La gravedad y la gracia
Ahora que las listas se han puesto de moda y los repertorios canónicos tienden a fulgurar en las mentes de quienes necesitan leer por medio de esquemas, ahora que de la elaboración de paradigmas brotan decálogos ambiguos y voluntariosos, de pronto uno se pregunta si vale la pena recurrir a todo eso para agitar la niebla que envuelve al mundo literario, o para remover el aire que respiramos los escritores, atrapados de pronto —el arte de la fuga es poco conocido— en una habitación llena de recelos y pequeñas ideas.
“Atrapados de pronto” es un modo de decir. Porque ese hecho ni ha ocurrido de súbito ni dura un momento. Por lo demás, el arte de la fuga es bien complejo. Reparemos en lo que señaló Tucídides: «Ser feliz significa ser libre, y ser libre significa ser valiente». O sea, el origen de todo está en la valentía. Hay que ser valiente para aislarse de la mezquindad, pongamos por caso. O, sencillamente, para no ser mezquino. Hay que ser valiente para conseguir lo que uno quiere: una voz propia. Hay que ejercer la valentía para abrir esa habitación y, ya afuera, dejar que la puerta se cierre a nuestra espalda.
Me dijeron (William Blake) que intentara ser independiente.
Me dijeron (Dulce María Loynaz) que huyera de las modas y las frases hechas.
Me dijeron (Ezequiel Vieta) que aprendiera la lengua de una gran literatura para no depender de traducciones.
Me dijeron (Miguel Collazo) que soy un pagano. Los diccionarios que tengo a mi alcance asocian lo pagano con la irreligiosidad, la inclinación al politeísmo, el fetichismo supersticioso, el escepticismo. Debe ser cierto: suelo blasfemar, creo en lo sagrado como un idólatra, pienso en la sustancia del Espíritu Santo (una especie de coloide ligero, movedizo, de índole seminal), admiro la Belleza como condición que no necesita de ninguna otra y desconfío del buen futuro de casi todo (especialmente las utopías sociales, que me parecen artificios llenos de embaucamientos).
Una de las maneras de ser independiente consiste en mirar al pasado desde un punto en que ese pasado sería un después tan posterior como el porvenir. O sea, colocarse uno imaginariamente en la anterioridad de ese pasado, de modo que todo no sea más que un conjunto de futuros mediatos e inmediatos.
Uno podría, al mismo tiempo, ser clásico y moderno.
O romántico y realista.
O entender por qué el carácter terrenal de la Gravedad no tendría por qué oponerse al carácter aéreo de la Gracia.
A consecuencia de percibir el costado ilusorio de los hechos y el tiempo, y de dudar metódicamente, tiendo a ser un budista cartesiano.
Hay escrituras que me enseñaron casi todo lo que sé o podría saber. Escrituras clásicas y modernas. Llenas de Gravedad y de Gracia. Escrituras inseminadoras. Cargadas, pues, con la sustancia del Espíritu Santo (la santidad es, en su origen, una condición que se refiere a lo vital, porque si algo trae vida es santo). Veamos:
En efecto, las listas se han puesto de moda. Bienaventurados aquellos que no las necesitan.