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Diversiones, inversiones, perversiones (Parte II)

Alberto Garrandés, 02 de diciembre de 2011

El problema de la novela histórica consiste en que, para acceder a lo artístico, o lo propiamente literario, deberemos, con ella, llegar a la intrahistoria. No basta con describir del olor de la pólvora ensangrentada durante la ejecución de los defensores de Madrid, el 3 de mayo de 1808, de acuerdo con el célebre cuadro de Goya. Sin embargo, ¿bastará un diálogo —histórico, acaso epistolar— entre Goya y la duquesa de Alba? Puede ser. Aunque igual ese podría constituirse en un diálogo presumible dentro de una narración presumible. El secreto, supongo, se halla en la articulación sorpresiva de lo presumible con lo impresumible, como hizo Lino Novás Calvo en El negrero, su biografía novelesca de Pedro Blanco Fernández de Trava. El secreto también está en seguirles el rumbo a algunos soldados franceses perdidos en la Sierra Morena, cuando están a punto de encontrarse con los ahorcados vigilantes, las brujas, o con el loco Pacheco, náufrago de aventuras horribles dentro de lo sobrenatural, según lo que nos relata Jan Potocki en su libro incomparable.

Pero sigamos con el desbrozamiento minimalista de mi repertorio. Ellos (el repertorio en sí mismo y su desbrozamiento) solo tienen sentido para mí, para lo que sería mi tradición personal, y, desde luego, para mi literatura. De lo cual se deduce que estoy, en estos momentos, cultivando una prosa ensayística absolutamente confesional cuya utilidad reside, si acaso, en la poiesis que emana del repertorio en sí mismo, y, probablemente, en el acto de prescribir esas lecturas.

Veamos:

Los cuentos de E. T. A. Hoffmann. Lo mejor de las historias de Hoffmann se encuentra en el lazo que él promueve entre el conflicto de lo supuesto con lo real, y la extrañeza de ciertos gestos, actos y personajes. De los escritores clásicos del pasado, Hoffmann es el único maestro genuino del sobresalto que producen las cosas cuando parecen lo que no son, o cuando son lo que no parecen.

Las afinidades electivas, de J. W. von Goethe. Novela a primera vista romántica, de pronto se vuelve simétrica —temerariamente simétrica y hasta psicologista, debido a ciertas líneas de conexión de los sentimientos— para después regresar al aura romántica. Una de las pocas narraciones europeas donde, de un modo sabio, lo sentimental se hace materia de cálculos, expectativas, pesos y contrapesos. Pero Goethe, ¿no constituye aún, dentro de la cultura alemana y de Europa, un singular arquetipo del sabio? No por gusto estaba absolutamente convencido de la inmortalidad de su alma...

Songs of Innocence and Experience, de William Blake. Cuando cumplí 26 años, el mejor regalo me lo hizo Ezequiel Vieta: una edición Modern Library Giant —Random House, 1946— de las poesías completas de John Donne y William Blake. Yo conocía el tigre de Blake, criatura que él mismo describía como un brillo abrasador. Pero nada más. Y después de aquel día supe que Blake hablaba y aconsejaba, con la simplicidad de las metáforas primordiales, acerca de un universo cotidiano acaso inmutable.

La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne. La naturaleza satánica de la culpa nace, a veces, en la raíz instintiva del amor. Las personas que saben dicen que el amor detiene su marcha solo ante el sufrimiento de los demás. Pero las personas que saben mucho aseguran que el amor, si es verdadero, arrasa con todo.

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Cuando se originan en el ingenio exaltado o en un tipo de imaginación que no oculta su índole moral, las simetrías literarias suelen producir obras grandes. Lo simétrico supone la existencia de un método. Para los antiguos griegos, método o methodós significaba camino. Y el camino de Wilde lleva de la fría inmovilización de la existencia a la cálida reanudación de la existencia, pero en el interior del artificio. El retrato envejece, no así Dorian Gray. El pintor arrebata la vida al personaje —vida entendida como transcurso y suceder— y la pone a circular en una tela que es el espacio donde, con el envejecimiento, se acumulan sus desmanes y vicios. Dorian Gray permanece, así, intacto. Su única arma (no necesita otra) es la Belleza, que no le rinde cuentas a nadie. El procedimiento que antecede al de Wilde es el de Poe en “El retrato oval”. El artista de Poe elabora una imagen monstruosamente vívida. O sea, una imagen tan perfecta en su captación de la vida, que se lleva consigo, arrebatándoselo, el hálito vital de la modelo. La novela de Wilde es una experiencia literaria irrepetible que, para hablarnos de modo lateral de las relaciones entre el arte y la vida, interroga resueltamente la ética de lo bello y de lo sublime.

Cantos de Maldoror, de Lautréamont. Este es uno de los libros más turbadores que he leído, pero también uno de los más inconexos y delirantes. Al ser la mezcla de un ensueño sobre el mal, una vigilia deseosa de supremacía en la realidad interior, y una alabanza de la libertad absoluta, es posible intuir cómo Lautréamont se entregó a un tipo de figuración exclusivamente alimentada por los extremos de la metáfora.

The turn of the screw, de Henry James. Este escritor creó, para la narrativa moderna, lo que podría llamarse el flirt internacional, la aventura amorosa cosmopolita. Sin James no tendríamos norteamericanas languideciendo por algún caballero británico, en el sensualismo meridional de una ciudad italiana, ni sucesos escrupulosos y ambiguos como los que se anudan en esa neogótica novella que difumina los límites entre lo perverso, lo erótico y lo fantasmal. Cuando le dije a José Rodríguez Feo que yo disfrutaba mucho las piezas breves de Henry James —El altar de los muertos, Los papeles de Aspern, entre otras—, me advirtió que ellas no eran lo mejor de su arte. Hoy, veintitantos años después de ese breve diálogo, me parece lo contrario.
 
Farabeuf, de Salvador Elizondo. El asunto de la discontinuidad del relato en prosa tiene mucho que ver, como es obvio, con eso que podríamos llamar las pulsiones de un fábula invisible. Farabeuf, también llamado Crónica de un instante, es un libro muy extraño, pero también alcanza a ser un relato imposible que solo pervive en la mente hipersensibilizada de cierto lector. Elizondo prefiere, supongo, ser leído por esas personas capaces de entregarse a la fascinación del mal, a las fronteras más oscuras de lo erótico y, claro está, a ese orbe impalpable donde el amor adquiere otra intensidad en el padecimiento, la locura, el sinsentido y la ausencia. En lugar de autor de relatos, alguna vez he sido autor de instalaciones narrativas, y tal vez la sombra de Farabeuf fue lo que me acompañó en esa aventura.
   
En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft. El genio de Lovecraft lo contamina todo sin que sepamos bien cómo. La literatura neogótica, por ejemplo, es hoy por hoy uno de los territorios más contaminables y siempre estaría, a mi modo de ver, un paso más atrás de esa sorpresiva red de formas que subsisten en el mundo de Lovecraft. Yo había leído muchos relatos suyos antes de tropezar con En las montañas de la locura, pero cuando entré en esa historia donde se cruzan Edgar Allan Poe y Julio Verne, comprendí que la esencia de Lovecraft es la de un horror que siempre puede aumentar y renovarse.