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Los duelistas (Parte II)

Alberto Garrandés, 06 de junio de 2011

Entonces, más que escribir, usted ha pensado mucho sobre el sexo y el erotismo. ¿Es así? ¿Su insistencia se debe al interés o a la necesidad de encontrar respuestas acerca de la representación literaria?

Sólo ahora, al cabo de los años, es que puedo hacerlo: pensar y escribir sobre esos temas. Siempre he dicho que la pulsión del deseo, cumplida dentro del sexo y la reminiscencia del sexo, conforma un mundo donde se pone a prueba la identidad humana. No es nada nuevo. Nada de eso lo es. Antes yo estaba ocupado en otras cosas, en mi propia formación, o con mi familia. Aunque mi interés en el sexo siempre estuvo y ha estado ahí, lo mismo en la literatura que en las artes visuales. No quisiera indicar nada ni sonar enigmático, y menos aún en el espacio de una entrevista, pero hay cosas que debemos olvidar —o des-aprender— para que de veras podamos recordarlas o aprenderlas genuinamente, y hay cosas que debemos poseer para que en verdad alcancemos a renunciar a ellas. El sexo y el erotismo son componentes básicos de una construcción maravillosa y llena de misterio en la que se asienta el amor, por ejemplo. El cuerpo es vehículo y soporte material, pero todo cuerpo sexualizado es cuerpo para la sublimación lingüística. El cuerpo es un campo de batalla cuyos contendientes son el deseo, lo sagrado, la pasión y ciertos sentimientos convertidos en ideas. Esas cosas tienen que ver con el bien y el mal. Y también con el padecimiento, el mundo del dolor, el quebrantamiento de los límites, de casi todos los límites. Lo que quiero decir es que la semiosis de la actividad del cuerpo dentro del sexo es ilimitada y comprende todas las expresiones y rostros posibles del sujeto.

Usted suena un poco budista. Un budista al revés.


Puede ser. Para mí el espíritu, la ilusión y el alma son muy importantes y devienen centros vitales. Pero ellos coexisten en el cuerpo, habitan en él y se expresan gracias al cuerpo. Y el sexo, mientras ocurre (y, por supuesto, después que ocurre y antes de que ocurra), es ilusión, o ilusión presuntiva, y allí el espíritu tiende a graficarse y el alma a liberarse. Al final queda el lenguaje. Por eso la pornografía es (en general... no digo que toda ella lo sea) indecorosa y deshonesta, y no porque revele cuerpos en tensión mientras se enredan en actos «vergonzosos» o «indignos», no... no es eso... es indecorosa y deshonesta porque no muestra lo real... la pornografía es un simulacro para vender que mancilla cosas sagradas... un simulacro que miente constantemente sobre la realidad del sexo al subrayar un estado de idealidad, un estado de solvencia ideal en cuanto al cuerpo... prefiero las hidden cams auténticas y las películas home-made, o el cine irónico y medio burlesco de Tinto Brass, por poner un ejemplo.

¿Usted es el escritor que defiende lo pornográfico y que ha dicho que le gustaría hacer cine porno?


Ya ve. Pero déjeme explicarle: la pornografía tiene un valor documental enorme y transmite belleza y sensaciones fuertes a pesar de sí misma, a pesar del engaño que ella misma es. Y en cuanto a lo que una vez dije, lo dije en cierto sentido. Mire usted esa película de Zeffirelli, Romeo y Julieta. Una película edulcorante, medio hipócrita, timorata, realizada hace más de 40 años. ¿Usted ha leído el texto de Shakespeare? Está lleno de erotismo. Un erotismo entusiasmado. Y entonces viene Zeffirelli y hace un espectáculo glamoroso. Pero no se atrevió a ir más allá, ni creo que le interesara. La noche de Julieta y Romeo hay que presentarla como lo habría hecho Shakespeare hoy: llena de un sexo inexperto, gracioso, tímido, muy apasionado, repetitivo, notablemente explorador y digresivo. Habría sido cuestión de poner ese sexo explícito en función de un ardor amoroso que no escapa de una continua interrogación. En definitiva la historia de ambos es trágica, sí, pero es la historia de un amor que todo el tiempo está diciéndonos cuán significativo es el cuerpo y cuán misterioso.

Pero ni siquiera así sería una película pornográfica, ¿o sí?

Etimológicamente, sí. Culturalmente, no. Nine songs, de Michael Winterbotton, es pornografía. Hay siete u ocho secuencias de sexo muy explícito, pero sospecho que quienes han visto esa película lo han hecho con ligereza. Hay tres planos inconexos —el hielo del polo antártico, el concierto de rock, la intimidad sexualizada— y aun así esa estructura «amorfa» no debe pasarse por alto porque sea amorfa (aparentemente). Allí hay una metáfora sobre la memoria del hielo, la conservación de la memoria de los sujetos y el sexo como gestualidad inapresable, tan fugaz como imperecedera.

Pero si usted hiciera pornografía, ¿qué haría, cómo la haría?

Haría un cine experimental en torno al sexo. Un cine parecido al de Richard Kern, pero sin esa idea suya sobre la dignidad de la violencia. Un cine sobre el recuerdo, la evocación y la «diligencia» emocional del sexo. Habría sexo muy explícito ante los ojos del espectador, pero sería otra cosa. Me imagino haciendo algo legible desde varios ángulos, como las fotografías de Jeanloup Sieff y Bettina Rheims. Un tipo de cine que podría ser visto por diferentes públicos porque cada quien vería una película distinta. Como soy muy ambicioso, mi conciencia es exigente.

O sea, ¿insistiría en el carácter mental del sexo, igual que en algunos libros suyos recientes?

Algo así. No estoy seguro, pero insistiría de algún modo en el carácter mental del sexo. La literatura y la reflexión literaria deberían asumir ese dilema con una conciencia lingüística absoluta, a diferencia del cine, donde no hay palabras «inmediatas». En el cine yo trabajaría con imágenes mentales, oníricas tal vez... me temo que serían parecidas a las de Derek Jarman, o las de Jodorowski, y es muy posible que usara formas clásicas de maquillaje, o formas que deberían mucho al cine de Fellini. Y en definitiva, si tuviera que emplear una mente circular dentro del sexo para representar algo difícilmente representable, usaría mi propia mente. Tendría que volcar en el espacio-tiempo del sexo, en la gestualidad, en los actos y en la piel, un segmento de lo que pasa por la mente de los personajes que se inmiscuyen en todo eso, un segmento muy intervenido por la semiosis que el propio sexo despliega. El resultado sería, casi todo, un discurso mental, por así llamarlo a falta de mejor nombre. Sólo que sería un discurso visible, próximo a lo tangible.

Y ahí empezaría a cumplirse algo que una vez usted dijo, acerca de pasar con naturalidad de la literatura al cine. O sea, dejar la literatura y representar su propia escritura usando el soporte cinematográfico.


No estaría mal. Después de todo, estaría regresando a mis orígenes. Como los alcohólicos que no beben ya, pero que jamás dejan de ser alcohólicos. Siempre fui y seré un pintor. Un pintor obsesionado por el símbolo y por el realismo fotográfico, y después por la fotografía simbólica, los desnudos y el cine.

Todo eso se ve con claridad en sus novelas.

Sí, es cierto... Eugenio Marrón dice que pinto mis novelas. Bueno, él se refería concretamente a Las potestades incorpóreas, que es casi cine. Pero igual pinto en las otras. Y en mis ensayos. En mis novelas cubanas hay mucho sexo, lo sé. Pero en mis ensayos hay conceptos que me importan y me preocupan, como el concepto de lo sagrado. Kashmir, un libro que no ha sido publicado aún, es cine. Hay una voz y un paisaje que cambia, pero donde no hay criaturas humanas, sino alegorías.

¿Cuba, el sexo, lo cubano...?

Sí, pero no. Intento ir más allá. No me interesa la marca de lo cubano. Al menos en el sexo y el erotismo, esa marca para mí no existe. Y si existe no es relevante. Usted puede merodear por los «atributos» de la cubanidad en lo que concierne al sexo, y la verdad es que luego de fantasear un poco no sabría decir cuáles son esos atributos, si es que existen. Tal vez si uno se pone a mirar la pornografía cubana encuentre algo de eso. No estoy seguro. Lo maravilloso de la condición del sexo es que el sujeto tiende a ser intemporal y transhistórico.

¿Hay una pornografía cubana o hecha en Cuba?

Supongo que de las dos. Hay muchos cortometrajes hechos por aficionados. Y he visto películas no cubanas filmadas en La Habana. Los cortos artesanales tienen el encanto de lo que carece de máscaras. Cuando ellos, chicos y chicas, se filman unos a otros teniendo sexo, el resultado es como fijar algo que normalmente no se fija salvo en el pensamiento. Nunca puedes atrapar lo real. Y si tuvieras a tu disposición un planeta-cerebro como Solaris, jamás tendrías una única versión legítima de tu reminiscencia. Hay tantas versiones de la experiencia del sexo como «regresos» al pasado de dicha experiencia.

Usted quiere hacer una versión pornográfica de la novela Caniquí, de José Antonio Ramos. Es un libro que usted ha estudiado y sobre el que ha escrito varios trabajos.

Escribí un trabajo breve sobre Caniquí. Sólo uno. Lo demás es pura ficción y está en mi novela Días invisibles. De hecho, una de las subtramas es esa: Caniquí como obra intervenida y homenajeada por la imaginación pornográfica. Caniquí es una novela que me interesa porque subraya una realidad impalpable relacionada con el sexo, la hipocresía, la insolvencia moral, la libertad, la pasión y las anómalas transcripciones del éxtasis religioso. Me interesa mucho el siglo XIX cubano en lo referido a los intercambios sexuales y su cobertura social. Si pudiera, escribiría una novela ambientada en ese mundo. Una novela decimonónica. Pero ya tengo bastante con el trabajo que me da Mr. Heathcliff.

Esa es la novela cuyo tono usted no acaba de encontrar, de acuerdo con unas palabras suyas en una entrevista que le concedió a Rita Martín. ¿De cierta manera se ha propuesto reescribir Cumbres borrascosas?


No es así, no podría reescribir Cumbres borrascosas. Ni yo ni nadie. Me refiero a los dos años que Heathcliff pasa fuera de Wuthering Heights, recorriendo el mundo. Un período desconocido y tras el cual regresa enriquecido y lleno de crueldad.

¿Ahí también habrá sexo?

Naturalmente. Será una novela romántica sobre un héroe que se entrega al mal porque el amor lo abandona, se retira de su alma. Aparentemente. Esos dos años transcurren entre África, los barcos negreros, el Caribe, La Habana, Londres y Liverpool. Cuido mucho los detalles. Pero cuando uno les presta demasiada atención a los detalles, corre el peligro de olvidar de qué trata todo. Y eso se supone que no me ocurra.

De la literatura erótica, o de contenido erótico-sexual, ¿podría extraerse un canon capaz de funcionar como paradigma?


Un canon puede hacerse casi de cualquier cosa, basta con tener imaginación y poder de convencimiento. Sin embargo, un paradigma es algo más complicado. Un paradigma es un conjunto de articulaciones, influjos e interacciones, con el pretérito y con el presente. Un paradigma es tradición y porvenir emulsionados. Allí deberían incluirse libros como el Satyricón, de Petronio; los relatos de Boccaccio; Fanny Hill, de Cleland; las novelas del Marqués de Sade; Moll Flanders, de Daniel Defoe; Choderlos de Laclos; las narraciones de Bataille, La historia de O, las Confesiones de Rousseau; Trópico de Capricornio, de Henry Miller; algunas novelas y cuentos de D. H. Lawrence (porque no es sólo El amante de lady Chatterley); las Confidencias de una cortesana, de Cora Pearl; las Arabian nights, según Burton; ciertas obras de Aretino, Kawabata, Mishima, Radiguet, Apollinaire, Frank Harris, Anaïs Nin, Thomas Mann, Nabokov, Lezama Lima, Pasolini... Mire, es mejor abandonar las listas. Hacer listas no conduce a nada. Es mejor consultar la Encyclopedia of Erotic Literature de Phillips y Brulotte, publicada hace unos años por Routledge. Puede ser una buena guía, si uno no se deja amedrentar por la información.

O ir a la colección «La Sonrisa Vertical», de Tusquets. O alguna otra colección de libros eróticos clásicos.

La de Tusquets es buena, por lo general ellos no publican tonterías.

Pero habría que distinguir entre colecciones dedicadas al erotismo y colecciones dedicadas al sexo en la literatura.

No precisamente. Bien miradas las cosas, casi no hay diferencias entre erotismo y pornografía. Si es el lector quien de veras completa la graficación de lo que sea que esté sucediendo en un relato de esa índole, entonces no vale la pena hacer distinciones. En un curso académico, puede que valga la pena. La academia prospera en los esquemas y los mapas literarios. Pero la realidad de la literatura es otra.

¿Le han hecho alguna propuesta en ese sentido? ¿Usted daría un curso sobre ese tema?

Claro. Pero lo daría a mi manera. Si no es así, no.

Explíqueme.

Un curso a mi manera. La literatura erótica y de sexo, el mundo de la visualidad, más el audiovisual contemporáneo. Ir de la literatura a las artes visuales, y de allí al cine. Pero ese movimiento sería como el movimiento browniano, que es casi aleatorio. Trazar un movimiento rizomático entre esas tres instancias. Por ejemplo, de la cerámica griega al Gabinete Pompeyano y al Satirycón, y de allí a Fellini, y, de Fellini, una vuelta atrás: las shungas, y de ellas un salto a Las once mil vergas, la noveleta de Apollinaire, y de allí a Pasolini: Saló y una obra de teatro como Orgía, y luego a una película pornográfica donde se vea lo que es un fisting, y entonces caer de lleno en los videos de Richard Kern, y después regresar al pasado: a Mi vida y mis amores, de Frank Harris, donde Harris habla de Oscar Wilde, y así aprovecharía para poner una película sobre Oscar Wilde que hizo Jude Law... En fin, sería, como he dicho, una especie de rizoma que me permitiera recorrer varias épocas y mundos del arte. Podría hacer una carta de navegación muy precisa y sería enormemente divertido.

Bueno, ya casi terminamos. No tengo ni que preguntarle si seguirá escribiendo sobre estos problemas del sexo, el cuerpo, el erotismo...

Seguiré, claro. Pero si me hace esa pregunta, entenderé que se trata de una pregunta boba.

Entonces no se la hago.

No me la haga, quedemos así. Lo que se sabe no se pregunta.