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Narciso ante el espejo

Marilyn Bobes, 21 de octubre de 2011

No son pocos los exégetas que han querido ver en el mito de Narciso, enamorado de su imagen en el agua, un símbolo del amor homoerótico, y quizás por ello el escritor, ensayista y antologador Alberto Garrandés haya titulado su excelente selección sobre esta temática: Instrucciones para cruzar el espejo, sutil alusión a la leyenda clásica, una de cuyas interpretaciones, dicho sea de paso, en estos días se muestra en La Habana en un cuadro del gran pintor renacentista italiano Caravaggio.

Publicada por Letras Cubanas y con la ambiciosa pretensión de recoger todo lo que de este tema ha abordado el cuento cubano de los siglos XX y XXI, esta antología adolece quizás de una falta de homogeneidad en la calidad de los textos publicados, que van desde la indiscutible maestría de Virgilio Piñera hasta las vacilaciones de algunos autores más jóvenes a los que, sin embargo, me parece oportuno haber incluido por razones que expondré a continuación.
  
Y es que, en mi opinión, Garrandés no pretendía agrupar textos canónicos, sino presentar en toda su variedad el asunto de la homosexualidad. En este sentido, Instrucciones…, privilegió con afán un tanto didáctico el tema sobre los valores estéticos para descubrirnos el abanico de posibilidades con que un individuo es capaz de proyectar su sexualidad.
  
Ello queda bien explícito en un prólogo que analiza con agudeza cada uno de los cuentos que se recogen en la compilación que, por otra parte, tiene también el mérito de ubicar cronológicamente las narraciones precursoras de esta temática en la literatura cubana de la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, desmoronando algunos supuestos que daban el mérito de su introducción a Senel Paz con el paradigmático “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, tal vez por las implicaciones socio-políticas que la audacia de este escritor introdujo en un momento clave para el cuento cubano: los aperturistas noventas del siglo pasado.
 
Aun cuando el relato de Senel con su premio Juan Rulfo y su transmisión al celuloide constituyen el hito que otorgó visibilidad y pasividad al problema homosexual en la Cuba revolucionaria, no es ocioso puntualizar que, mucho antes, Piñera, Calvert Casey y los más actuales Miguel Mejides y Roberto Urías habían incursionado en el asunto desde diferentes ángulos, pero con la misma osadía fundacional.
  
Como bien dice Garrandés en su prólogo «un libro como este es siempre bien recibido, lo mismo por razones legítimas que por creencias y cálculos espurios, en virtud del instinto gremial y gracias a la declaración —afirmativa— de un experimento “anticanónico” en el territorio de las conductas eróticas y sexuales».
  
De esta manera el propio compilador expresa sus reservas sobre la validez de una práctica segregacionista en un tema que, en el futuro, debería ser asumido con naturalidad: como uno más entre los tantos que la narrativa cubana y universal recoge en sus infinitas variaciones y posibilidades.
  
Agrupar en una antología temática la riqueza de matices que nos ofrece el asunto es quizás una exigencia coyuntural que se agradece dada la persistencia en nuestra sociedad de una gran cantidad de tabúes con respecto a la sexualidad humana.
  
Garrandés se atreve a defender —o por lo menos a mostrar— eso que llama «la prueba de lo otro», donde «la reciprocidad es el inicio de una transformación, el principio de la comprensión e incorporación de algo distinto».
 
El hecho de haber podido reunir nada menos que treinta y cinco autores preocupados por diseccionar o describir aspectos sicológicos o prácticos de este tipo de orientación sexual demuestra cómo el cuento cubano, en los últimos años, se abre a nuevas concepciones sobre la sexualidad y contribuye, aunque de manera tangencial, a educar a los lectores en lo que todavía algunos consideran una transgresión aberrante.
 
Saludamos entonces esta iniciativa del seleccionador y de Letras Cubanas, la cual, creo, es la primera exploración sobre el asunto que se realiza en nuestro país en el terreno de la ficción.
 
Auguro que esta antología, donde el mito de Narciso refuerza la presencia ancestral del homoerotismo en la historia, no quedará en los estantes de la librería por muchos meses a la vez que, seguramente, constituirá un libro fundamental de consulta para los investigadores y críticos cubanos y de otras partes.