Hermandad de Boti
Un muy breve poema, «Hermandad», de Regino Boti (1878-1958), marca un sentido algo más que panteísta, en la poesía cubana. Es gemelo, pero a la vez diferente del singular poema de Gustavo Sánchez Galarraga «Meditación». Forman una pareja de textos que bien representan cierto sentido transmigratorio, o la de dosis metafísica que en una época, entre los años treinta y cuarenta del siglo xx, tuvo cultivo variado entre los poetas hispanoamericanos. El sentimiento de hermandad quizás propio de una época post bélica, o en la entreguerra de las dos «mundiales» del siglo xx, quisieron ofrecer ese mensaje de existencia de un alma que fuese más allá del ser humano: a todos los seres vivos e incluso a las cosas, a la materia «inanimada». Sánchez Galarraga decía: «pon, hermano, con ansia fervorosa, / el alma de tu amor en cada cosa, / y en cada cosa encontrarás un alma», a lo que pareciera corresponder el pensamiento lírico de Boti con el final de su poema:
Son el acorde del dolor del mundo,
que el mundo tiene un alma, y hay un alma
sensible en cada cosa. Un alma hermana
de nuestra pobrecita alma humana.
Realmente no importa aquí quién escribió primero un poema de sentido tan semejante entre uno y otro. Responden ambos a una corriente espiritualista internacional que tuvo a Madame Blavasky y Allan Kardec como dos de los varios polos que apañarán el espiritismo del siglo XIX, que avanzará de manera teosófica o de otras varias expresiones, en el siglo XX. Ciertamente puede decirse que ninguno de los dos poemas responden a un credo espiritual definido, son pulsaciones, explicaciones que la poesía quiere hallarle al mundo por el camino de la hermandad y el amor.
El poema «Hermandad» de Boti apenas tiene catorce versos, sin ser un soneto. Posee un verso inicial suelto, como estrofa o enunciado: «Hay un alma sensible en cada cosa», que es también anticipo de lo que los siguientes nueve versos van a comentar. Hay otra estrofa al final, ya citada, que refuerza la expresión inicial del verso de inicio. Este es el juego formal, al que se añade la preferencia por el verso endecasílabo con rimas asonantes, sin que lo rija una disciplina ortodoxa de la métrica tradicional española. De modo que lo expresado quiere hallar forma de suma sencillez y no obliga al verso a reunirse en estrofa clásica o con perfección de rimas, ni siquiera en el conteo rítmico versal, como se observa en estos dos versos que parecieran uno de doce sílabas y el otro de diez, cuando en verdad el ritmo lírico los complementa: «el ecuóreo bullir del caracol / y el sinfonizar de los pinares». Boti pone más énfasis en lo que dice que en cómo lo dice, sin que deje al azar una estructura que de todos modos es rítmica y no escapa de los cánones métricos, ni siquiera transgrediéndolos un poco.
El poema parte de esa afirmación de hallar un alma en todo, quizás un poco a la manera en que el propio José Martí lo sintiera en su poética. Puede haber en el poema de Boti ecos del modernismo literario, aunque a él se le califica como un muy seguro post modernista, a pesar de que al final de la década de 1920 ofreciera aquel Kodak-ensueño que lo asimilaba a las vanguardias. No puede dejarse de admitir que él fue un pensador sobre la poesía, que escribió notables ensayos en los que expresaba su estética y que este poema mismo podría tener relación con el espíritu general que puebla su libro El mar y la montaña. Pero en «Hermandad» no hay gala de renovación lírica, de alguna manera incluso roza a la corriente neorromántica, que se ha tenido, a veces falsamente, como muy conservadora en lo formal y monotemática respecto del amor. Hermandad busca refugio en las cosas que considera «perennes»: «Las voces del silencio en la montaña; / las rapsodias del mar; el tableteo / del viento en los playones y farallas…», y al principio del siglo xxi la lectura de estas ideas se nos tornan conmovedoras, en medio de un planeta que comienza a experimentar cambios climáticos visibles.
Boti escucha «quejas, gritos, ayes y clamores» en la noche, en el treno de los valles, en el bullir de un caracol, o en la sinfonía de los pinares. Sin embargo, todas estas cosas «Son el acorde del dolor del mundo», y deja entre versos, fuera del mensaje que trasmiten las palabras, las resonancias de ese dolor de un planeta vivo, porque «el mundo tiene un alma». ¿Es para Boti esa alma lo perenne? Pareciera decirlo cuando intenta conciliar su tono con el cristianismo, ya que todas esas almas, incluida la del mundo, son «un alma hermana / de nuestra pobrecita alma humana». ¡Es tan pequeña el alma del ser humano en medio del concierto de la naturaleza…! El poema no sale del planeta, pero emite un sonido cósmico: el alma está en todas partes, y ella es hermandad, encadenamiento.
Haber catalogado de «pobrecita» al alma humana crea a la vez una hermandad: la de los que la tenemos, y podemos creer que nuestra alma colectiva es grandiosa, superior por inteligente, irradiante por creativa. Boti la califica de «pobrecita» no en un sentido material de poder o de entereza, sino de pequeñez en un mundo donde el hombre y la mujer conviven con fuerzas supremas de la naturaleza cósmica.
A diferencia del poema de Galarraga, él no va a desgastar sus versos comparándonos con otros animales, para los cuales no ha de dudar que tienen alma, porque ya ha dicho que la hay en cada cosa. Almas vegetales y animales se hermanan en su poema. Una comunión universal irradia en los entreversos, como si el poeta quisiera apretar en pocas líneas un sentimiento de plenitud universal.