Ediciones Holguín: 25 años
No hay ningún espacio que no sea, al cabo, el de la familia y los amigos, y la mezcla de cortesía, cariño y entusiasmo que encuentro en esta ciudad cada vez que acudo a ella, algo que ahora se acentúa, cuando Lourdes González, directora de Ediciones Holguín y además, por suerte, una de las cuentistas más desenfadadas y directas que he leído en Cuba últimamente, me invita a venir y celebrar, con Antón Arrufat, Reynaldo González y otros escritores, el cumpleaños 25 de la editorial.
Yo, en realidad, no sé cómo se celebra el cumpleaños de una editorial cuya permanencia ya acumula todo ese tiempo, pero, al tomármelo bien en serio, lo único que se me ocurrió fue llamar a Lourdes y pedirle el catálogo, para al menos ver de cerca los libros, los poetas, los historiadores, los cuentos, los ensayos, las traducciones, las novelas... y, por supuesto, en ese momento empezaron las sorpresas, los recuerdos. Al final, en este caso, se trataba y se trata de la literatura y de la huella de sus creadores en un ámbito donde el espacio y sus formas importan mucho. Y se trata, claro, de las personas.
Lo más terrible o curioso o estremecedor de todo esto es que uno pasea los ojos y comprende que, aun así, y lo mismo en Matanzas, en La Habana, o Pinar del Río o Santa Clara, cuando hay una editorial llamada “provincial”, no por ello ese adjetivo la libra de estacionarse y recibir los bandazos y sacudidas de la historia. Estamos amarrados a la Historia, sumidos en su extraordinaria exaltación perenne, y la verdad verdadera es que un escritor, que es al cabo un artesano, necesita de la paz augusta, como observa Antón Arrufat. Es como si uno comprobara que, más allá del llamado “tono de provincias”, hay una constancia de la Historia, una constancia de las épocas, una especie de fe de vida. Ahí están el tono más o menos transitivo de los años 80, el temblor preparatorio y tan incierto de los 90 y estos diez años de ir hacia todas partes y hacia ninguna y de mirarnos por dentro a ver qué rumbo coge la realidad, porque en nuestro país las épocas se suceden unas a otras con pasmosa desenvoltura.
Tengo un amigo escritor que, cuando me ve en alguna ondulación que no es o no suele ser la mía, me dice: «Garrandés, no te preocupes, lo real es una dimensión incontrolable». Y me digo entonces que sí. La realidad la hacemos nosotros pero no la controlamos nosotros.
El catálogo de Ediciones Holguín es grande, bien grande y variado, y sin embargo no he dejado de distinguir, junto a los libros de algunos colegas y amigos que me han acompañado aquí y allá, en Holguín y fuera de Holguín, otros libros y autores que alguna vez leí, como Pedro Ortiz, donde había una especie de sugestivo barroco de la ficción histórica, o el poeta Agustín Labrada, a quien conocí en algún salón del Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana, o Eugenio Marrón —la persona Marrón—, cálidamente envuelto por ficciones europeas de varios tipos y lleno de asombros y lecturas francamente envidiables.
Eso de conocer escritores y después leerlos es tan misterioso como leerlos, idearlos y después entrar en sus personas. Conocí primero al poeta y cantautor Orlando Coré, de quien ignoro ahora mismo casi todo, y después lo leí. Recuerdo que estudiábamos juntos en la Universidad de La Habana y nos mantuvimos así hasta segundo año, cuando empezaron las desventuras, los desastres históricos, o de la Historia, y Coré desapareció, como tantos otros, a inicios de los noventa. No lo vi más. Con Odette Alonso me ocurrió al revés: primero la leí y después la conocí. La leí tardíamente en sus poemas, una lectura que dio entrada a sus cuentos, y nos vimos en persona, por primera vez —con todo lo que eso significa— no en Cuba sino en México, en un almuerzo con amigos que ahora viven en otros países, o que han muerto, y que están como en lontananza. ¿Y Manuel Díaz Martínez, también en este catálogo? Apenas una referencia. Sin embargo, un poeta sólido, que yo recuerdo porque cierta vez, en una calle de la Habana Vieja, me habló de su amistad con Severo Sarduy.
Y así supe de Alejandro Querejeta, que por aquel tiempo ya había publicado una novela —no sé si ustedes recuerdan aquel delirio llamado Pronóstico de los 80, que puso en estado de alerta a la narrativa cubana de aquellos años, o de aquella época—, y tuve noticias, también, de esa persona poemática y extraña llamada Delfín Prats. Y recuerdo bien ese libro, El esplendor y el caos. Y me acuerdo de él, de Delfín y de su forma de mirar, una tarde en que yo regresaba, con Moreno del Toro y María Dolores Ortiz, de visitar al pintor Cosme Proenza. Transcurrían, antes de la aparición de ese libro, unos años evanescentes y bien rápidos, o muy lentos (según como se hayan vivido o se repasen hoy), y yo estaba en una terraza del Hotel Pernik, a media luz, durante un encuentro de talleres literarios, y esa noche el alcohol y algo de sublevación erótica eran la medida de todas las cosas, y de pronto encontré allí a Delfín, medio aturdido, en una mesa, frente a mí, y yo, impávido y fuera de lugar —porque me hallaba demasiado sobrio—, tuve la ocurrencia de decirle que la literatura de Lovecraft me seducía mucho, y él me miró significativamente, como dudando o despertando, y añadí una frase: “los altos monolitos de basalto”, y él sonrió porque aquellos monolitos ya eran muy suyos y sobre ellos estaba levantando su vida.
El año del nacimiento de mi hijo se dieron a conocer, en ediciones especiales, una antología de José Lezama Lima, una de Casal, y un poema de Dulce María Loynaz que siempre me ha estremecido por la entereza y la valentía del dolor: Últimos días de una casa. Ya entonces apreciaba yo de la gentileza de Ronel González, la incandescencia de Jesús David Curbelo y la manera febril y agónica en que George Riverón leía sus poemas.
La segunda época de Ediciones Holguín no se aparta, supongo, de lo específico de una comunidad, pero de pronto, en la Colección Ático, aparecen José Martí, Miguel Hernández y Arturo Uslar Pietri, y luego un poeta como Luis Yuseff, y después el Eros del espejo, de mi amigo Rubén Rodríguez —el único escritor del Decadentismo anglo-francés que poseen estas tierras—, y luego las finezas de Manuel García Verdecia (las de su poesía y las que nos hace llegar con Sylvia Plath y Eugenio Florit), y ya, para esas fechas, aquel Tercer libro de Celestino (un buen repertorio de cuentos donde figuran dos de los mejores narradores cubanos de ahora mismo), y, claro, también los textos de Mariela Varona, Ghabriel Pérez y Emerio Medina, sin pasar por alto otra fineza: los poemas de Alejandra Pizarnik que Lourdes González reunió en Las ceremonias del vivir.
¿Qué más decir? Bueno, que dos antologías significativas se dieron a conocer en 2006: la que compiló Lourdes González, 20 años cuentan, de narrativa, y la preparada por Delfín Prats y Joaquín Osorio: Puente del tiempo. Y que la colección Ático acogió El espejo del cuerpo, de Antón Arrufat, y que más tarde aparecieron nada menos que Paul Celan —seleccionado por Kenia Leyva Hidalgo—, Fina García Marruz —escogida por Belkis Méndez—, Pablo Armando Fernández —de nuevo el ojo de mi amigo Eugenio Marrón, tantas veces agradecible—, y un Reynaldo González que es una delicatessen: Insolencias del barroco.
Como han podido ver ustedes, yo no sé compendiar. Una editorial, en provincias, se me hace más entrañable que cualquier otra, como esa colección mía, Rapunzel y otras historias, de la cual recibo, a menudo, una magia íntima, y sobre la cual podría decir lo mismo que le dijo Heathcliff a la hija de su presunto enemigo, Edgar Linton, acerca de la casona de Wuthering Heights: «I have a particular attachment to it».
Muchas gracias a todos.