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Virtudes poéticas

Marilyn Bobes, 10 de junio de 2011

Feliz iniciativa la del Instituto Cubano del Libro, la Universidad del Trabajo de Uruguay y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay al aunar voluntades para poner en manos de los lectores la antología poética El manto de mi virtud. Poesía cubana y uruguaya del siglo XXI que reúne a algunos de los más recientes autores de ambas naciones latinoamericanas.
 
Seleccionados por Osmán Avilés y Alfredo Coirolo, respectivamente, poetas de Cuba y Uruguay vienen a demostrar con esta selección la lozanía de un género preterido por los grandes mercados trasnacionales del libro y que merecería un tratamiento discriminado.
 
El acierto de la recopilación demuestra que un trabajo de decantación riguroso puede hacer visibles las aptitudes de quienes en nuestro Continente se toman en serio la escritura para conducirla por caminos inexplorados, lo que en mi opinión es más ostensible en los poetas uruguayos, tal vez porque la mayoría excede en años de trabajo y oficio a los más noveles cubanos.
 
Ello no quiere decir que los autores de la Isla no ofrezcan una muestra satisfactoria. Habría que señalar la intención de Avilés de ofrecernos un panorama que abarca todos los rincones de la Isla y, si la edad promedio de los escogidos apenas rebasa los cuarenta años, en la mayoría de los casos hay un resultado palpable, legítimo y deudor de una tradición en la que se verán reconocidos escritores de generaciones anteriores.
 
Por el contrario, el recopilador uruguayo ha preferido desplegar un abanico que no excluye autores nacidos hasta en los sesenta pero cuyas obras ofrecen evidentes rupturas ideotemáticas con la anterior poesía uruguaya conocida en Cuba, lo cual es, por supuesto, beneficioso para los lectores de nuestra Isla, puesto que nos permite una actualización enriquecedora presentando a poetas que merecen, por su calidad, figurar entre lo mejor de la poesía escrita hoy mismo en Latinoamérica.
  
Tal es el caso de Paula Einöder (Montevideo,1974) o Déborah Eguren (Montevideo, 1962), cuyas experimentaciones con el lenguaje, la solidez emotiva y comunicacional de sus obras, las sitúan entre lo más interesante de esta antología, donde, dicho sea de paso, hay una fuerte presencia femenina, lo cual me parece muy loable como resultado de las luchas de la mujer por una mayor visibilidad.
   
Entre los cubanos, Luis Yuseff (Holguín, 1975), Oscar Cruz (Santiago de Cuba, 1979) y Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984) ejemplifican que, a pesar de la juventud, se puede ser un escritor maduro, digno de atención por parte de los editores más exigentes, y esta antología los hace resaltar sobre el conjunto, cuestión difícil si se piensa que la selección de Avilés es rigurosa. Casi diría que impecable.
 
Hablar de comunidad de lenguajes o temáticas entre los poetas de ambas naciones no sería prudente. Sin embargo, es ostensible el paso de una postmodernidad que, con las lógicas diferencias de entorno, convierte en recurrentes las citas al mundo de la tecnología y el audiovisual, además del aprovechamiento de los recursos formales sin identificaciones fanáticas con ninguna escuela anterior.
 
En resumen, El manto de mi virtud... es una buena opción para llenar el vacío de desconocimiento que existe entre los países latinoamericanos con respecto a la literatura.
 
Es asimismo una muestra de que, cuando existe voluntad de cooperación, pueden transgredirse las barreras del mercado y acercar a escritores y lectores en la prioritaria tarea de una integración que no debe excluir las manifestaciones culturales.