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Amor y desamor

Alberto Garrandés, 24 de octubre de 2011

A mi hijo.

Mucho me gustaría decirles a los jóvenes lectores, como estoy ahora mismo haciéndolo, que, de los grandes temas que sostienen la literatura universal, el amor es acaso el más diversificado, cambiante, turbulento y provocador. Enseñarles esto a lectores en formación es mostrar bien poco, ya que el amor es, en sí mismo, un estado y un sentimiento sin edad, y siempre pone en tensión las reservas del individuo en su diálogo con otros. Cuando, por ejemplo, ese diálogo se inclina hacia el deseo, la pasión y la querencia admirativa, el lenguaje vibra y la metáfora se pone a prueba. Y ya estamos en el territorio de la emoción y el estremecimiento amorosos, síntomas ambos de que eso que de modo cotidiano llamamos amor es, precisamente, el Amor.

Como es desenvolvimiento y peripecia, al tiempo que atmósfera y situación, casi podría decirse que son el cuento y la novela los espacios de la literatura donde mejor accedemos a contemplarlo y examinarlo. ¿Acaso el amor no se cuenta, no se trama, no se desarrolla? ¿Acaso no tiene personajes, como dentro de un relato? Claro que sí. En ellos —los personajes— hay bifurcaciones, momentos de resolución, regresiones, instantes de ensueño, raptos de lucidez y deseos que involucran la visión del futuro. Y todo acontece en el microcosmos universal que conformarían dos personas-personajes —a veces hay tres, claro— en quienes se produce (o no) una suerte de alianza sentimental.

Parecería como si, en lo referido al amor, en tanto gran asunto y problema de la cultura toda, esa singular preeminencia de los cuentos y las novelas dejara en una situación desventajosa a la poesía, a los versos. ¡Pura apariencia! Porque la poesía es el medio ideal para comunicar momentos y estaciones del amor, mientras que las narraciones se adentran en el amor tal si estuviésemos, con el autor, explorando el devenir y advirtiendo la intensidad de una experiencia amorosa determinada que nos mantiene a la expectativa porque no sabemos qué sucederá. De ahí que, si bien se trata de narraciones centradas en el amor, ninguna de las incluidas en este libro escapa del lirismo ni del sentimiento que lo sostiene, del mismo modo que las poesías de amor, si son buenas y perdurables, jamás dejan de contarnos algo —un detalle, un gesto— de la vivencia amorosa, por muy leves que ellos sean.

Pero amor y desamor van de la mano, como insinúa el título de la presente selección de cuentos. Desde los tiempos en que el Romanticismo produjo los primeros arquetipos del amor, y ser romántico equivalía a ser emotivo, sentimental y melancólico, el amor siempre estuvo asociado a la pasión, y esta, a su vez, a las oscilaciones de lo trágico. La gran desdicha del amor ha sido, es y será el fin o la ausencia del amor. Y el fracaso amoroso nace en el desamor, que a su vez tiene muchos orígenes, y culmina en la muerte del amor, una muerte que se ha visto relacionada, además, con la enfermedad física y con la certidumbre del hecho mismo de morir. Desde hace siglos, morir de amor ha venido siendo algo más que una metáfora, pues allí lo que pervive es un proceso general de deterioro —del cuerpo y el alma— que los más brillantes escritores románticos describieron y aún describen inigualablemente.

Además, ¿no continúa siendo cierto el hecho de que, quien muere de amor, muere inevitablemente joven?

Cuando uso el tiempo presente, los lectores deberán tomar en cuenta que me refiero al Romanticismo como un movimiento (o, más bien, una actitud) que no cesa. ¿Quiero decir que nuestra época es todavía romántica? No. ¡Ojalá lo fuera!, podría alguien exclamar. Sólo pretendo indicar que el ser humano es capaz, en cualquier época, de comportarse románticamente, al seguir, sin saberlo, algunas pautas que el viejo romanticismo tomó de la vida y le devolvió a ella a través de los lectores. El romanticismo dejó señaladas, desde la literatura, ciertas maneras, ciertos gestos, ciertas actitudes que influyeron en la vida hasta modificarla. ¿Cuántas lágrimas, hasta hoy, no ha dejado de ocasionar la lectura de Werther, la célebre noveleta de Goethe? Si bien no se incluye aquí por razones de espacio, resulta legítimo mencionarla, pues el del joven Werther se ha transformado en un destino ejemplar. Paradigma de héroe romántico —y debe notarse que la noción de héroe ha cambiado: ya no es Werther un guerrero principesco, ensalzado por sus hazañas físicas, sino más bien un guerrero del corazón—, se suicida por amor. Y aunque los tiempos que hoy corren son bastante ajenos a esa extremada violencia del sentimiento, los amantes que tengan corazones fuertes y sinceros, y almas afanosas, y pasiones difícilmente controlables por espontáneas, sabrán que detrás de ese suicidio había una imposibilidad y una protesta airada contra las normas sociales que le impiden al amor manifestarse con entera libertad. Y esa idea es tan actual como la contaminación atómica y el ecologismo.

En esta antología comparecen ocho relatos donde el amor es objeto de desasosiegos diversos, desde los celos y la traición hasta el misterio de la belleza, y los obstáculos que se presentan cuando queremos conocer la esencia última, capaz de definir la atracción sensorial y moral que alguien nos impone. Allí, en ese dilatado arco que va de “La habitación occidental”, de Yuan Chen, a “Sombras de la primavera”, de D. H. Lawrence1, algo se repite como una constante que el paso de los siglos ni desluce ni socava: el gran dilema de la seducción que da paso a la inquietud amorosa, o al temblor que nace en esa otra persona capaz de confinarnos en un espacio gobernado por el entusiasmo, la duda, el deseo y cierta tristeza.

Estos cuentos se constituyen en un renuevo del entramado que la literatura ha dibujado teniendo como modelos a los dilemas del amor. En unos, volvemos a encontrarnos con el desaliento del alejamiento sentimental, cuando el amor es incapaz de trascender la seducción física. En otros, la mirada quiere arrancar, de la otra persona, un secreto crucial en la que se asienta la identidad de la pasión. Y también descubriremos cómo todo ese laberinto puede ser aparentemente sencillo de recorrer, cuando en verdad no es sino el diálogo que se produce dentro de un ritual donde debe existir una coalición. Me refiero a una especie de liturgia pagana —digámoslo así— que se expresa cotidianamente como si fuera un gran preámbulo. Allí los personajes andan y desandan diversos caminos, lo cual es algo de mucho interés que este puñado de historias alcanza a mostrar.

Amor y desamor: he aquí una atadura en forma de nudo, y que existe desde que el mundo es mundo. Una ligadura que, al florecer, pone en evidencia el estado mejor en que el ser humano podría encontrarse.


Notas

1. Se incluyen, además, “El retrato oval”, de Edgar Allan Poe; “Noches blancas”, de Fiodor Dostoievski; “Ernestina o el nacimiento del amor”, de Stendhal; “Iris”, de Hermann Hesse; “La mujer del profesor”, de Arthur Schnitzler, y “La bailarina de Izu”, de Yasunari Kawabata.