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Del Cucalambé a Rufina

Virgilio López Lemus, 18 de febrero de 2012

Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo (1829-1862?), conocido como El Cucalambé, no suele aparecer en las grandes antologías de poesía cubana. Los eruditos lo omiten, como casi siempre hacen con toda composición en décimas, podría parecer que incluir poemas en esta estrofa, fuese un descenso de algunos peldaños en la Santa Cena de la poiesis. Este mal podría ser por ignorancia o por prejuicio, y cualquiera de las dos razones excluyentes cercena hitos de la cultura nacional, eleva la cota lírica a espacios en los que la identidad no se puede sentir orgullosa del acto poético popular. La «alta poesía», para mí, es aquella que nos entra (o nos brota) por el sentimiento, los sentidos o el intelecto, o por todos estos medios receptivos unidos. Y en ello no debe haber discriminación en nombre de principios estéticos elevados o de «universalidad» mal comprendida. Por supuesto, hablamos de poesía, no de apuntes en versos.

«A Rufina. Invitación segunda» es un fino ejemplo de poesía amatoria no cortesana, sino agreste. El poema está compuesto por diez décimas, que naturalmente incluyen cien versos octosílabos, es un obelisco lírico, una columna de versos al amor de una mujer que habita los campos de Cuba, envuelta por un paisaje arbóreo, lleno de elementos pintorescos.

Más que un poema bucólico, en verdad El Cucalambé quiso hacer una oda, pero como es habitual en su poesía, comienza por detallar el espacio en torno: octubre, se han atenuado los calores del verano por la lluvia, la tierra «se cubre / de bellas flores fragantes»; el río lleva una corriente amplia y a su vera los jobos «se ven  boyantes». En este sitio un poco arcádico, «el guajiro en su bohío / canta con dúlcido afán»… Pudo decir «lúcido afán» o incluso «lucido», pero dice «dúlcido» y la rara palabra (¿simbiosis entre dulce y lúcido?) nos contextualiza hacia el canto melodioso, de amable acento, seguramente un «punto guajiro».

Tras esta presentación, aparece Rufina. El poeta quiere conquistarla, y comienza por enumerar lo que tiene en su estancia: anones, piñas, guayabas, mameyes… Se ofrece una fiesta al paladar campestre. Tras esto, el poeta invita a su dama a una excursión, una gira guajira, trotando en sendos caballos, para ver palmares y cañaverales, y con simpática exageración le dice que «contemplarás los boniatos», seguramente usando una metonimia, puesto que no podría la bella Rufina verlos bajo tierra, pero sí admirar los boniatales floridos, y con sus hojas verdes y morada darse un regalo a la vista. Rufina vería en el grato paseo ciruelas amarillas, campanillas blancas en las orillas del río... De regreso, la doncella cortejada recogerá en el sombrero del galán los huevos del gallinero, y para él convencerla más, le dice tiernamente: «ven, chinita, que ya empieza / a madurar la guayaba».

Virgilio tropical, Ovidio de los campos, El Cucalambé impregna a su poema de amor de una plena cubanía, el entorno no solo es paisaje sino también identidad: «Si a caminar te sonsaco / por las riberas del río, / contemplarás, ángel mío, / lindas vegas de tabaco.» Términos cubanísimos, como el «chichiguaco», comparten espacio con otros como «ingenio» (central de producción azucarera), y no dejará de rozar la injusticia social: «Y allá en los cañaverales / has de oír, aunque te inquietes, / fuertes golpes de machete, / voces de los mayorales.» Ese aunque te inquietes trae la sutilísima protesta cucalambeana. Pero no pasa de allí, él quiere enamorar a la moza y no asustarla: le enseñará los cafetos, donde descansarán a la sombra de uno de estos árboles preciosos, mientras el poeta canta a «tus ojos bellos, / tus encantos soberanos, / y te estrecharé las manos / y besaré tus cabellos.» La delicadeza implica armonía, sentido edénico, y tras la alegre corrida campestre, regresarán los jóvenes «cantando versos cubanos».

Ya en casa, el poeta cubre la pasión amorosa con un velo: «A mi casa volveremos. / Allí mil cosas haremos / que quedarán inter-nos». La graciosa manera con la cual él muestra su discreción y respeto por la amada, cierra con un descanso «sobre rústicos asientos», pero ambos culminan de manera muy cristiana y llena de amor a Cuba: «Bendeciremos contentos / a nuestra Patria y a Dios».

«A Rufina. Invitación segunda» es una de las más bellas canciones campestres cubanas. Claro que ha sido largamente cantada por medio del punto cubano a lo largo del país. Cientos de personas las han declamado de memoria, goza de aceptación por su singular belleza y su sentido explícito del paisaje y sus dones, mientras que lo que implica la unión de la pareja queda más implícito: es un gran amor, pero sencillo, natural, inmerso en la vida agreste, rodeado de la poesía de las circunstancias.

Quizás «Hatuey y Guarina» haya sido más popular. De mi infancia recuerdo dos marcas de helados (¿quizás del mismo propietario?) que competían con esos nombres. Es una alusión directa a los primitivos habitantes de la Cuba precolombina y por ello el poema en décima suele ser antologado en la llamada Poesía Siboneyista, aquella que Samuel Feijóo designó como una de las primeras «escuelas cubanas» de poesía, junto con el Criollismo, en el cual encaja mejor «A Rufina. Invitación segunda». Desde que leí de manera integral la obra lírica del Cucalambé (que no fue solo un poeta en décimas, cosa que a veces no se conoce bien), preferí este segundo poema por su agreste delicadeza, su cubanía explícita y a la vez sutil. Claro que Cuba no es solo paisaje y frutas, pero El Cucalambé quiso decorar al amor, y no debe haber sido programático ese sentido externo de expresarse mediante el flujo de la naturaleza gratificante.

Lo externo está más bien en la dosis ideológica del texto, que se precisa mejor en los dos últimos versos citados, cuando se refiera a la Patria y a Dios. Hablar de patria en el momento en que El Cucalambé lo hizo, pudo parecer a las autoridades colonialistas españolas un poco subversivo, lo cual queda atenuado mediante la fe. Es un lema hispánico, no reñía con los estamentos proespañoles y contra las autoridades de la Colonia; no obstante, El Cucalambé identifica a lo largo del texto a esa Patria, en tanto Dios solo aparece allí, al final, como cierre necesario, como posible rompevientos.  Sin embargo, este no es el asunto lírico, que se centra en el amor de un guajiro por una joven, a quien engalana con elogios indirectos, pues siendo ella una cubana, la exaltación del medio ambiente la calza y la enmarca.

«A Rufina. Invitación segunda» no es una obra maestra, no es un hito de alto vuelo dentro de la lírica cubana, pero logra compaginar con sapiencia la oralidad con la escritura, aunque sea esta última la decisiva en el texto. Su valor literario consiste en esa fineza que le ofrece al conjunto calidad y cualidad poéticas. Lo que un texto de esta naturaleza dice, casi seguro que no puede ser colmado con igual naturalidad dentro de otro estéticamente más ambicioso. Y no «disculpo» al Cucalambé: él no se propuso excelsitud, sino cantar a la naturaleza y a la gente inmersa en ella. Es un rasgo decisivo del romanticismo, de manera que el poema también resulta ejemplo para tal corriente lírica del siglo xix. Ingenuidad o más bien candor, limpieza de ánimo y amor no precipitado, forman un conjunto de fugacidad y encanto, como si viéramos un cuadro de época.

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