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Las hermanas Villar Buceta: un olvido injusto para una modestia tal vez exagerada

Marilyn Bobes, 09 de noviembre de 2011

La modestia de ciertos y pocos escritores y escritoras no es una cualidad que contribuya a su inclusión en esos tan traídos y llevados cánones que muchas veces privilegian los desesperados esfuerzos de reconocimiento de otros autores en busca de una amplia red de plataformas críticas y publicitarias.
 
De esta manera, cuando hablamos de los y las olvidadas en una tradición, tendríamos que tener en cuenta, además de otros factores, la timidez y el retraimiento que puede haberlos conducido a una labor íntima y silenciosa, a veces ni siquiera respaldada por la publicación en libros. De esta manera, figuras valiosas son despojadas del espacio que merecen en la historia de su literatura, la que también, justo es decirlo, reduce a algunos intelectuales los afanes sociopolíticos de su época, poniendo en segundo plano, la obra innovadora y original que fuera realizada en silencio y al margen de las luchas civiles. Entre nosotros el caso más connotado sería el de Rubén Martínez Villena, todavía subestimado como el gran poeta que fue, y pudiera ser el de Aurora y, en menor medida, María del Carmen Villar Buceta, las hermanas que nacieron en Pedro Betancourt, provincia cubana de Matanzas, cuando el Ejército Libertador de las guerras de independencia era disuelto y la naciente República cubana quedaba a merced de la intrusión estadounidense, dando lugar a lo que muchos historiadores han llamado la seudo República.
 
Es lamentable que tampoco la participación de estas luchadoras revolucionarias y escritoras en el acontecer histórico de los primeros años del siglo XX haya sido suficientemente destacada.
   
Conocí la existencia de María mucho antes que la de Aurora. Mi conocimiento de esta última, tiene apenas un lustro, cuando la ensayista e investigadora Luisa Campuzano me recomendó que revisara su obra para una antología de cuentistas que el Instituto Cubano del Libro me encomendó realizar con motivo del 50 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana. Y confieso que hasta entonces era para mí una absoluta desconocida.
  
Entonces tropecé con el volumen de 1988 La estrella y otros cuentos, publicado por la Editorial Letras Cubanas y seleccionado y prologado por la fallecida pionera de los estudios de género en nuestro país, Susana Montero, quien, según supe después, acudió a Zoila Lapique para recopilar los innumerables relatos dispersos en publicaciones periódicas y adentrarse, al menos someramente, en la personalidad de la hermana menor de aquella María. Aunque algunos de sus poemas ya los había descubierto cuando me iniciaba en los avatares de la poesía en escasas antologías que la incluyen, sin comprender aun lo que tenían de novedosos y sui géneris en la época crucial en que fueran escritos.
  
Para preparar la intervención que me fuera solicitada por la Fundación Alejo Carpentier sobre un ciclo de conferencias dedicado a escritores olvidados de la República, la falta de valoraciones críticas y bibliografía pasiva sobre estas escritoras me hizo reflexionar en los motivos por los cuales, María y Aurora apenas son recordadas siquiera en las revisitaciones que las investigadoras dedicadas a los problemas de género realizan actualmente en nuestro país.
  
La realidad es que de María, nacida en 1899 y alabada en su época por estudiosos como Max Enríquez Ureña e intelectuales como Rubén Martínez Villena, Raúl Roa o Emilio Roig de Leushering, se guardan apenas en contadas bibliotecas su insólito poemario Unanimismo y la importante selección de sus textos que realizara Helio Orovio, en 1979, dos años después de la muerte de la escritora María Villar Buceta: Poesía y carácter, donde aparecen, además de su emblemático libro de 1927, poemas inéditos de 1959 a 1976 y trabajos en prosa, así como valoraciones y opiniones sobre su vida y obra.
 
Los cuentos y poemas de Aurora —con excepción de los que aparecen en la antología de Montero— están todavía dispersos en publicaciones periódicas del primer tercio del siglo XX y su único manuscrito posterior a 1937, titulado Cielo de Piedra, no fue suficientemente bien conservado por su autora, quien se negó a publicarlo y terminó encontrado a su muerte, devorado por las trazas.
  
En definitiva, estas dos hermanas, cuya modestia tal vez un poco excesiva ha sido quizás la causa del su olvido, no deben ser pasadas por alto cuando de importancia en la literatura cubana se hable.
 
Ellas esperan todavía por una mirada más atenta de nuestra crítica y de nuestras editoriales, quienes deben a las nuevas generaciones un legado opacado por los falsos esplendores de la mundanidad que hicieron a otros privilegiados, en detrimento de los que, como María y Aurora Villar Buceta realizaron una obra no «para lucir encantos en escenarios de marfil», como diría el poeta galés Dylan Thomas, sino que optaron por un trabajo auténtico, callado y siempre al servicio de los demás.