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Vultureffect: añicos por doquier

Alberto Garrandés, 28 de septiembre de 2011

Jorge Enrique Lage escribe que «Hay una tradición de laconismo y de ironía en los diálogos con taxistas. Los taxistas son propensos a decir líneas memorables». Yo añadiría: como buenos actores con buenos libretos. Hace unas semanas iba en un taxi por la calzada (más bien enorme) de Diez de Octubre. Éramos solamente el taxista y yo, que ocupaba todo el asiento trasero. Y me dijo: «Hoy he contado cinco caballitos». Estábamos parados ante el semáforo de Aguadulce. Entonces dije: «Nunca se sabe por qué hay tantos hoy y ninguno mañana». Él replicó: «Algún problema, seguro». Le dije: «Están esperando que pase alguien, para atraparlo». Consciente de que mi frase no parecía un exceso, esperé su reacción. Dijo: «Fíjate que nadie me saca la mano, ¡voy vacío!». Y le contesté: «A veces me monto en un carro como el suyo y es como si nos volviéramos invisibles». Volvió la cabeza, me miró de arriba abajo y me preguntó: «Vas cómodo ahí, ¿verdad?».

Estábamos ya en la literatura, como comprenderán ustedes. Y eso que el taxista no sabía nada, supongo, de Natalie Portman, y menos aún de la densidad de un buitre en el desierto (cualquier desierto). Pero seguramente sabía lo que es vivir en una frontera, o en dos, o en tres, aunque ese saber fuese inconsciente. Por otra parte, como ya se conoce, hoy casi todas las fronteras son invisibles.

Hay una especie de rarísima historia en la ordenación, medio paranoica, de estos textos. Entresacarla, decirla o enumerar sus peldaños o sus escenas o sus gestos, no es, para Lage, una prioridad explicable. En cualquier caso, al no ser una prioridad que pueda explicarse no intuitivamente, ni una preocupación de la escritura, deberíamos decir que lo más importante es el escenario, la preeminencia del paisaje más allá de los accidentes de la vida. Que todo esto suceda así, quiere decir más o menos que los personajes y los hechos brotan del paisaje, o tal vez son segregados (como una especie de sudor o de humor) por el paisaje. Como los buitres, que son hijos de la arena, el resplandor de la luna en la tierra agrietada, y el brillo del sol en el aire que tiembla. O como ese taxista y yo, conversando sobre los caballitos en la calzada de Diez de Octubre y aproximándonos a un misterio.

Jorge Enrique Lage es, en el hoy por hoy de la narrativa cubana, el responsable de una de las escrituras más lúcidas y restrictivas que conozco. Impávido, directo, terminativo e inexorable, cuenta cosas que suceden a pesar de todo. O sea: hechos capaces de transformarse en historias gracias a una singular persistencia, que en ocasiones se origina en una lógica del sueño que está subsumida en la vigilia de lo real. Y, para que el lector no sienta que le dan gato por liebre, él se encarga de aclarar, incluso, cuándo estamos en la pesadilla de la ficción, y cuándo estamos meramente en la ficción. Él sabe que la literatura escapa del lenguaje tan sólo aparentemente, y que se produce, la mayoría de las veces, fuera de la escritura.

Cuando vimos a los otros caballitos —porque la palabra convoca y enseguida continuaron apareciendo—, el taxista y yo notamos que uno de ellos, impecablemente vestido de un azul muy limpio y con unas gafas impenetrables, se miraba en el espejito de la moto. El taxista disminuyó la velocidad, pasamos lentamente junto al hombre absorto ante su espejo, y fue cuando yo dije: «Estos asientos están muy cómodos». Repito que iba solo, en la parte de atrás, en una suerte de semipenumbra. El taxista cacareó: «Los forros son nuevos y el relleno también».

Para representar el papel de zopilote anatomista, un buitre ectoplasmático —lo diré así— que necesita leer más allá del sentimiento, tendré que decir cómo están escritos estos side-effects de la vulturidad, estos efectos secundarios de la condición de buitre, la buitridad. O sea: cómo y de qué han sido hechos. Pero entonces ya seré un zopilote en el desierto de lo real —desierto no como locus solus porque de pronto está lleno de personajes extraños—, y mi pico relucirá al sol, o bajo la luna, con el color de la sangre diluida, que a Lage le gusta mucho.

Las chicas de Lage, tan persistentes —por eso quiero aludir brevemente a ellas—, son importantísimas y nacen en un pop art que se cruza con los gestos de True blood, Lost, Californication y Dexter. En lugar de estas famosas series podría mencionar otras, claro. O el cine de Larry Clark —los chicos, las chicas, la violencia, el sexo y la relación anómala con las palabras— y el cine de Mike Figgis.

Vamos de una chica que está fuera del habla (la irrisión de la necesidad del habla) a una chica que parece o es una estrella de cine. Estos dos extremos se tocan en Vultureffect porque conforman un aro, un ciclo. Un tipo de movimiento del lenguaje que es, a su vez, infinitos movimientos o vueltas que anhelan lo azaroso y que, al final, cumplen con un orden capaz de ser muy denso. Todo esto da lugar al fragmento y subraya la variada plasticidad del minitexto (o los minitextos en un sistema propio e inestable), sus distintos estratos, sus distintos tonos. El fundamental, creo, es ese que se relaciona, en primer lugar, con lo irónico y lo sarcástico dentro de la entereza y el aplomo del habla, y, en segundo lugar, con esa íntima sensatez, casi una prudencia, que poseen las paranoias más verosímiles.

Vultureffect se inscribe en el prestigio de Rabbits, de David Lynch. O en la huella de un cine como el de Jim Jarmusch. Pero también se articula, digo yo, con un tipo de hiperconciencia que proviene de Wittgenstein, las fotos de Bettina Rheims y el audiovisual de Richard Kern.
(Como ven, ya me transformé en un zopilote anatomista).

Lean este libro.

Muchas gracias.