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Carilda en el espejo de sus sonetos

Marilyn Bobes, 23 de marzo de 2012

Carilda Oliver Labra, una de las grandes voces líricas de Hispanoamérica, ha demostrado que las formas clásicas son para ella, no esa cárcel a la que algunos se refieren para ocultar sus incapacidades frente a la métrica y la rima, sino un vehículo más de expresión de ese mundo particular donde la autenticidad es la primera razón de ser y la única fuerza capaz que la conduce a la escritura donde señorea con derecho propio y legítimas credenciales.

Prueba de ello son los sonetos que Ediciones Unión acaba de publicarle y donde los aprietos de Lope de Vega al pedido de Violante dinamitan las dificultades de una composición que, llegada desde la Italia renacentista, se criolliza en la voz de esta matancera recreadora de todas las convenciones sacralizadoras de la frase bien sonante contra los imperativos del temperamento y la pasión. 
 
Estos sonetos de Carilda, que son una buena parte de todos los escritos por ella a lo largo de toda su vida no poseen esa frialdad con la que algunos poetas de nuestro tiempo y también de épocas anteriores, han reducido a las estrofas que Dante Aligheri y Petrarca cultivaron con apasionamiento y hasta impudor y que después Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Calderón o Sor Juana enriquecieron con asuntos diversos como los que retoma Oliver Labra para pasearse a sus anchas, por todos los temas humanos y metafísicos que le interesan. 

Como bien dice su editor, Jesús David Curbelo: «la autora se mueve en ellos por líneas temáticas descollantes (lo amoroso, lo erótico, lo elegíaco, lo confesional, lo familiar, lo cotidiano y lo metapoético) con el desenfado característico de un tono conversacional que no excluye la ironía, el prosaísmo, el desorden tropológico ni tampoco el más delicado y emotivo lirismo». 
 
Es curioso que haya sido precisamente el soneto, la forma escogida por la autora para autorretratarse: su cabello rubio que de noche se riza, el lápiz que le dura y esas ganas inmensas de llorar que a veces la asaltan, también a la hora de escribir…
 
Les confieso que entre tantas joyas contenidas en el volumen son los reunidos en la séptima parte y que abordan su mundo familiar, aquellos que más me conmueven, especialmente los poemas dedicados a su padre y el antológico “Madre mía que estás en una carta”, uno de los textos de Carilda más imperecederos entre los muchos imperecederos que ha escrito.
 
No faltan tampoco en la selección los popularísimos “Me desordeno, amor, me desordeno”, “Te mando ahora a que lo olvides todo” y “La ciega y sus espejos”, muestras todos de una perfección difícil, comunicativa y de alcance mayor en ese verso memorable de «la ciega que se mira en sus espejos».
 
Carilda aprovecha todas las licencias vanguardistas y nos ofrece tanto el sonetillo de arte menor como el soneto clásico compuesto por catorce versos endecasílabos llegado directamente de Italia con las resonancias del dolce still nuovo

Entre todas las virtudes reunidas de esta gran poeta está también esa demostración de virtuosismo que la coloca entre las autoras capaces de apresar su cosmogonía, valiéndose de cualquier recurso expresivo, incluso, en estas difíciles estrofas.
 
Felicitemos a Ediciones Unión por este libro exquisito en la que nuestra irrepetible matancera ha sabido poner, como ha puesto en su vida y en el resto de su obra, ese mundo interior complejo y presidido por la sensibilidad que solamente en ella la poesía cubana de todos los tiempos podría encontrar.