Kashmir
A la oscura Señora de las Profundidades,
pobre en amor, ansiosa de luz.
Casi todo lo que debo o tengo que decir de Kashmir se encuentra en estas mismas páginas, bellamente impresas —con una devoción que casi no existe ya— por Ediciones San Librario y Álvaro Castillo Granada, hombre inusitado, amigo leal, como los buenos amigos, y una mente hipersensible que ha sido capaz de escuchar, con entusiasmo impávido, mi deseo de que este libro fuera como es: cuadrado, entre ocre y sepia, con unas tipografías específicas y con imágenes que debían ser precisamente las que ven ustedes aquí.
Kashmir brota de un fervor que ha devenido cultural, entre la mística refinada del Oriente, la sensualidad dieciochesca de Occidente —de la Enciclopedia a la aristocracia vencida, y de allí a los sueños del libertino—, y un tipo de experiencia personal sublimada. "Kashmir" también es la célebre canción de Led Zeppelin, grabada por Robert Plant y Jimmy Page en los años 90, para el DVD No Quarter, en compañía de un ensemble egipcio-marroquí de percusión y cuerdas y de la Orquesta Metropolitana de Londres.
Con respecto a la emulsión multicultural que existe en mi sangre, Kashmir es, pues, un análogo a partir de la música y la literatura.
Yo no soy un poeta en el sentido profesional. Ni siquiera lo soy para mi propia obra, aun cuando las generosas intuiciones críticas, tan nobles y distinguidas y entrañables para mí, de Jesús David Curbelo, en la presentación habanera de Kashmir, y las de Pedro Manuel González Reinoso, en la presentación hecha en Santa Clara, me hayan colocado entre poetas, dignidad poética y poesía. Por eso los invito a ustedes a juzgar Kashmir como una estación fugaz, transitoria; un estado de lírica, una excepción. Una especie de enfermedad deleitable cuyos síntomas tienen un pasado de 20 años, cuando empecé a escribir este libro en inglés, influido por mis lecturas de Coleridge, Shelley y Keats, a fines de 1992. Después vino la escritura más o menos como se encuentra hoy, y vinieron las revisiones, las versiones, los cotejos, la edición propiamente dicha... hasta que de nuevo apareció el misterio.
Porque cuando escribía estas palabras que leo ahora, reencontré una misteriosa fotografía de hace 30 años, donde mi esposa, en blanco y negro, toca las puertas de una tipología femenina muy singular. En esa foto está más bella que nunca, y en su mirada hay un enigma absorto, casi sacramental, que mantiene su lozanía. Y de pronto, al observar otra vez ese rostro, con ese peinado y esos tonos de penumbra gótica, me di cuenta de que allí existía una conexión con el casi silencioso entusiasmo que en ella habían despertado las metáforas y las visiones de Kashmir, cuando leyó por primera vez el libro a fines de 2008, y después, cuando hizo mi fotografía (la que se utilizó en esta edición) y revisó las artes finales que Álvaro puso en sus manos en su condición de correctora.
Alguien me dijo una vez, nunca con mejor certidumbre, que todos mis ideales sublimados desembocan en una sola persona. Ella es esa persona, sin duda, ya que es en ella en quien encarna la Alta Dama de mis Pensamientos y donde habita el compendio de mis seducciones. Por eso los razonamientos que hablan del Poeta como hombre que renuncia al Amor y lo pierde no son más que aseveraciones presuntuosas y poco menos que tontas. El Poeta como sujeto que va y viene por las páginas de Kashmir, dialogando con su cuerpo y con otros cuerpos, no es sino un hombre que regresa a su verdadero e impar destino, que se halla justamente en la única presencia que está fuera del libro.
Hay momentos de la vida que, al cabo, solo sirven para ser transformados en literatura, y hay otros momentos que son precisamente la vida. En la literatura, vale decir en Kashmir, perviven solo sombras: un hoplita desnudo, una lady Murasaki que no es sino piel, vestidos y cultura, el Kubla Khan de Coleridge, el Endymion de Keats, un gladiador andaluz, Giordano Bruno y otros. Todos son fantasmas errantes por los desiertos de Arabia o por los corredores de algún Palacio del Silencio.
Mi agradecimiento total a Álvaro Castillo Granada.
Mi agradecimiento a Pedrito RR, por sus palabras.
Y que la mirada y la protección de mi Alta Dama sigan acompañándome, hasta siempre.