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Emilia González entre Enrique Serpa, Carlos Enríquez y Dulce María Loynaz
(una caminata por la calle G)

Alberto Garrandés, 06 de septiembre de 2011

Habían pasado ya dieciocho días desde aquel encuentro en el pórtico del hotel Colina —la parte interior de la cafetería del Colina iba a convertirse, con el tiempo, en nuestro sitio de conversaciones— y Emilia González, haciéndose la encontradiza (la calle G era «su calle» en El Vedado, como la «mía» era Obispo en la Habana Vieja), enunció al verme su sorpresa, con una bien medida dosis de naturalidad. «Usted sabe que yo vivo por aquí cerca», dijo cuando le expresé mi extrañeza, sentimiento que al cabo no tenía la menor justificación. «Me ha dado por el francés», añadió. «¿Pero no me dijiste que vivías por Prado y Colón?», solté. Hubo silencio. Sólo entonces me di cuenta de que estábamos a unos metros de la Alianza Francesa. «El colmo será que me invite a tomar un refresco en la UNEAC y que sigamos hablando de los decadentes cubanos», pensé. «Tengo una cita dentro de una hora y media, más o menos», dije. Todo el mundo sabe que llego a mis citas con adelanto notable, y que si no es así, no llego jamás. «¿Aquí?», preguntó señalando hacia 17 y H. «No, debo caminar hacia el malecón», expliqué. Pero ella no podía dejar de ser una chica convencional, aun dentro de su rareza, y me confesó que estaba esperando a una amiga para ir al cine, pero que le daba igual dejarla plantada. No podía desistir de anunciarme que se iría conmigo si yo se lo permitía.

¿Cómo no aceptar su compañía, si de todas maneras su diálogo era interesante? Conocía de veras La lengua impregnada y clasificaba dentro de esas lectoras devotas que saben más de uno que uno mismo. Pero a veces se comportaba como esas estudiantes pegajositas y quisquillosas, y no había más remedio que pasar por alto la viscosidad. Y, aun así, en ella había una chispa de ternura desvalida, y sobre eso, ¿qué debía yo decir sino que me desconcertaba sin dejar de atraerme mucho? «Bueno, te invito al malecón si me prometes no decir nada sobre los decadentes», sonreí. «Le doy mi palabra», pestañeó.

Echamos a andar calle abajo bajo un sol ligero, de suavidad infrecuente. Hacía su poquito de viento y deduje que junto al mar el aire batiría con impiedad. Me sentía inquieto y sabía por qué. Los decadentes no me dejaban dormir. Algo se me había quedado fuera. Algo que hubiera debido escribir y que se encontraba lejos de mí, en un rincón inalcanzable de mi mente. Pero lo ominoso del problema no consistía en saberlo allí, sin solución posible al menos dentro de un libro ya publicado —lo cual se convertía en una especie de tortura—, sino en el hecho de que me sentía incapaz de definir la naturaleza del problema.

Metido en aquellos pensamientos no me percaté de que Emilia se había detenido y me miraba fijo. «Pero de Serpa sí podremos hablar, ¿verdad?», susurró. No deseaba contrariarme. «¡Serpa!», exclamé a punto de reír. Retomamos nuestra marcha. Por aquellos días yo estaba leyendo Pregúntale al polvo, la novela de John Fante, en una edición de Anagrama que me había prestado Jorge Enrique Lage. De cierto modo yo era aquel escritor solitario y medio tonto que dejaba escapar el amor. «Contrabando, la novela que a usted le parece un paradigma de muchas cosas», añadió. Tenía una memoria muy pesada y podía citarme sin contemplaciones. «Un paradigma, eso es —divagué—. Algo así como el mejor sabor del realismo social cubano». Emilia achicó la mirada. «Usted usa la palabra paradigma y creo que da una explicación», insistió. «Los amores secretos del Almirante y Cornúa», solté con el propósito de mortificarla. «Esa perspectiva me gustó, me pareció interesante», observó con mucha seriedad. «No estás convencida», dije. «No, no es que no esté convencida... lo que me pasa con Serpa es que todavía en ese libro hay un deseo de aleccionar, y entonces lo que usted afirma que sucede entre el pescador y el otro suena un poco forzado... es decir —movió las manos y dejó que su bolso se deslizara hasta colgar del antebrazo—, todo eso es posible, pero lo más seguro es que Serpa jamás haya pensado en construir algo tan complicado y resbaladizo».

Pensé en Fante, en su personaje Arturo Bandini y en las largas cartas que dirigía a su editor, el misterioso J. C. Hackmuth. Cartas prodigiosas, el verdadero centro de su literatura. ¡El combate por la literatura (o por la sobrevivencia de la literatura) transformándose en la literatura misma! «Mira —en esa oportunidad era yo quien se detenía, acariciando la hierba de la acera con la punta de un zapato—, no sé si te acuerdas de aquella frase: «Un sueño cuyo origen está en el deseo de las formas lógicas». Yo veo formas que quieren acomodarse en la parte visible de los textos, pero que se dejan aplastar por las formas históricas... La historia es lo real, lo que sucede de veras en la ficción, mientras que la lógica es lo que habría podido ser, o mejor aún, lo que en el fondo debería suceder... El Almirante no es consciente de su apetito, pero no tengo dudas de que desea a Cornúa de algún modo... Y en cuanto a éste, no quiero ser atrevido pero sospecho que en un recodo de su soma hay una pulsión homoerótica activada por la falseadora pasividad del otro... Cornúa será un tipo de inteligencia magra y escueta, pero no es ningún bobo... Sabe que el Almirante siente por él una admiración rara».

El sol seguía brillando con suavidad amable y llegamos a Línea. Por la acera del hospital materno caminaban dos estudiantes con batas blancas. Sostenían un diálogo animado y movían los ojos con una ansiedad gozosa. O eran amantes o estaban a punto de serlo. Qué suspicaz el profe. Observé la cara de precaución de Emilia y toqué su brazo. «Crucemos ahora —la agarré sin presionar—. Tenemos la roja». Se dejó conducir a través de la calle. Del otro lado había una corta fila de autos de alquiler, mosqueados como dulces ociosos. «Lo que yo quiero decir —volvió Emilia— es que Contrabando es una novela social, pero con una conciencia muy clara de lo que es la literatura». La miré de arriba abajo. «De lo que Serpa creía que era la literatura», aclaré. «Eso mismo —sacó un caramelo y lo desenvolvió con cuidado—. Él estaba escribiendo una historia complicada, y sabía, además, que el libro servía para presentar una realidad más o menos alegórica».

¿Por qué discutíamos sobre un viejo libro leído tan sólo por algunos estudiantes de literatura y por aquellos que en su época, y en años posteriores a su aparición, necesitaron alabarlo de distintas maneras? «La realidad de la ficción es su historia más su lógica... Esa lógica no sale de la nada, sino de ciertas cosas que los personajes nos muestran como al pasar, incluso con cierta despreocupación... A veces el narrador de una novela subraya sin querer lo contrario de aquello que él desea que veamos», rumié. Después de pronunciar esas palabras comprendí que ellas no pasaban de ser una mediocre advertencia en lo que a mí concernía, porque, al compararlas con las de otros, adquirían un brillo especial. (Sin embargo, al medirlas con el rasero de mi ego y pesarlas en la balanza de mis fabulaciones, esas mismas palabras quedaban muy por debajo de mi expectativa.) «La lógica interna de Cornúa y el Almirante podría llevarlos al sexo... No llegan al sexo por dos razones muy poderosas: Serpa no piensa en una trama que pase por el sexo como instancia de resolución, y los personajes están elaborando constantemente la imagen fuerte que el otro debería ver... Máscaras y máscaras por doquier... Una pelea de máscaras... En fin: para que el sexo entre Cornúa y el Almirante se produzca, hubiera hecho falta que en Serpa naciera una hiperconciencia de la lógica de los personajes y que se adentrara en los predios de una valentía creativa capaz de combinar las posibilidades de esa lógica con el sedimento de las verdades últimas», sostuve con vehemencia.

Pasamos por el monumento al general Calixto García e ignoramos la desnuda invitación que nos hacían sus espacios más recoletos. Me consoló pensar que el día antes había llovido y que los mármoles estarían mojados. Al cruzar la avenida en dirección al muro del malecón, una húmeda brisa yodada me dio en el rostro. Emilia sonreía. «O sea —dijo—, las verdades últimas que, según usted, deberían o podrían resolverse en el sexo». El asunto me agobiaba un poco. «Exactamente», concedí recorriendo la línea del horizonte. Y entonces adicioné una frase casi malévola: «Enrique Serpa no es Jean Genet». Emilia juntó las manos, sopló dentro de ellas —un gesto más o menos característico, con el que cogía impulso para hablar— y me miró extrañada. «Claro que no, pero esa comparación...», protestó. «La comparación se aproxima a lo injusto, pero no es un disparate», indiqué. «No he pensado eso», se disculpó. Se había inclinado hacia los arrecifes como si quisiera olerlos. «Bueno, lo pensaste... Pero no importa, de todas maneras Serpa está a diez años de distancia de Genet... ¿Ya leíste Querella de Brest?», indagué. Una estocada vil. Qué profe más astuto.

Transcurrió un largo minuto antes de que contestara mi pregunta. El sol era una maravilla de esmero: iba hundiéndose en el horizonte del oeste y contrarrestaba la frialdad que el aire empezaba a prodigar. «Querella de Brest... —articuló despacio— Me suena a marineros y a sexo puro y duro». La frase venía cargada de una displicencia un tanto procaz. «Sexo puro, duro y lírico... las felaciones y penetraciones de Genet son el primer plano de todo, él no se anda con rodeos. Y sin embargo su lenguaje va al encuentro del cuerpo como un devoto de la estatuaria clásica: con sublimidad y fervor», comenté. «Anjá», dijo Emilia. Estaba nerviosa. «Sus personajes son Cornúas desatados que aman el dinero, la violencia, el alcohol y las grandes eyaculaciones», amenacé. «Algo semejante a los personajes del pintor Carlos Enríquez, pero sin el componente homoerótico y dentro de un escenario completamente distinto», asestó. Qué maldita. Ni siquiera le pregunté si había visto la película de Fassbinder.

Faltaba casi una hora para mi cita y estaba aquí, en pleno malecón habanero, con una chica que iba resolviendo con morosidad el lío de su tesis de licenciatura (¡Ramos, siempre Ramos!) y que bordeaba los asuntos de mi libro con una incomparable vocación de apostillar. Había topado con una revisionista nata que andaba para arriba y para abajo con su ejemplar de La lengua impregnada. La imaginé buscando las citas de La feria de Guaicanama, aquella novela solar y rousseauniana (bueno: rusoniana, qué diablos) de Enríquez, mientras se acomodaba en la taza del baño y hacía pipi. La imaginé así, absorta, repasando sus observaciones, escritas en las páginas de cortesía del libro. La vi allí, dentro de su baño, entregada a un examen onda voyeur, lejos del cual no habría, en su caso, esperanza de comprensión. Porque los textos se le daban sólo después del atisbo persistente. Y, sin embargo, lo peor no era eso. ¿Qué importancia tenían sus escrutinios si Emilia sabía o debía de sospechar que yo, por algún motivo relacionado con ella, estaba allí, cediendo al diálogo como si nada? O peor: "el motivo era ella misma". Estaba convencido de que a la chica no se le escapaba que yo, un escritor ocupadísimo, no tendría que estar en aquel sitio perdiendo el tiempo si los motivos no se hallaran concentrados, de un modo tan radical, en su propia y graciosa persona.

«Antón Arrufat y yo conversamos una vez sobre Carlos Enríquez y me dijo que La vuelta de Chencho, otra novela suya, tenía mucho de D. H. Lawrence... No recuerdo bien si Arrufat admitía la deuda de Enríquez con Lawrence sólo como una probabilidad, o si afirmaba que había muchas lecturas de Lawrence tras las páginas de Enríquez», referí. Me senté sobre el muro, de espaldas a la ciudad frívola y adversa. Emilia casi me rozaba. Se entendía muy bien con La Habana y su resplandor. Le daba el frente, como suele decirse. «De ese asunto no sé nada —declaró sin énfasis—, pero no tengo la menor duda de que ambos tienen un fondo común... Los dos aman la naturalidad de la naturaleza». Saboreaba la redundancia, que era obviamente intencional. «La naturalidad de los instintos y de las pulsiones que la sangre trae consigo», enuncié. «Pero es un libro sin mucha gracia... La trama se reduce a bastante poco», explicó. «Es cierto —la apoyé—, aunque lo más sobresaliente no es la trama, sino su lengua... La lengua de Carlos Enríquez es muy empastada, o al menos así me lo parece... Era mejor escritor que pintor, hay una confusión tremenda con eso, aunque a la larga es casi imposible desarrollar con coherencia comparaciones de esa índole». Me miró atónita. «¿Usted cree que escribía mejor?», preguntó divertida. «Oh, ya lo creo... Toda su fama (fama a la cubana, digo yo) se apoya en un mito del vanguardismo... Un mito sazonado con palabras de Félix Pita Rodríguez, Alejo Carpentier y otras voces... Escribió esas tres novelas y a duras penas es reconocido hoy como novelista... Pero sabía escribir muy bien, esa es la verdad», sentencié.

Emilia quedó pensativa, valorando lo que a ella le parecía una cuchufleta, y alcanzó a desenvolver otro caramelo. El espinazo se le marcaba con nitidez, pero sus senos seguían siendo breves —sin trascender la apetecible medianía—, todo lo cual activaba ese contraste entre delgadez y generosidad escueta que tanto me había llamado la atención. «Todo lo que he dicho es en serio», le advertí. Estuve a punto de acariciar aquellas vértebras indiscretas. «No me extraña —ripostó—. Usted es un provocador». Sonreí. «Ya me lo han dicho», susurré. «Pero usted pasa inadvertido, hasta donde sé», aseguró mientras el caramelo daba vueltas. «No siempre», dije. «¿Y Silencio y destino? Casi no hay crítica sobre ese libro, que es una provocación de las peores... Usted lo sabe», afirmó encogiéndose de hombros. La hubiera mordido en los hombros con parsimonia. Sus hombros eran... ¿cómo decirlo? Bueno, ya saldrá la palabra justa, como pedía Flaubert. «A una provocación, otra», contesté soltando el aire viciado y vicioso de mis pulmones. «No entiendo», me miró seria. «A una provocación se responde con otra provocación... Después de estar tanto tiempo sepultada bajo el polvo, el olvido y las lecturas ñoñas (esas que todavía tienden a capitanear su exégesis), no nos habíamos percatado de que Jardín era o es una gran provocación... Una provocación, claro está, hecha con mucha clase, con la debida aristocracia... Pero ahí está la novela y en particular esa heroína de la entrega total que es Bárbara», solté.

Me habría dado mucho gusto saber por qué Silencio y destino le parecía a Emilia una gran provocación, y sin embargo no insistí en ese particular. Un lector de lujo, de esos escasos lectores lujosos que hay en la isla, me había dicho que era una reflexión solipsista. Después, para confirmar o negar esa invertida admiración, una lectora me confesó que había demasiado de mí en unas páginas dedicadas nada menos que a Dulce María Loynaz. Por último, un tercer lector descubrió que el libro pedía una lectura distinta porque él mismo era una rareza impar... En fin. Por fortuna, no había nada que hacer contra las imágenes —por suerte incólumes— de Bárbara trenzada con el jardín, aprisionada por él, entregada a sus abrazos y al crecimiento fálico de sus ramas y raíces, en medio de una magia lírica que no admitía el menor reparo.

«Bueno, no se ponga así —bromeó Emilia al ver que mi mirada se perdía en lo lejano—. A ver, dígame cuál es el secreto de esa novela». Después de preguntarme aquello, en un tono que se avecinaba al de los programas televisivos de participación, metió la mano en el bolso de siempre y extrajo el ejemplar de La lengua impregnada. Lo hojeó con habilidad y encontró lo que buscaba. «¿El secreto? ¿Cuál secreto?», dudé. «El de la pasión sucesiva y mutante, como dice usted a propósito de Bárbara», contestó después de echarle una rápida mirada al segundo párrafo de la página 97. «Escamoteo de la avidez del cuerpo, sublimación del deseo, realización del deseo, pasión del Absoluto... El Absoluto del amor y el Absoluto del conocimiento del yo se resuelven en un plano esencialmente erótico, nunca podría ser de otro modo... son Absolutos amenazados por la Locura y la Muerte», dije. Me sentía cansado y aún tenía por delante mi cita. «Pero el secreto de la novela, ¿cuál es?», insistió. ¡Por favor... dibújame una oveja! ¡Por favor... dibújame una oveja! Dios mío. «No hay secreto, Emilia —la miré con una serena codicia—. Tal vez habría que hablar de una historia que nos cuenta una aventura, y decir que esa historia está ahí para ocultar una forma muy íntima de la felicidad». Cerró La lengua impregnada. Guardó el libro. Observó las rocas bañadas por las olas. Yo añadí: «Bárbara alcanza un estado muy difícil de lograr, un estado sobrehumano, mítico, que le permite entregarse... Quizás ahí esté el secreto... No obtener nada excepto la llegada de ese estado a su cuerpo... O comprender que toda entrega no es más que una misteriosa y compleja devolución».

Su mirada era tan entrañable que me sentí desamparado.