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El mercado de la literatura: ¿una necesidad o una coyunda para el escritor?

Marilyn Bobes, 11 de octubre de 2011

En los últimos meses he leído algunos artículos, entrevistas y comentarios, donde las alusiones a la importancia o necesidad de un mercado para el libro en Cuba parece estar abriendo una brecha en la, hasta hace muy poco generalizada, opinión de que escribir para vender es despojar al acto creador de su pureza original.
 
Tal vez la realidad cubana, que cambia respecto a la necesidad de una mayor racionalidad en cuanto a los recursos disponibles, coloque a las editoriales en una situación donde ya no resulte tan viable publicar sin pensar en costos y ganancias, pero ¿debe hacer desaparecer la premisa de dar al lector un producto digno del desarrollo cultural al que aspira nuestra sociedad?
  
En este sentido pienso que todos los extremos son perjudiciales. En primer lugar, deberíamos preguntarnos si, en realidad, la literatura que se vende en nuestras librerías responde siempre a los requisitos de calidad a los que aspiramos. Y, en segundo, porque bien pudieran nuestras editoriales, si se lo proponen, tener un poco más en cuenta a un lector que es, en última instancia, el que decide si una obra cumple con sus expectativas, sin que por ello haya que hacer concesiones a un supuesto y no bien estudiado «gusto popular».
  
En un artículo aparecido en El Caimán Barbudo y firmado por Leopoldo Luis creo haber encontrado la recomendación de que el Instituto Cubano del Libro y, en general, la red de sellos editoriales del país, deberían contar con un aparato de especialistas que velen por el comportamiento de sus publicaciones, lo que tal vez evitaría, como dice el periodista, que esos libros (especialmente de los más jóvenes y menos promocionados autores) se asfixien bajo el polvo de las librerías en estantes apartados.
 
Sin embargo, la preocupación por el destinatario no puede hacernos olvidar que el mercado no puede convertirse, como sucede internacionalmente, en un dictador que impida el descubrimiento de algunos talentos que, por diversas razones, demoran más tiempo en ganar el favor del gran público. Esto sería retroceder en lugar de avanzar.
 
En mi opinión, el problema radica en la superchería de cierta crítica que intenta hacernos pasar todo lo «raro» y a veces desfasado, por experimental, actuando de esta manera como mediadora de una suerte de «élite» de escaso valor que no consigue vender, porque en realidad ejerce la literatura con el narcisismo de quien ignora totalmente al receptor para complacerse en sus estériles y solipsistas elucubraciones.
  
En este sentido es necesaria una sólida preparación de los editores y,  en especial, de los comités editoriales para distinguir entre lo verdaderamente novedoso y desautomatizador, y lo que es críptico, oscuro y aburrido en virtud de la falta de talento del autor para comunicar.
  
Al mismo tiempo me parecería justo que los libros, ya debidamente decantados antes de su publicación, que se agotan con rapidez gracias al interés de los lectores, recibieran algún tipo de estímulo, pues más que para la crítica, o para ocupar un lugar en el tan traído y llevado canon o para los premios literarios, un escritor ofrece cada obra a sus lectores y el olvido de esta divisa bien puede llevarnos a una malsana enajenación que poco tiene que ver con la trascendencia de nuestro trabajo.
  
Discrepo con algunos escritores que consideran saludable la exigencia mercantil de publicar. El acto de la escritura no puede estar relacionado con las demandas de un agente literario o de un editor. Debe obedecer a las necesidades de expresión de cada autor.
  
Pero tampoco parece demasiado lógico que sea la complacencia de estimular a los escritores por su edad, su condición de provincianos u otros factores extraliterarios, lo que condicione que un libro vea la luz. El único factor que debería ser tomado en cuenta por los editores debería ser la calidad.
  
Por último, quisiera señalar también que los concursos literarios deberían ser vías para garantizar libros que los hagan creer en el valor de un premio. Muchas veces los jurados conceden su veredicto favorable a obras que dejan mucho que desear, lo que hace que el receptor no confíe en los reconocimientos a la hora de escoger en esos estantes apartados y llenos de polvo a los que se refería el periodista Luis.
 
Si bien la dictadura del mercado es un mal cuyas tentaciones deberíamos evitar, la total indiferencia por él es, de la misma manera, un síntoma de narcisismo y de derroche que, en los tiempos que corren, se puede volver contra la nobleza de nuestros objetivos: hacer del cubano un pueblo culto.
 
Si lo que ofrecemos a ese pueblo en términos de literatura no lo incluye como un factor esencial, poco estamos haciendo por ganarlo para nuestra causa.