Emilia González y el Juicio Final
«Usted dice que tanto las putas como las cortesanas huyen de la pobreza, y eso me hace recordar un cuento de Serpa... Ahora mismo no me viene el título a la mente, pero sé que Serpa escribió sobre una prostituta pobre que pasa de la lubricidad a la súplica en un dos por tres», dijo Emilia apenas sin mirarme.
Había desaparecido por espacio de varios meses, sin dejar señales de ninguna clase. Tenía en la cara una marca como de sufrimiento extremo, vinculado quizás a la pasión amorosa o sentimental —en el fondo son lo mismo—, e imaginé que bien habría podido enredarse por ahí con uno de esos cuerpos sin alma en los cuales el placer nace indisolublemente unido a la adversidad de alguna ilusión rota. Mencionó que había pasado una temporada en provincias y que nada le apetecía más que leer echada en la cama, bocabajo, en ropa de dormir, encima de algún libro con poder para excitarla, mientras oía la música de David Gilmour y el country jazz de Norah Jones.
«El realismo social, al menos en Cuba, se pone demasiado serio y aburrido», observé sonriente. «Estoy tratando de acordarme del título del cuento de Serpa», divagó mientras registraba dentro de su bolso sempiterno. Había llovido. La humedad era un problema muy molesto. «¿Caminamos un poco? Tengo que ir hasta la librería universitaria a ver a una persona», explicó mientras movía los ojos. No pestañeaba. Estábamos en el parqueo de la Facultad de Artes y Letras y eran más de las cinco de la tarde.
«Deja eso —le pedí, refiriéndome al título del cuento de Serpa—. Conozco la historia y ambos sabemos que está ahí, como un molesto referente periodístico». Emilia empezó a caminar hacia la acera y se detuvo. «Incluso le digo más: muchos años después Manuel Cofiño escribió un cuento parecido», gesticuló. Cuando se aferraba a un tema parecía una gata dispuesta a no soltar la bola de hilo. «Bueno —susurré—, cuéntame de ti... desapareciste del mapa». Y en este punto su torbellino Serpa-Cofiño-Serpa se calmó. «La literatura decadente es a las cortesanas lo que el realismo a las putas callejeras», subrayó victoriosa. El aforismo no estaba mal, pero yo, el profe hambriento de lateralidades sensitivas, no me sentía en condiciones de jugar a las agudezas. «Estuve en el interior más tiempo del que me hallaba dispuesta a soportar, pero ya ve, he sobrevivido», puntualizó. Me reservé mi impresión. A esas alturas no iba a decirle que su aspecto (y no precisamente el físico) dejaba mucho que desear.
Respiré algo cansado y satisfecho. El verde de las hojas era el mismo de hacía veintitantos años, cuando estudiar en la Facultad significaba cultivar la ilusión de la Literatura. Emilia González vestía muy informalmente. Una camisa de mezclilla azul pálido otorgaba a su busto cierta placidez acogedora. Dentro del pelo usaba hebillas laqueadas en rojo. «Desde Zola, las putas callejeras hacen del sentimiento un bastión... Es asqueroso... y te digo que es asqueroso porque la moralina boba saca las cosas de su sitio verdadero. En definitiva las putas callejeras y pobres se revuelcan exactamente igual que las cortesanas, y yo diría que lo hacen sin tantas mediaciones culturales... El problema es que el sexo, al aristocratizarse, se convierte todo él en perversión, incluidos los detalles más elementales», solté mirando el pelo recién arreglado de la chica. Tenía el aire de Ellen Page con cabellera negligente y coqueta. Bien mirada, esta Emilia devota de Gilmour y Jones (pero también de Liuba María Hevia) cargaba con una secreta tristeza. «Carrión sigue siendo quien es, después de todo», se alegró. «Admiras mucho a Carrión», dije. «Es verdad», asintió. Y a continuación: «Usted debería enseñarme a escribir literatura erótica».
Las ideas bailaban en mi cabeza pero fui capaz de ordenarlas un poco. Recordé un cuento de Rafael de Águila titulado “Carpe diem”. A pesar de la fealdad del mundo, la estrechez del paisaje humano, el padecimiento social y la esclerosis de las utopías, la belleza y el amor y la densidad del sentimiento están al alcance de la mano, y si una chica sugestiva te invita, ahora que ya no eres tan joven, a acariciar su sexo e irte con ella a la playa a esperar la salida del sol, a cambio de que la enseñes a escribir, lo mejor, si estás cuerdo, es que te vayas con ella sin pensarlo mucho, aunque de pronto aparezcan los guardafronteras y te digan que no puedes estar ahí, echado en la arena, pensando en tu destino.
Volví a ordenar mis pensamientos. «Las novelas de Santiago Cintas, Octavio de la Suarée y Alberto Insúa son decadentes casi a la fuerza», dije. «Explíqueme eso», me exigió dudosa, despacio. «Hay una especie de prurito sociológico inevitable... lo decadente es la atmósfera más algunos gestos aislados, sólo eso», confesé. Emilia se encogió de hombros. «Y la suposición de una sensualidad muy cerebral», agregó. «En eso me he apoyado, en la presunción de una lascivia que se conecta de algún modo con la estética naturalista, que busca el detalle», filosofó el profe deteniéndose a ratos en los relieves de la tela azul.
Dejamos atrás el edificio de la Facultad y ascendimos la calle en dirección a la escalinata universitaria. Mi recuerdo de la librería carecía de firmeza. «Pues sí —volvió Emilia—, la pobreza prostituida no puede llegar al lenguaje». La miré serio. ¡Era verdad! «Bueno, si entiendes el lenguaje como una forma del refinamiento... porque en definitiva lo que se exacerba en la sensualidad decadentista es el costado fonocéntrico del erotismo», razoné. «Usted mismo ha dicho que más de la mitad del sexo es pura lengua», dijo. Parpadeaba. Muy perversa esta mujercita. Empezó a sonreír. «Pura lengua, así es», consentí. «Las novelas decadentistas son lengua pura... a veces tengo la impresión de que todo ocurre en la cabeza de los personajes», murmuró.
Pero el cuerpo era un hecho innegable, incluso en aquellas novelas. El borrico y la corista de Octavio de la Suarée, en El país de las mujeres sin senos (1938), constituían un buen ejemplo. O la escritura blanca (las invisibles exploraciones) que sirve de refugio a las noches de sexo en El barco embrujado (1929), de Insúa. El texto de Insúa, Los polichinelas del amor (1924), era bastante merodeador. Intenté presentarle a Emilia este argumento, con la alusión a los caballeros salaces de Santiago Cintas, sentados en largos muebles mullidos, aguardando... Pero las palabras se negaron a salir de mi boca. Frente a nosotros, moviendo la mano en señal de saludo, el escritor de la coleta nos escrutaba. «¿Es él con quien tenías que encontrarte? ¡Qué novedad!», gruñí sin disimular mi decepción. La risa de Emilia me desconcertó un poco. Pero de repente apretó los labios. «Es que a la librería han traído cinco ejemplares de las Confesiones de Rousseau, y él conoce al administrador. Le tiene guardado el libro», explicó. Sorpresa. Pero ella estaba intentando mitigar mi disgusto, y esa actitud se constituía, de inmediato, en un signo apreciable. Se había puesto de mi parte. «Así que por fin publican las Confesiones... Menos mal que ya abandonaron esos escrúpulos tontos... no les cabía en la cabeza que el autor del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres fuera el malvadillo sexual que en efecto fue», dije. «El señor de la bata armenia», apuntó Emilia. Yo no me sentía inclinado a recoger su guante, de manera que ignoré la indirecta.1 «Él tenía mucho que contar, era un privilegiado... buena mente filosófica y una vida saturada de aventuras increíbles», señalé con nostalgia de un futuro que, a mis años, ya no podría advenir.
«Hola», saludó el joven de la coleta. Le tendí mi mano. Besó a Emilia con un automatismo que me pareció simplón. «Hablábamos del decadentismo y la falsedad», le dijo ella. Qué atrevida. Y vengativa. El joven alzó los ojos y apretó la boca con una expresión escueta, solapada. Se volvió hacia mí y me dijo: «Ella afirma —movía el codo, apuntando hacia Emilia— que desde hace unos años están creadas las condiciones para que la decadencia y el realismo resuciten en un combate tipo Juicio Final». Ilusos. Combate tipo Juicio Final... hmm. Habría que verlo. ¿Sería posible, ahora, un Julián del Casal escribiendo sobre la nocturnidad ignota de La Habana?
Sí. Por supuesto que sí. Mientras más mala se pone la cosa, mejor florece la literatura.
1 Estaba aludiendo a un pasaje de mi libro Cibersade.