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Isla de Juana Rosa Pita

Virgilio López Lemus, 10 de diciembre de 2011

Exilio no es solo nostalgia, mirada dolorosa de la vida y ni siquiera siempre negatividad ante el hecho de lo que se abandona. Un poeta que se va de su patria bajo circunstancias que no acepta para vivir, puede hallar en su nuevo entorno maneras de conservar la identidad natural de su ascendencia nacional y a la vez contribuir a la belleza de la aprehensión del entorno que ha dejado solo como hábitat, no como amor, a cuya cultura puede ofrecer contribución hermosa.

Tales puntos de vista nos permitirían conocer mejor el entramado lírico del aparentemente muy sencillo poema versolibrista de Juana Rosa Pita (1939), «Carta a mi Isla», con el que ella se suma al canto a Cuba, a su naturaleza y a su identidad nacional y cultural. Si bien su fundamento compositivo parte de la elegía, de lo que ha dejado detrás de sí y de la nostalgia que este hecho entraña, no puede decirse que el poema se aferre a un sentimiento de desarraigo o de aprehensión negativa de la distancia de un mundo suyo no olvidado.

El poema es sencillo en su expresión conversacional, formado por unos veintisiete o veintinueve versos libres de la métrica convencional, según se cuenten dos de ellos que pueden ser líneas aparte o continuación de la línea versal precedente. Cuatro agrupaciones a manera de estrofas están marcadas por un ritmo unitario, armado por palabras bisílabas o a lo sumo cuatrisílabas más bien por excepción y un vocabulario corriente sin enrevesamiento barroco de imágenes o de lenguaje. Cuando escribe este poema, Juana Rosa Pita llevaba unos veinte a treinta años de exilio a partir de 1961, de modo que podía sentir «la herida del tiempo» y dar más que testimonio, fe de ella, pues el poema tiende a ser más confesional y emotivo que testimonial y objetivo. Su «mensaje» es a veces simbólico, no acude a un realismo estricto, sobre todo cuando dice: «Lejos de ti la sed y el hambre / no se sacian / con halagos de frutas y chorros de agua…» La sed y el hambre de la isla es espiritual, es una sed nostálgica que no está subrayando ni arrepentimiento por estar distante, ni búsqueda de cercanía física, pues la cercanía es de identidad, y la lejanía es también un acorde de espíritu: «lejos de ti es dentro del pozo / vacío de los sueños».

Lejos, lejos es la palabra que se reitera, una suerte de leit motiv o convergencia triste más que mero lamento. El poema no asciende o desciende a dimensiones de otro corte: política, económica, epistemológica, ni siquiera es un planteamiento ontológico, pues el ser, el sujeto lírico, reconoce su identidad ligada a esa «isla», y si bien no entona una oda, el lirismo elegíaco tampoco se constituye en quejido lastimero. Sobrio en su sencillez, complejo en su emoción, la poetisa apela al recuerdo, al «paraíso perdido» que es la infancia dejada allá, en la «isla», en un ayer irrecuperable, y que se resume en una vida posterior como una ironía, un «garabato tierno» (bellísima imagen descubierta por Juana Rosa Pita, que trasciende lo metafórico en su enorme sentido de resumen emotivo).

Ella no intenta el poema neorromántico a la manera de una Pura del Prado, cuyo «Monólogo de una exiliada» («Miami se parece a Cuba / pero no tiene yényere»), sostiene algunos puntos sensibles de cercanía con la «Carta a mi Isla». Juana Rosa Pita alcanza a expresar su emotividad sin rebuscamiento o énfasis declamatorio. El lenguaje conversacional le sirve para que el halo confesional del texto no se convierta en un planto, en un poema-protesta. Ella ha logrado arte de la palabra tejida con finas redes, delicadamente dicho su interés lírico esencial, con cuidado sumo en las connotaciones de lo que expresa, en la sinceridad de su palabra.

Sincero, emotivo, sencillo, confesional, ¿qué hace de este poema la pieza antológica que de hecho es? Creo que la respuesta la ofrece la elaboración estilística del conjunto, su sobriedad apasionada, si cabe esta sutil contradicción, pues en ella hay esencia artística muy bien graduada: la poetisa se expresa con pasión, pero las palabras de esa pasión se reúnen finamente, cuidadosamente, sin estridencias, sin grito, no es tampoco un susurro, la voz del sujeto lírico es firme y clara, pero los arabescos compositivos, imágenes, metáforas, símiles, elegancias del lenguaje y hasta sutiles alegorías, en suma, la parafernalia tropológica que emplea con tanta sutileza como naturalidad, conceden una elevada terminación estética al conjunto expresivo. Es uno de esos poemas que tienen un no sé qué que queda balbuciendo. Al leerlo, deja resonancia. ¿Qué mejor expresividad puede tener una obra poética tan precisa y cautamente armada?

Otros poemas hermosos ha escrito la autora, incluso dentro del conjunto Crónicas del Caribe (1983), de donde procede el texto. Pero «Carta a mi isla» puede fijar su nombre entre los no tan numerosos poetas de una Isla cargada de poetas, que han logrado al menos un poema de rigurosa antología. La lejanía no puede estar mejor definida en menos palabras, ella es: «una paja / en el ojo simbólico del cielo». Asombrosos dos versos que tanto dicen, para cerrar un breve poema, cuyo resultado ideoestético supera la sola carga eficiente emotiva.

«Carta a mi Isla» es un eslabón central en el espacio literario cubano del exilio, es un aporte a la poesía de Cuba, y ya sabemos que Cuba tiene en la poesía una de las maneras distintivas de su identidad como Nación. No se mencionan allí, en el poema, las palabras «Cuba» o «Patria», ¿para qué? Pero tampoco se les sublima, ellas quedan pendientes del lenguaje, son palabras del trasfondo del cuerpo textual. Los hilos de la fineza las comprenden y las exaltan.  Estará orgullosa de su poema Juana Rosa Pita.  

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