Lourdes González: Eros y los espectros
Trata una vez más de sacar fuego y gloria
del arpa dorada. Trata, te lo pido de rodillas, te lo imploro.
Augusto Strindberg
Sonata de espectros.
Con El hijo de la arpista (Ed. Oriente, 2010), Lourdes González invade una zona de insondable estremecimiento poético. Prosa lírica, en principio, el libro escapa en mi opinión de toda determinación sellada: es una volcadura inmensa que rebasa los géneros, para expresarse desde lo humano esencial, ese terreno donde no importa el tiempo, la atadura cotidiana ni la circunstancia palpable. Se trata —justo porque se nos habla de la entraña del ser— de un libro sobre el eros total, ese que se imanta no hacia las siluetas borrosas del momento —amante, hijos, vocación o patria—, sino que está marcado por la ambición desnuda de la entrega total. La clave es ofrecida con limpieza en los pasajes primeros del texto. La catarata emocional es desatada desde una resucitación llameante, que Lourdes González califica en un fogonazo: «Humilde despertar del que se sabe muerto»,1 desde el cual transita paso a paso a una extraordinaria comprensión de la permanencia del amor:
Dame el derecho a estar en la memoria solo el tiempo necesario para volver a los cuerpos amados como se vuelve al viaje de la despedida, al tren de las infancias, a la gloria repartida en las pequeñas marginaciones. Un instante en la muerte para entreabrir la vida, un solo color y el milagro sucederá como un arribo, como un tocar al fin las puntas de la madeja que se busca y se busca y se vuelve a buscar, hilando en las huidas.2
Está uno como lector en la sección primera, “Los pabellones”, ignorando todavía a cuáles se refiere, mientras se intuye que el libro es una difícil travesía por un país de pasiones que restallan. Este primer instante, en realidad, es no ya una entrada, sino un desenlace desde el que se despliega una aventura concentrada, la del rescate del amor a través no de una memoria enfebrecida y mentirosa, sino por la vía de la propia transfiguración del ser a través de un modo que, en su esencia cabal, es, y de modo entrañable, una desasida inmolación:
(Hay que estar muerto para ser condescendiente, hay que tener, como yo, al alcance de las manos, las distancias que no voy a cruzar, las cúpulas y los granos que solo tocaré si fallara mi memoria mal tratada, es decir, mi mala memoria).
Llueve sobre los pabellones mientras el tiempo me excluye, prescinde de mí en las calles estrechas que circundan los espacios. Sería aterrador estar vivo persiguiendo a la Quimera, cumpliendo con el destino. Pero con qué gozo transito conociendo la ruta de los torsos amados y de las manos, libres ahora del presente, emancipados […]3
Hasta ese instante del libro, este había constituido una ascensión gradual, un mínimo acertijo de esperanzas para el lector: todo era posible en las páginas que habrían de seguir. A partir de aquí, estalla con violencia la combinación inseparable de angustia sideral y desafío —esa mezcla hiriente de la que proviene tanto del peso profundo de la mejor poesía de la autora, incluso desde aquel su juvenil y formidable poema “Pasajera la lluvia”—. La sección segunda es “Las manos”, donde no hay posible confusión: es el enfrentamiento del hombre a su ser profundo e irrenunciable —ese tema de la poesía de alto fuste que tan pocos han abordado en la poesía cubano, ese que fue carencia indigente en el romanticismo de la isla, cualidad que define la única gran poesía posible sobre el hombre mismo y su más íntimo tremor—. De aquí el crujido de la duda apasionada y la pregunta más honda: «¿Cuántas noches caben en la espera?».4 De aquí, también, que se palpe la única certeza, la de un ritual indetenible y libre de toda determinación temporal. Tal es la fuerza de estas páginas, en que la literatura queda limpia de su epidérmica apariencia, para revelarse como ansiedad total, pero también como intrépida conciencia: «Escritos quedan los deseos, quien tiente estos papeles se condenará al engaño».5 Lourdes González construye una voz lírica que no habla aquí en poesía, sino en la absoluta soledad del ser y su destino, el eros triturante que es la única señal de haber vivido. Así cruza el lector unas puertas ominosas, donde puede él mismo examinarse, enfrentar la tortura de vivir más allá de todos los disfraces que anublan, y a veces quedan convertidos en murallas insalvables, todo contacto real, cualquier comunicación verdadera entre los seres que parecen ajenos, insondables, mentirosos, violentos y enemigos, a la vez negación y espejos desgarrados de uno mismo:
(Sabes, he llegado a pensar en tu cuerpo como en un árbol, como en una ceiba, como en un árbol en el que una se puede adentrar, como en este espacio que hay detrás de la puerta, y estos lienzos que, desde lo alto y desde lo bajo, me miran con desdén, porque saben quizás que no te conozco, ni te he besado, ni puedo).6
Pocas veces en la poesía cubana, nunca en las últimas dos décadas, un libro se atreve a enfrentarse —sin contextos útiles, sin decorado verbal, sin declaraciones gangosas e inútiles sobre posturas exteriores— al silencio interior y su marejada de preguntas y visiones. De aquí lo excepcional de El hijo de la arpista, capaz de formularse con sello único, la angustia compartida a lo largo de los tiempos: «¿Qué será lo que brilla en ese otro castillo?, ¿un metal que resiste, un espejo que muestra, una pulida superficie?, ¿una puerta?».7
En este libro la desnudez del lenguaje resulta formidable. La autora la alcanza no por eliminación, ni por tratamiento metálico del mundo construido, y mucho menos por artificiosa síntesis. No es la suya, palabra que se despoja de vestiduras falsas o legítimas. Hay, por el contrario, una letal concentración, morosa además, en entidades milimétricas: desnudar el lenguaje significa en El hijo de la arpista que se produce una alquimia deslumbrante: no hay supresiones, tan solo el verbo es, por sí mismo, de ese modo, así ha nacido, sin talladuras, ni selecciones, ni destilación. Es, y solo eso. ¿Cómo explicarse semejante timbre? Desde luego que depende, ante todo, de la estatura misma del tema, cuyo alcance trasciende la necia información de anécdotas, posturas, concepciones y medidas. Pero sobre todo descansa en la perceptible obsesión interior, en la voz que, como si se fugase, se levanta y domina toda cortapisa y máscara de defensa contra el mundo. El hijo de la arpista se dedica a la auto-escucha, no de una miserable biografía, ni de una angustia entrampada en sus límites mediocres. Es un libro sobre el espacio inabarcable del amor como fuerza más allá de la carne —pero con la carne—, y de la muerte como certeza total, dualidad que solo se percibe en afilada calidad de angustia, conciencia del diálogo imposible entre Eros y Tánatos, entre experiencia efectiva y sueño desgarrador. La propia autora pareciera revelar en el libro este secreto:
Todo creador debe girar, hacer girar su suerte en los campos de la infancia, esa mirada perdida sobre un mundo salvado, y no debe extrañarse ante la solicitud con la que se le piden títulos, castillos, molinos, hondones, muros, hasta ventajas que se deben a estar, casi muerto, casi vencido, sobre la línea divisoria de la vigilia. El regreso también consiste en omitir esas solicitudes. Y no morir. Y no hacer equilibrio. Y no andar sobre la línea más de lo estrictamente necesario.8
En verdad, El hijo de la arpista es un juego imponente, un monólogo dicho en el marco de una comunicación, que todos sabemos necesaria e insoluble. La arpista habla con su hijo, confiesa sus secretos, es cierto, pero también —¿cómo si no?— levanta una esperanza irreductible, que no es más que la sola razón de la poesía de todos los tiempos y los seres: dejar que se asome, siquiera por una vez, el prisionero, el espectro escondido en cada uno, criatura que pudo haber sido nuestro rostro en el mundo efectivo y mordiente, y que justo por no haberlo conseguido —hundido en sus disfraces y sus tristes armas—, es el único permanente, el solo vencedor que sobrevive:
Mi memoria, como un bogavante se desliza.
Me recuesto a las tapias de ladrillos, con sus mapas de cemento mostrando la imperfección del mundo.
De ese mundo al cual yo pertenezco, aún con sus puertas cerradas.9
El hijo de la arpista, como alguna vez en el texto mismo se declara, es una indagación de lo alto y lo hondo del mundo, y —a diferencia de tanta literatura, incluso buena, y fuerte, y capaz y duradera— no queda sin resultado. La voz sabe. Desde lo temprano de la vida, salimos casi todos —¿casi todos?— a buscar una respuesta, y allí radica la trampa, prodigiosa y sangrienta, del vivir, pues esa respuesta, como en el corazón de la arpista y su hijo, está desde el principio en el silencio del eros insondable que espera confundirse, y ha de hacerlo, en la quietud total en que el universo, titilando, nos aguarda.
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1 Lourdes González Guerrero: El hijo de la arpista. Ed. Oriente. Santiago de Cuba, 2010, p. 16.
2 Ibíd., p. 17.
3 Ibíd., p. 19.
4 Ibíd., p. 22.
5 Ibíd., p. 24.
6 Ibíd., p. 26.
7 Ibíd., p. 30.
8 Ibid., p. 39.
9 Ibíd., p. 50.