar de su mal carácter, que se debía al rechazo de que era objeto. Era un chico bastante queer, por así decir. Yo lo trataba con normalidad y él apreciaba mucho eso. Aquellos libros iban y venían a escondidas, como él mismo, que se presentaba en las duchas cuando ya no había nadie y se desnudaba con las luces apagadas. Había crueldad en todo aquello porque siempre he creído que más bien lo envidiaban. Era un joven dotado en todo sentido. Creo que su madre trabajaba como profesora de Historia del arte en la Universidad de La Habana. En mi adolescencia también hay un hecho que nunca he contado a nadie. Cierta vez, en octavo grado, me ingresaron en un hospital de campaña perteneciente a la beca donde hacía mis estudios de secundaria y luego de preuniversitario. Había una especie de gripe generalizada. Viví tres días en una casona tipo chalet convertida en hospital, y por lo general había dos enfermeras de guardia. Se turnaban. Yo tendría 13 o 14 años. Tenía algo de fiebre, no mucha, y debía tomar algún medicamento de madrugada. La enfermera tendría unos 20 o 25 años. Jamás se me olvida la delicadeza y el cierto temor con que me masturbó. Al final hubo algo de felación, pero sólo al final. Lo recuerdo muy bien porque fue el momento en que empecé a leer a Kafka y Thomas Mann en las ediciones de la colección Biblioteca del Pueblo. De hecho tenía esos libros conmigo, junto a mi litera.

¿Y la literatura erótica como tal?

La literatura erótica llega después, en forma de fragmentos y de reminiscencias. A cierta edad uno no entra de lleno en la literatura erótica, ni siquiera en la literatura a secas. Uno, entonces, no sabe qué es la literatura. Hay historias, personajes, ambientes, metáforas. Incluso están los libros de anatomía, que funcionan, a cierta edad, como libros erotizantes si tienen buenas láminas. Vi algunos números de Playboy que me deslumbraron, y fotografías viejas que circulaban en la beca. En Cuba hubo una rudimentaria industria de imágenes obscenas. Por alguna parte conservo algunas. Me refiero a fotografías de los años 40 y 50, por lo general realizadas en prostíbulos o zonas de tolerancia, casi siempre sitios muy humildes. Eran y siguen siendo trabajos muy valiosos para comprender una parte del imaginario sexual de una época.

Pero eran fotos pornográficas. O eróticas, como esas que usted tiene aquí.

Sí, pornográficas. Como decir fotogramas de esas películas pornográficas que se hicieron durante los años 20 y 30 para ser exhibidas en los salones de espera de los prostíbulos. Visionados privados, para caballeros, o para caballeros que se hacían acompañar por prostitutas. El audiovisual pornográfico llamado vintage es muy interesante. Tengo algunos, hechos en París y Valencia. Cuando los ves comprendes el tipo de evolución, un tanto degradada estéticamente, que ha experimentado la industria pornográfica en nuestros días. Bueno, pero es que hay varias degradaciones, ¿no?... de los años 70 a la actualidad hay cambios ostensibles. No es lo mismo la pornografía de Deep throat que la de la firma Vivid videos, para no entrar en el universo del sexo explícito en el cine, que es muy controvertido.

Le propongo mantener en mente ese tema. Porque se comenta que usted dijo una vez que le gustaría hacer películas pornográficas... Ahora bien, ¿en su adolescencia leyó literatura erótica? ¿En esos números de Playboy leyó algo así, o hubo algún libro en especial?

A ver... no entremos en la mistificación. Ya le diré sobre eso. Playboy sí, a veces. Algún relato picante. Historias muy cortas, como las que aparecen en algunas páginas de internet que publican literatura pornográfica. Aunque Playboy puede publicar una entrevista a George Steiner sobre el cuerpo clásico. Fotos, por supuesto. Y pequeños libros. Folletos más bien. Lo que se llama literatura de cordel. En la beca había un muchacho mayor que yo (yo andaría por los 14 o 15 años y él estaba a punto de terminar el preuniversitario) que traía, al regresar del pase, unos libritos desencuadernados y muy manoseados. Del mismo formato que tienen las novelas rosa y las aventuras western. Impresos de manera muy artesanal. Eran historias cubanas de sexo, pura pornografía. Digo que eran cubanas por el lenguaje. Y eran bien obscenas. De esos libritos aprendí varias cosas. Lo primero que aprendí fue a discernir, con mucha intuición, entre pornografía y erotismo, aunque me temo que en el fondo esas diferenciaciones son inútiles... a no ser que exista alguna complicación con la obscenidad. Erótico es el beso que Becky le da a Tom Sawyer y la gestualidad de Servando Cabrera Moreno. Unos pasos más allá todo se volvía confuso, pura bruma, porque la exigencia de la representación lingüística ponía sobre el tapete el asunto del lenguaje, de las palabras. Hablo de Cabrera Moreno porque dejó un mural sobre milicianos en la beca —yo estudié en la Escuela Vocacional V. I. Lenin, esa es la beca a que hago alusión— y un día se apareció por allí con reproducciones y mostró algunas cosas muy interesantes.

¿Cabrera Moreno visitó la Lenin?

Sí, lo recuerdo visitando la escuela con otros artistas. Algunos escritores pasaron por allí. Y actores y músicos. Mariano Rodríguez también dejó un mural, hecho con losas. Uno de sus gallos. Pero Cabrera Moreno no mostró aquella zona homoerótica de su trabajo, que sí se caracterizaba por articular lo lírico con el detallismo clínico del intercambio sexual. Al parecer siempre lo obligaron a ocultarla, aunque sus milicianos son algo grecolatinos, por decirlo de esa manera.

Sí, esa zona de su obra estaba oculta.

Sus amigos la conocían bien, por suerte, y tengo entendido que después se hicieron algunas exposiciones. El actor César Évora tiene, hasta donde conozco, una colección apreciable. Recuerdo un cuadro enorme lleno de falos que parecían flores.
 
En cuanto a los libros, ¿no hubo al principio algunos libros en especial, es decir, libros que tuvieran ese componente erótico o sexual?

Al principio, no mucho. Todo eso se manifestó en fragmentos de libros «serios». Yo leí La montaña mágica a los 16 años, muy jactanciosamente, y no entendí nada, como podrá suponerse. Jamás he sido un genio ni nada parecido. Pero sí recuerdo que me impresionó mucho la declaración de amor de Hans a Clawdia. Por esa época conocí el Cantar de los Cantares, la versión de Fray Luis de León, y algunas obras de Lorca que me dieron la medida de cierto erotismo. Y como visitaba un buen taller de artes plásticas con regularidad, vi reproducciones de muchas obras importantes de la pintura occidental. Una buena porción de lo mejor de esa pintura es erótica, sin duda. Rubens, por ejemplo, es erótico pero de un erotismo risueño. Picasso, ni hablar. Muy erótico, muy sexualizado. Puro desenfado. Tiziano, Boticelli, la pintura impresionista, Courbet, Balthus, y muchos más. Se supone que el conocimiento es «desordenado», para que pueda ser verosímil y fructífero. Y claro que lo es. Tardíamente vine a conocer la «pornografía» clásica a partir de los dibujos de la cerámica griega. Y en la universidad se adicionó otro conjunto de referencias de ese tipo. En un bazar de la isla de Santorini compré un juego de naipes con dibujos pornográficos salidos de la cerámica griega clásica. Un bonito souvenir para quienes visitan la cuna de la sexualidad occidental. Los griegos, los chinos y los hindúes lo sabían todo sobre eso.
  
¿En la universidad pudo sistematizar algo de ese interés, de esas referencias?

No hay que confundir las cosas. En mí no había ningún interés en sistematizar nada, simplemente ocurre que yo tenía un pensamiento muy activo en cuanto a la literatura y los libros, porque quería convertirme en un escritor —ya escribía cuentos y poemas—, y era natural, a esa edad, que yo metabolizara con rapidez lo referido al sexo. Pero tampoco se trataba de un interés desmesurado. Me interesaba muchísimo, pero dentro de lo normal. Tenía una vida sexual bien movida, pero a esa edad es natural, ¿no? Lo que sí sucedió fue que nada de lo erótico en materia de literatura lo pasé por alto. Descubrir a Rabelais y Stendhal fue muy importante. Una novela como El amante de lady Chatterley fue decisiva. Y leer el Satyricón. Recuerdo que tuve que leer a D. H. Lawrence en inglés. La novela aparecía en español, pero mutilada. Cuando leí el texto en inglés tuve casi una revelación, igual que, algo después, con la prosa de Henry Miller. Me quedé paralizado.

Un lector de sus novelas podría inferir, entonces, que esas lecturas lo ayudaron a definir su rumbo literario.


Hay lecturas prácticas, muy activas, y lecturas de referencia y acumulación, muy pasivas. Luis Álvarez me indicó que leyera Otra vuelta de tuerca, de Henry James, donde hay un embarazoso asunto de sexo, y después me dio por escribir un cuento titulado «En el bosque», que es una historia jamesiana cuyo origen está en Lovecraft. Yo conocía un cuento extraordinario titulado «El modelo de Pickman» y me centré en Pickman cuando niño. Escribí una prequel. ¿Qué había ocurrido en la vida de Pickman, antes de que se convirtiera en un famoso pintor de lo horrible? La respuesta se halla en ese cuento que no conservo. Un cuento donde un niño de 10 años tiene relaciones «de placer» con tres hermosas brujas.

Son lecturas de provecho, de las que usted saca algo.

Me refiero a escritores y libros que siguen ayudándome. Siempre enseñan, por muy leídos que sean. Son clásicos, ¿no? Henry James, Lovecraft... E influyen en la vida sexual que uno va construyendo, como cuando leí a Henry Miller. En Miller hay formas... formas de manipulación, ¿comprende? La primera vez lo leí en inglés con ayuda del diccionario Cuyás, que entonces era el mejor diccionario de su tipo que circulaba en Cuba. Es curiosa la forma en que la literatura sobre el sexo va condicionando la vida sexual. Yo leía a varios escritores ingleses y norteamericanos, y en mi vida aparecían situaciones imprevistas. Cierta vez, a los 17 o 18 años, pocos meses después de comenzar mis estudios en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, una vecina amiga de mi familia se me metió en la ducha. Yo me duchaba y ella abrió la puerta. ¡Y yo leía a Henry Miller! Ya podrá imaginar.

Y ahí se produce un beneficio mutuo, de la literatura a la vida y de la vida a la literatura.

Indudablemente. Como se lo cuento. Ese hecho lo rememoré y lo introduje en Capricho habanero, mi primera novela. Parece inventado, pero es real.

Yo me refiero a la vida de un escritor que escribe literatura erótica y que pega en las paredes fotos de chicas desnudas.

Ya le he contestado: indudablemente. Pero supongo que usted continúa refiriéndose a mi vida sexual, ¿no es así? Bien. Como podrá ver, yo pertenezco a la generación de aquellos chicos que a escondidas manoseaban algún número muy viejo de Playboy con las consecuencias que eso traía para el cuerpo. Es muy corriente. Casi un estereotipo. Ahora hay computadoras, DVDs, y el acercamiento de un chico a lo erótico es normal que se produzca por medio de una computadora, fotografías digitales, etc. Hoy los chicos aprenden más de sexo viendo pornografía (cierto tipo de pornografía light, aclaremos) que conversando con los padres, ¿no? Hace unos años conocí a un pintor que me reveló que su esposa había aprendido a hacer sexo oral viendo películas pornográficas. Me parece fantástico. En cuanto a mí, dado que soy autor de relatos muy visuales, tendría que repetir que sí, que el beneficio fue mutuo. Le confiero bastante importancia a las palabras dichas durante el sexo, para que usted se lleve esa pequeña confesión. Recuerdo que mientras leía a D. H. Lawrence e inglés, e imaginaba el deambular erótico y sexual de Mellors, más allá de lo que Lawrence describe, y más allá incluso de los diálogos de lady Chatterley con él, mi conciencia lingüística del sexo creció apreciablemente y fui muy osado en mi vida privada. Entonces empecé a comprender el dilema estético y el valor de lo que se llama obscenidad. La obscenidad es liberadora. Entendida así, claro.

¿Usted cree que sigue habiendo hipocresía en el sexo?

Sí. Hay mucha hipocresía. Como usted puede ver, yo en mis paredes cuelgo lo que me apetece y me gusta, no ando mirando si alguien tendrá tal o cual opinión. Esa chica, la de la foto que está al lado del aire acondicionado, fue una bella adolescente en 1930 o 1935, que fue cuando se hizo ese desnudo. Tendría entonces unos 15 o 16 años. Ahora no será sino un escombro, si aún vive. El sexo es el único territorio donde la hipocresía jamás es justificable. Porque una cosa es decir la verdad completa, o de forma parcial, y otra, mentir. También pueden mezclarse verdad y mentira, o verdad y ficción. El sexo es eso, siempre. Una mezcla voluntaria e involuntaria de verdad y ficción.

Y cuando usted escribe literatura erótica, o donde el sexo desempeñe un papel relevante, ¿se propone ser sincero con el lector, o además con los personajes y con el planteamiento general del sexo?

Cuando escribo una ficción anclada en el sexo, lo que sucede es que estoy construyendo una realidad mental sobre otra realidad mental que se refiere a una tercera realidad mental. La escritura de una escritura de otra escritura que va de lo deseable a lo posible. Se trata de mi mente elaborando algo acerca de lo que hacen unos personajes de acuerdo con los que pasa por sus mentes. Allí hay distintos grados de implicación. El sexo es, quizás, el espacio-tiempo donde lo real queda abolido de manera casi instantánea, a posteriori, por esos grados de implicación. Pero un escritor calcula los efectos que anhela causar en su lector ideal, y entonces no es que sea hipócrita, sino que aplaza la emergencia de ciertos fenómenos.

Muchos lectores se preguntan por qué usted escribe tanto sobre el erotismo y el sexo.

¿Muchos lectores? No lo creo. Soy un escritor minoritario, casi restrictivo. Como cierta vez llegó a decir un funcionario, represento algo parecido a la «alta cultura». O como dijo un editor: escribo con tanta suntuosidad que soy casi decadente. De alguna manera eso es cierto, pero a la larga uno no representa nada salvo sus obsesiones y delirios. Y ahí está la obscenidad. Pero no hay contradicción alguna entre la fastuosidad objetual, espacial, linguo-estilística, y el uso de un lenguaje «obsceno». ¿Cómo es posible?, se preguntan. Es que son dos instancias separadas, interdependientes sólo en apariencia. Y le repito: no son muchos lectores. Mi prosa de ficción y mis ensayos están llenos de sexo, es cierto, pero nunca he escrito nada donde el sexo «aparezca» en primer plano, salvo en algunos relatos, por momentos, o donde el vínculo del erotismo con el sexo constituya el eje central. Mi propósito sale de una obsesión: la fugacidad del sexo como mecánica material, y su permanencia, corrompida o enriquecida por el lenguaje, en tanto mecánica de las reminiscencias, sean mediatas o inmediatas. Lo maravilloso de ese asunto es que tienes sexo y mientras lo haces todo va amoldándose dentro de un dispositivo de activación y reactivación de reminiscencias, es decir, esa mecánica material se «desvanece» por momentos y se re-crea para desautomatizarse... y de pronto, casi sin saberlo, entramos ya en el ámbito de la ficción, la literatura, y nuestras percepciones se dramatizan de modo muy peculiar... Quisiera escribir sobre todo eso, dentro de una historia cuya trama sea la posterioridad reactivada del sexo en tanto relaciones de poder y sometimiento, pero no como las entiende el hardcore del sadomaso, sino en términos sentimentales, orgánicos y sociales… me refiero a una novela donde el núcleo sea el rizoma derivado del sexo, y donde no haya espacio ni tiempo... una novela «mental», en torno a los pensamientos y sensaciones paralelos, mezclados, trenzados con desasosiego y dolor y deleite, pero justo allí, en ese intermedio que va de un grado de mecánica material a otro grado de mecánica material. Hay personas que me hacen esa misma pregunta: por qué escribo tanto de sexo y la respuesta es sencilla: no sólo es el sexo, para mí y para mucha gente en el mundo, un reino lleno de misterios cruciales, sino que mi experiencia con el sexo es considerable sin ser desmedida o exagerada. Y si a eso adicionas el hecho de que he examinado con atención, durante años, un grupo numeroso de fenómenos ligados al sexo en la cultura —pintura y erotismo, literatura «galante», memorias eróticas, cine ligado al sexo y al erotismo, fotografía y desnudo, pornografía—, podrás comprender que el sexo, para mí, es un territorio tan fértil como el más fértil, tan oscuro como el más oscuro, y donde muchos gestos no son lo que parecen ni indican lo que indican, y, al mismo tiempo, llevan en sí mismos la perentoriedad de lo contradictorio porque en un punto poseen un sentido directo y, a continuación, son metafóricos y dibujan eso que Nathalie Sarraute llamó tropismos.