El templo de mi espíritu: una obra mayor
A la manera de Las mil y una noches árabes, donde el poder de fabulación seduce, más allá del posible desconocimiento, al destinatario, la escritora norteamericana Alice Walker ha logrado con su novela El templo de mi espíritu (The temple of my familiar) una obra mayor que la editorial Arte y Literatura del Instituto Cubano del Libro tuvo a bien poner a nuestra disposición durante la pasada Feria del Libro 2011.
No vacilo en confesarles que el libro, traducido para nosotros por el cubano Manuel García Verdecia, se encuentra entre las narraciones más impactantes que me ha tocado leer desde que tengo memoria. Y si la aseveración les parece exagerada, los invito a penetrar en la historia de cuatro mujeres negras, puestas a vivir por Walker sobre sus páginas, donde historia, ficción, contemporaneidad y una visión muy peculiar de las relaciones universales, se entremezclan en una original estructura que mantendrá en vilo al lector desde el primero hasta el último capítulo.
Considerada, junto a Angela Davis y Toni Morrison, como una de las precursoras del feminismo negro que surgió en Estados Unidos en los setenta del siglo pasado, Alice Walker es, sin embargo, una cronista objetiva del mundo que le interesa describir y aun cuando tome a la mujer afrodescendiente como protagonista de su obra, su creación no rezuma ni sexismo excluyente ni racismo a la inversa. Por el contrario, nos ayuda a comprender la contemporaneidad, partiendo de los orígenes de la raza humana. Para ello se vale de una especie de realismo mágico en el que afloran altas dosis de una cultura superior, basada en la consulta de fuentes presumiblemente orales, pero trabajadas también por la erudición y lo imaginativo.
El templo de mi espíritu cuenta la historia de Zedé, Carlota, Lissie y Fany, cuatro mujeres negras —ya lo dije— marcadas por una opresión ancestral y que, a pesar de ello, consiguen liberarse de los prejuicios externos e internos mediante el reencuentro con sus orígenes, todas por diferentes vías, y siempre teniendo como punto de llegada esa solidaridad femenina que facilita la comunión con los hombres y hasta con los blancos a quienes no se representan en la narración como “ enemigos”, sino como posibles sujetos de una transformación social que sobrepasa el estrecho marco de la raza y busca alianzas a partir del respeto y las reivindicaciones comunes.
Estructurada mediante largos monólogos aparentemente desconectados en un principio, y dividida en seis partes, la novela de Alice Walker está escrita con pericia magistral en cuanto consigue establecer muy lentamente los vínculos entre sus muchísimos personajes, al tiempo que sitúa sus acciones en constante transgresión de los límites temporales y espaciales.
Reencarnación, espiritismo, evolución y ecología, son abordados dentro de la trama como recursos o llamados de atención, sin didactismos ni sermones, con una magia y una naturalidad tan convincentes que no queda otro remedio al receptor que aceptar como válidas las revolucionarias interpretaciones históricas y filosóficas que la autora propone, a contrapelo de todas las convenciones instituidas durante siglos por construcciones binarias.
Con virtudes y defectos, sus personajes se nos muestran rebeldes y humanos, orgullosos de sus ancestros y bellos en la medida que su autorreconocimiento les otorga una benefactora seguridad. Nosotros llegamos a amarlos hasta en su crudeza e imperfecciones, desde su templo simbólico.
Interesante es también destacar el análisis sutil que Walker realiza de la música de la contracultura y sus innegables raíces afro desde la figura paradigmática de Elvis Presley y otros sucesores como Janis Joplin. No es por gusto que otro de los personajes masculinos del libro sea precisamente un músico y que las dos parejas que sirven de justificación argumental al relato hayan vivido sus años de formación en el contexto de la guerra de Viet Nam y los movimientos hippies e iconoclastas que también lucharon por los derechos civiles en los años 60.
Novela alejada de todos los tópicos de la actual narrativa norteamericana, El templo de mi espíritu nos ofrece la posibilidad de una relectura de la historia de los Estados Unidos y del peso de África y sus descendientes en la formulación de la cultura de esa nación.
Más que una novela de tesis, esta es una obra total. De esas pocas que, si bien no bastan para cambiar el mundo por su mera existencia, nos ayudan a encontrar un mapa. Disfrute y reflexión se convierten aquí en sinónimos y nos hacen cerrar el libro con tristeza, deseosos, como sucede siempre con la buena literatura, de que la historia a la que el autor ha puesto el punto final, fuera infinita e interminable. Como exigía el Sultán a la cautivadora Scherezada.
Felicitemos a la editorial que tuvo a bien hacernos conocer esta joya que, desde ya, es uno de los libros más importantes publicados por este sello en los últimos años.