Yo, Alberto Garrandés y Las nubes en el agua
Razones de simetría literaria me invitan a explicar que Jorge Enrique Lage se encuentra hoy aquí —como presentador de mi novela, escrita por un yo del que a veces descreo— por dos motivos complementarios: es uno de los más importantes narradores cubanos de la actualidad y él mismo se halla en las páginas de Las nubes en el agua. Ocurre lo siguiente: su libro Blogspotting, un conjunto de prosas inquietantes que él no escribe aún pero que escribirá en algún momento, figura entre las pertenencias más valiosas de mi protagonista, el detective de primera clase Diosdado Legumbre. Cuando el detective se va de vacaciones, asediado por un misterio culpabilizador, comprobamos que ya ha leído con satisfacción ese cuaderno intenso y exhausto publicado por Lage hacia 2012 o 2013. (Las nubes en el agua es una distopía semi-futurista.)
Mi novela es deliberadamente habanera y completa o cierra mi trilogía de La Habana, compuesta por Capricho habanero, aparecida en 1998, y Días invisibles, dada a conocer en 2009. Me doy cuenta de que, repasadas ahora mismo en el orden en que fueron publicadas, forman una peripecia amarga y tragicómica. Sin embargo, ya no escribiré más sobre esta ciudad nuestra, de la que se dice que es la capital de todos los cubanos. Los proyectos que siguen, y que están a la mano, por así decir, constituyen un conjunto dispar: una novela sobre Heathcliff, el antihéroe heroico de Wuthering Heights; otra novela, titulada Sex, y que se desarrolla en ninguna parte —esto es incierto: el espacio es el de las mentes evocativas y anticipatorias de dos amantes condenados al fracaso del lenguaje del sexo—, y El templo de los elefantes negros, cien fragmentos de prosa lírica en el estilo de Kashmir, libro que presentaré en la venidera Feria Internacional del Libro y que ha sido publicado por Álvaro Castillo Granada y sus Ediciones San Librario. También debo aludir a Sexo de cine, la proliferación arborescente de mis notas sobre un tema que no me deja dormir: el cuerpo sexualizado en un repertorio de ciento cincuenta películas.
He escrito esta novela con la técnica del cuento breve. Todo está en el primer plano de la acción, no hay subtramas, no hay meandros ni digresiones con respecto a los acontecimientos. Tan sólo una férrea cadena de sucesos más o menos verosímiles. Lo digo así porque la verosimilitud depende aquí de cuán artificiosa pueda ser la realidad, y porque el problema del carácter presuntivo de lo real, en tanto artificio, es el eje invisible, por así llamarlo, de este libro.
Ahora que retomo estas palabras, reparo en el hecho de que, perspicaz, Jorge Enrique Lage habla de mí como del responsable de una ficción de autor, o narrativa de autor. Y no porque se trata de mis novelas me expreso del modo en que lo hago, sino porque esa categoría, endiabladamente lúcida, “le cuadra” con justicia y mucha precisión a lo que me he empeñado en construir dentro del territorio de la novela y el cuento. En definitiva, si un narrador obsesionado por la fragilidad de lo real y la insuficiencia del lenguaje al uso no intenta escribir ficciones de autor, creo que no avanzará mucho. En todo caso, se transformará en un proyecto de narrador. O en un realista acomodaticio.
El origen de Las nubes en el agua es sencillo. Estábamos, un día del verano de 2006, Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría y yo en casa de Orlando Luis Pardo, y la conversación, bien repartida en varias direcciones, fluía entre agudezas relacionadas con viejos números de la revista Unión y la relectura de ciertas zonas (más bien ciertas páginas) de Paradiso. (Una versión ficcional de lo que allí aconteció se encuentra en mi libro La lengua impregnada.) De pronto Orlando Luis citó esa frase crucial de Lezama, la orden que le da Fronesis a su novia Lucía cuando la ve desnuda, mostrando la vulva: «Tápate eso, cochina». El ambiente se electrizó de inmediato. Y todos estuvimos de acuerdo en que ese momento de la novela ponía en juego algo único, ya que, en primer lugar, Fronesis revela repugnancia, y, en segundo lugar, se erotiza con la idea de su novia y no con la inmediatez de su cuerpo, sin añadir que luego recorta, en la sábana, el célebre círculo que iba a ponerlo a salvo de esa repugnancia equívoca.
Aquella frase de Lezama Lima me iluminó. Incluso anuncié que escribiría algo sobre ella, o a partir de ella. Un texto que tendría la aspiración de suscitar otras escrituras, reincidentes, coincidentes, disidentes o sucesivas. De hecho empecé a escribir ese texto en el caluroso espacio del que entonces era mi apartamento de Alamar, adonde me fui con mi familia poco después y en el que estuve por espacio de quince días.
Pero mi escritura era demasiado totalizadora, y al cabo de dos meses ya tenía el boceto de lo que iba a ser Las nubes en el agua.
En general, un escritor cubano se enfrenta a muchas precariedades, y agradece bastante cuando se publica uno de sus libros. Yo agradezco, además, a ese chispazo de la frase lezamiana y al momento en que se produjo, cuando cuatro conjurados se juntaron un día alrededor de una mesa donde había café, té, dulces, refrescos y, claro está, un ejemplar de Paradiso, obra sitiada.
A esta, mi quinta novela, la escoltan el premio Italo Calvino 2010, una buena edición —a cargo de Marilyn Bobes—, y una especie de lujo sencillo que, en Cuba, se deja ver: papel de calidad y entintado aceptable. También el Kirchner de la cubierta —el retrato de la prostituta Marcella— hace su parte. Pero hay agradecimientos más profundos que no puedo pasar por alto: a mi hijo, que siempre protege, a su modo, mi tranquilidad, y a mi esposa, que vio nacer, en lo más terrible del verano de 2006, las primeras páginas de esta aventura barroca, apelmazada, escalofriante, en una ciudad de pronto muy cubista. A ella, a mi esposa, se la entrego ahora con las siguientes palabras:
A veces, sin pretenderlo, escribo historias ataviadas por la alucinación y la profecía. Un conjunto de padecimientos extremos se encontraba en el inicio mismo de la escritura, pero por suerte alcancé a soñar con una princesa —atlante, egipcíaca, tal vez centroeuropea— que me tendía sonriente la mano dentro del sueño. Ella, siempre allí, es hoy mi Princesita Amarilla y por eso le dedico esta novela.
¿Habrá que repetir que un escritor usa varias máscaras? Él, ahora, habita en un exilio forzoso —el de una poética bien distinta—, y deja al otro sumido en la creencia de que Garrandés está allí, cuando en realidad ya está en otra parte. La princesa de mi dedicatoria lo sabe. Todo es transitorio menos ella, y más aún cuando hoy revelo su identidad específica, la de una mujer que ha querido acompañarme la vida entera (probablemente sin yo merecerlo), que se encuentra muy lejos de desdeñar mis ofrendas y que practica una lealtad incorruptible.
Muchas gracias.
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