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Diversiones, inversiones, perversiones
(Parte I)

Alberto Garrand?s, 22 de noviembre de 2011

Lo que no se nota muy bien, dentro del juicio literario, es el contexto. Si el juicio literario está demasiado apegado a la obra, si la obra lo subyuga, lo somete —y así debe ser—, apenas veremos nada del tiempo ni del espacio que rodean al juicio, a no ser que el propio autor declare algo en ese sentido. Cuando Camus nos revela que Wuthering Heights es una de las grandes novelas de amor porque acaba en el fracaso y la rebelión, sólo sabemos (en principio) que se trata del gran Camus en estado de gracia, luego de haber leído una novela que se entiende muy bien con la resurrección en el infierno (y créanme: hay muy poca literatura en este mundo, a partir de La Odisea, capaz de dialogar, desde un lujo genuino, con la muerte, el infierno y la resurrección posible).

Al seguir la lógica, un tanto difusa, del razonamiento anterior, y suponer que a La Habana podría tocarle, a ratos, el derecho de ser la capital del desacato, la artimaña y el talento penetrador, cederé a la tentación de explicar. Explicar quiere decir desplegar. Desplegar —un mapa, una vela— quiere decir, acaso, poner en movimiento.

Veamos:

Noches áticas, de Aulio Gelio. Extraño rizoma de compendios. Desde sentencias imperiales hasta las distintas palabras con que, en la Antigüedad clásica, se aludía al color rojo. Prosa fragmentaria, entre lo sutil y lo estrambótico.

Vidas de los Césares, de Suetonio. La construcción general de un personaje arquetípico: el César. Maneras disímiles, pero bien articuladas, de contar una vida. Suetonio sabía cómo atrapar la esencia de un personaje y una vida singulares.

El Satiricón, de Petronio. Con la historia de la matrona de Éfeso y otras que se acercan a la gran mesa de Trimalción, Petronio dibuja la orgía del poder y el poder de la orgía. La mitad de la literatura sexualizada es copia de copias, pero la otra mitad mira hacia El Satiricón.

La Celestina, de Fernando de Rojas. La única obra de teatro, en español, que puede ser leída como un breviario de sensualidad y como una novela picaresca donde hay una historia de amor incapaz de disimular la preeminencia (muy renacentista) del sexo.

Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. Libro sabio, de esos en los que se confunden ciencia y poesía, superstición y comprobación. Un tejido magistral de lo raro y lo misterioso, donde la enfermedad se hace lenguaje, mito y examen del amor.

On Poesy or Art, de S. Taylor Coleridge. Un ensayo eminentemente romántico sobre la condición metafórica del arte visto como totalidad. Un ensayo filosófico con ideas “viejas” siempre nuevas.

Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes. El romance como género intermedio, apto para la exageración y las tramas bien volumétricas, donde las aventuras supernumerarias (pero deliciosas y “aprovechables”) y el relato de amor se desenvuelven en lo mítico y lo simbólico.

Los cuentos de Edgar Allan Poe. Poe toca un límite de saber literario acumulativo, pero también conforma una especie de teoría moderna de la sensibilidad. Sin Poe, la literatura posterior sería de una pobreza inimaginable.

Las flores del mal, de Charles Baudelaire. El libro de versos más indócil e inseminador del siglo XIX. Encierra un programa de vida en el arte —y de vida en la vida— que aún posee aliento y fortaleza comprobables.

Vathek, de William Beckford. El más exquisito de los extravagantes, el más lúcido de los amantes del Oriente misterioso, Beckford, hombre sin fronteras de ninguna especie, para colmo tenía demasiado dinero y rindió culto a la belleza y los placeres más letales. Aunque Vathek parece salido de las nupcias de Las Mil y una Noches con las ficciones de Voltaire, no es menos cierto que en sus páginas ya están prefiguradas zonas muy importantes de Poe, Baudelaire y Lautréamont.

Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud. La blasfemia bíblica, en manos de un gran poeta, solo podía inclinarse hacia la conformación de un imaginario lleno de sapiencia moral, horror por la hipocresía, ira, y devoción por la belleza.

Heart of Darkness, de Joseph Conrad. Algunas veces he leído la obra de Conrad (y Poe) en inglés, y la experiencia resultó fascinante. Lo único que venía a mi mente era intentar, cuando pudiera, escribir con la temblorosa serenidad de su estilo.

Al revés, de J. K. Huysmans. Una novela sobre la seducción del artificio y la capacidad del arte para producir vida artística. Hoy hablaríamos de un tipo de “vida performática” carente de intenciones de conformar un documento para el arte. El protagonista de Al revés no posee esa intención y se entrega al artificio desde lo muy vital. Luego de leerla, Oscar Wilde hizo de ella su credo.

Wuthering Heights, de Emily Brontë. Un mito de la literatura sentimental donde el romanticismo literario incorpora, definitivamente, la tradición gótica. Heathcliff y su amor han representado, desde siempre, un absoluto. Ese absoluto es insuperable.

Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Este es uno de los libros más avasalladores que he leído. Al transcurrir en un espacio poblado por brujas sensuales y muertos resucitados, y utilizar la técnica de la historia dentro de la historia, se constituye en un mundo adherente y único.

Confesiones, de J. J. Rousseau.  Lo más significativo y beneficioso de las memorias de Rousseau es que, además de regalarnos momentos perdurables, de una gracia que el tiempo no borra, son un monumento a la sinceridad confesional, a la llaneza y, por supuesto, a la necesidad constante de entender la propia existencia.

Laocoonte, de G. E. Lessing. Cuando terminé de leer este ensayo, hará cerca de treinta años, comprendí que no debía angustiarme por haber “separado”, en mi vida, dos vocaciones coincidentes: la de la pintura y la de la poesía. Lessing me mostró que la comprensión espacial o descriptiva de un instante vale tanto como comprender la transición de un hecho en sus varios estados. A partir de entonces he vivido contemplando la fijeza y el movimiento del escudo de Aquiles.

The Realities of Imagination, de J. H. Leigh Hunt. ¿Cuánto vale intuir el misterio de la lectura?

Moll Flanders, de Daniel Defoe. Alguna vez, a fines de los años ochenta, quise escribir una novela ambientada en el siglo XVIII inglés. Recopilé mucha información, indagué sobre el tipo de mobiliario que solía usarse en las casas aristocráticas, investigué los colores que preferían las damas en sus vestidos, y guardé muchísimos otros detalles. Cuando leí Moll Flanders abandoné el proyecto. Además, solo por amor se entregaría una mujer tan valiente y tan llena de pecados. Conclusión (para uso privado, que nadie me haga caso): una novela histórica solo alcanza la grandeza literaria si nace en la concepción e invención de un gran personaje con una gran vida, no así en la reproducción de determinadas atmósferas y entornos. Ojo: cuidado con los personajes históricos. Si la vida de alguno de ellos es novelesca de modo natural y puede ser contada por medio de un gran reportaje originado en la investigación periodística, ¿para qué, entonces, escribir una novela? La literatura está en otra parte, o en otra dimensión.