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La piedra desnuda de Agustín Acosta

Virgilio López Lemus, 03 de abril de 2012

Puede parecer paradójico que entre la extensa obra de Agustín Acosta (1886-1979) se elija aquí uno de sus poemas más breves, pero también de los más intensos y que, como veremos, responde a corrientes de continuidad en la poesía cubana. Se trata de «La piedra desnuda», texto de dieciséis endecasílabos y que de alguna manera va a ser un antecedente del gran poema de Samuel Feijóo «Beth-el» (1948), cuyo motivo central se refiere al sueño de Jacob.

El tema bíblico y en particular los libros de los Salmos, Proverbios, de Job, entre otros, no son motivos nuevos en la poesía cubana, lo que puede explorarse desde el principio mismo de la tradición lírica ininterrumpida de la poesía nacional desde la segunda mitad del siglo  XVIII. Va a tener mejor despliegue entre los poetas románticos, y tanto en Mendive como en Luaces aparecerán poemas inspirados en pasajes de la Biblia, ya sea de los Proverbios, los Salmos, o el complejo conjunto del Pentateuco en el Antiguo Testamento.

El poema de Acosta posee una suave melancolía, un sentido de destino en curso, que también responde a aquel modo de hallar un alma en cada cosa, visible en los poemas «Meditación», de Gustavo Sánchez Galarraga, y en «Hermandad», de Regino Boti. Pero el poema de Acosta es menos «metafísico» y más existencial, su motivo es decir adiós a una piedra que ha servido de almohada, por lo que evoca el pasaje de Jacob en que reclinado cerca de Beth-el, se duerme con el apoyo de una piedra y tiene el sueño de una escala por la cual se asciende al Cielo.

Acosta sitúa su acontecimiento en presente: «Vine a decirte adiós, piedra desnuda», pero el hecho de venir implica que ya se ha estado allí antes, lo que lo diferencia del pasaje de Jacob, quien es evidente que solo una vez usó aquella piedra innominada como almohada, porque lo central del mensaje no es la piedra. El acercamiento de «La piedra desnuda» lo da el mismo poeta mediante unos versos más adelante del propio poema: «muchas veces en ti recliné mi cabeza / y tuve el sueño de Jacob…» O sea, ahora la piedra se convierte en una protagonista, ella es la almohada, de modo que es una piedra diferenciada del conjunto rocoso que pueda haber o no en torno. Como Jacob, el poeta Agustín Acosta dice «continuar el viaje», solo que si el personaje bíblico no tiene un recuerdo especial para la piedra, el poeta cubano rememora la «huella roja» que la piedra le marcó, como una «arruga en la mejilla», recuerda esa arruga y agradece, cree que la piedra le ha hecho un favor, la personifica, usa así una metonimia y a la vez encuentra «un alma en cada cosa».

Por su densidad conceptual, el poema es excelente. Sin mayores recursos tropológicos, con endecasílabos blancos y sin acudir a un lenguaje complicado, logra un texto de alta calidad lírica no solo por tales factores formales, sino también por su contenido: el hombre melancólico, viajero o nómada, precisa de «plácidos sueños», es agradecido y vuelve a la piedra que varias veces le sirviera de almohada para mostrar su gratitud, habla con ella y de alguna maneras sueña despierto, pues supone: «Tal vez eres la misma que a Jacob / le dio el bíblico sueño…» Este «tal vez» marca la diferencia, porque el poeta no dice que ella es la piedra que sirvió de almohada a Jacob, sino a sus propios sueños, y el «tal vez» pasa a ser símil, o mejor comparación metafórica: piedra como la de Jacob, piedra de Jacob: la misma piedra, pues en definitiva posee el mismo significado, igual objetivo: ser apoyo de la cabeza que sueña.

Otro detalle dignifica a la piedra: la soledad. El viajero siente esa vibración porque puede ser que identifique la soledad de la piedra con la suya propia: «Te quedas sola en medio de la noche…» Ahora la piedra es una extensión del propio poeta, por el hecho de varias veces haber reclinado su cabeza en ella. Dejarla, abandonarla, es como renunciar a una parte de sí. El último verso es una despedida rotunda, y lo logra solo con un cambio de conjugación verbal: del «vine a decirte adiós» pasa a un «vengo a decirte adiós», la sutileza es suma, cuidadosa, el poeta quiere decir que el adiós ahora es ya definitivo, ya ha hablado con la piedra, la ha mirado y hasta quizás la ha acariciado con su mano o con la mirada.

El poeta de «Las carretas en la noche», de viril exclamación civil, se inclina ahora hacia una transida intimidad, a un poema en el que vibran hombre y piedra en comunión de la naturaleza: el objeto se queda solo en la noche, el viajero se lleva solamente la huella momentánea que la piedra le imprime en su mejilla. El sentido de la transitoriedad es muy patente, el alma errante deja tras de sí al objeto al parecer inanimado que le ha servido de almohada. Son sus respectivos destinos: una, la piedra, mantiene su fijeza y mayor perdurabilidad, en tanto el viajero, más entregado a la fugacidad, sigue su viaje, no sabemos hacia dónde, hasta cuándo, ni de dónde viene ni a dónde va.

La fijeza de la piedra y la transitoriedad del ser humano parecieran complementarse en una idea más ancha, más cósmica, en una idea que incluye el sueño del ser vivo y del cual es cómplice la piedra que propicia el descanso del viajero. El poema de Agustín Acosta es, pues, mucho más de lo que su sencillez de escritura aparenta, y se convierte en un pequeño monumento del instante puntual que significa decir adiós.

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