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Body-horror y colores chillones
(en una Habana más bien viscosa)

Alberto Garrandés, 13 de abril de 2012

Para Rogelio Riverón, ultralector.

Las nubes en el agua es una novela distópica, pero, como bien se conoce, no podría decirse que La Habana donde se desarrollan los hechos sea, hacia el año 2014, el reducto más significativo de una sociedad post-industrial, marcada por la alta tecnología cibernética. Sí hay criaturas al margen, como el detective de primera clase Diosdado Legumbre, un hombre solitario que colecciona buenas copias de obras ligadas al expresionismo abstracto. Metido dentro de sí mismo un tanto kafkianamente (o beckettianamente), y luego de llevar una vida muy aburrida y saturada de anhelos no satisfechos —este detective es un ser bastante auto-reprimido—, de pronto la normalidad de su existencia recibe el impacto de un encuentro casi fatal. Se trata de una especie de Lolita —chica inocente que se pasea con una jaula de metal donde hay un cachorro de puma—, y todo se precipita de un modo vertiginoso: el detective es seducido por la chica (que se llama Valaria), y, luego de unos días, empieza un extraño via crucis, una agonía tragicómica que brota de la culpa, del miedo, de evidencias cada vez más aterradoras. El pánico, lo ominoso y lo extravagante aumentan con rapidez. La realidad final, la verdadera, deja ver con disimulo un mundo atroz. La Lolita seductora no es una Lolita, y lo real no es real. Todos mienten. Todos, excepto el detective. Entonces, desesperado, recurre a un último acto, que no les contaré, y se sienta a esperar que amanezca.

Les he hablado rápidamente a ustedes de la médula de esta novela como si yo mismo no la hubiera escrito. En verdad, a estas alturas a veces me parece que no fui yo quien la escribió, sino un discípulo barroco y tropical de William Gibson que a veces se sienta en mi lugar de trabajo y me mira preocupado. Ese discípulo hubiera querido, con absoluta deliberación, confundir una realidad inmediatamente tangible con una realidad on-line, o con una realidad que de pronto se parece a un mundo on-line. Enajenación y vigilancia tecnológica, sexo raigal, en el límite, y un sentido de la aventura como exorcismo.

Si tuviera que ponerle música a mi novela, buscaría a un compositor capaz de recoger una multitud de sonidos callejeros puros, capaz de insertarlos en una pista hardcore (una pista de música industrial), y añadirle violines y teclados distantes e introducir luego una voz como de electrojazz o de trip hop. Por ejemplo, la voz de Beth Gibbons.

Si digo que en Las nubes en el agua hay una inteligencia artificial derivada de otra inteligencia artificial que no se nombra, y que aquella es capaz de construir ciertas criaturas, y que la violencia discurre hacia fronteras tenebrosas, y que el cielo de La Habana de pronto no es cielo sino una membrana termosensible, y que cada cierto tiempo hay niños que salen a las calles a combatir con sables de acero de 36 capas, y que hay un negocio de armas de gran poder destructivo, y que la condición metamórfica del cuerpo es algo significativo para el sexo visible en estas páginas, ¿podría alguien sacar en conclusión que Las nubes en el agua es un libro muy raro? Supongo que sí.

Porque, para colmo, creo que el detective de mi historia se enamora de esa chica, de esa Lolita equívoca, aun cuando llega al fondo de la escalofriante verdad que la envuelve.

Mi novela es habanera, es un libro deliberadamente habanero, y completa o cierra mi trilogía de La Habana, compuesta por Capricho habanero, aparecida en 1998, y Días invisibles, dada a conocer en 2009. Me doy cuenta de que, repasadas ahora mismo en el orden en que fueron publicadas, forman una peripecia amarga y tragicómica. Sin embargo, ya no escribiré más sobre esta ciudad, de la que se dice que es la capital de todos los cubanos. Los proyectos que siguen, y que están a la mano, por así decir, constituyen un conjunto dispar que me ocupará tanto tiempo como sea posible.

Hace muchos años Roger Caillois dijo que en el mundo había un exceso de pensamiento. Lo dijo para aludir a las operaciones de devoración y mixtificación de cierto logos de la cultura, cuando la doxa posmoderna empezaba a asentarse como supuesto creativo desde una escritura artística que jamás abandonaría su condición de lectura, o su condición de gesto autotélico, gesto auto-referenciado. Hoy esto podría ser acaso una verdad quejumbrosa. El logos de la cultura se expansiona junto al logos de la tecnología para alumbrar un puñado de ideas genuinamente universales en las que descansa toda elaboración cultural. ¿Qué quiere decir esto? Pues, sencillamente, que la naturaleza de la cultura es a la larga fonocéntrica y que el volumen de los productos culturales, así como su tejido y su ejecución, se deben cada vez más a los rendimientos lingüísticos que les dan origen y a la larga los explican.

Lo que estoy queriendo expresar, de modo indirecto, es que cuando un novelista que también es un ensayista, o un hombre de meditación, intenta explicar una novela suya, necesariamente deriva hacia la descripción analítica (y no confiable) de la historia, sus atmósferas, sus personajes y sus espacios, como si se tratara de una validación. Sin embargo, la historia y sus componentes deberán bastar para validarse porque deberán conformar un relieve, un mundo, y alcanzarán a sumergir al lector en una situación duradera, un enigma, una parcela invisible, lo mismo del futuro que del presente.

Espero que Las nubes en el agua les traiga a ustedes inquietud, desazón, terrores imaginarios, sensaciones insólitas y chocantes, y que los haga respirar dentro de un universo difícilmente verosímil pero conjeturable como verdad del arte. Si algo me empeño en hacer por medio de mis libros de ficción es seducir a quienes, por diversas causas, han necesitado o necesitan leerlos. Ojalá caigan ustedes en esa trampa milenaria. Muchas gracias.