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No, no es un tratado sobre el clítoris

Alberto Garrandés, 19 de marzo de 2012

Cualquier aproximación sensata y legítima al asunto del cuerpo, el sexo y el erotismo en la cultura, y específicamente en la literatura, pasa por una especie de sinceridad desconcertada en la que la identidad personal acaba por ponerse en manos del lenguaje.

La lengua impregnada es, en tanto libro, el resultado de ese proceso. Como acto público existe gracias al rompimiento de la masa crítica que algunos escritores creemos ver en el cúmulo de nuestras reflexiones. Hace aproximadamente un año hice un alto (una pausa virtual) en mis escrituras sobre el sexo y el cuerpo, lo mismo las ensayísticas que las ficcionales, y me dediqué a ordenar, sistematizar y reestructurar todo. El resultado es este.

Tal vez sea mi libro más complicado porque es el ensayo donde más rupturas he hecho en relación con la manera de exponer mis ideas y con las formas más usuales de un género ya altamente contaminado.

Lo que tengo que decir de este libro, lo específicamente reservable para un momento como este, la primera vez que La lengua impregnada ve la luz entre los lectores, tal vez debería ser dicho con cierto fervor. Yo habría deseado trascender mucho más las fronteras que traspasé, porque si un escritor se aventura y se entrega a la transgresión, lo mejor que puede hacer es seguir ejerciéndola hasta las últimas consecuencias, y, en este caso, me habría gustado hacer un libro capaz de transformarse en un rizoma lleno de música, de imágenes, y donde quedara muy claro que la verdadera reflexión sobre el cuerpo, el lenguaje, la literatura y el sexo pasa por otro rizoma: el de la articulación, en la subjetividad del pensamiento, de todas las artes.

No tuve la suerte, en mis visitas a otras sedes de la Feria del Libro —Villa Clara y Guantánamo—, de disponer de este libro tan gráficamente sugestivo, en cuya cubierta aparece una foto realizada por mi esposa, Elsa Obregón, y concebida por mí. A Villa Clara el libro no pudo llegar. Misterios inexplicables de la distribución. Y a Guantánamo llegó, pero tardíamente. Me han dicho que las chicas responsables de recibirlo y de ponerle precio se preguntaban si era una novela. Alguien fantaseó, en público, con la idea de que era un tratado sobre el clítoris. Ojalá. Pero en cuanto a lo otro, yo diría que sí: La lengua impregnada es una novela. A su manera.

Una última cuestión. Lo que más aprecio de estas páginas es mi encuentro con ese alter ego, heterónimo, o doble llamado Emilia González, para cuya constitución he registrado dentro y fuera de mí, a veces con entusiasmo y a veces con impiedad. La meditación acerca de estos temas no es inocua. Que nadie crea que pensar largamente sobre el cuerpo y las palabras no deja huellas en quien lo hace y en quienes se encuentran cerca, o muy cerca.

El cuerpo es el territorio más sólido y evanescente del ser humano, y cuando se trata del cuerpo, de su calibración, su ejecutoria o su destino, las demás cosas quedan obligadas a desplazarse y reemplazarse como tópicos del pensamiento o como circunstancias vitales más o menos densas. Emilia González me ayudó a eliminar casi todas las notas al pie, y dialogó conmigo de la manera más útil: desde la sinceridad y desde las posibilidades de un tipo de ficción que se parece a la vida misma.

Ojalá disfruten de La lengua impregnada y queden ustedes gozosamente pensativos.

Muchas gracias.