La oración de Enrique Loynaz
Enrique Loynaz (1904-1966) fue un poeta de obra breve, pero de intensidad. La dejó un tanto dispersa: algunos textos salvados por su hermana Dulce María, y otros reunidos por el inquieto ojo de investigador experimentado que fue Ángel Augier, quien los halló en diversas fuentes, como en el aun inédito Diario de juventud del poeta, que hace muchos años (1999-2000) terminé de armar y revisar y dejar listo para la edición, pero nunca ha encontrado editor interesado.
Desde que era muy joven, y dio a conocer sus primeros poemas, se habló de él como un místico. Yo diría más bien que hay rasgos de misticismo en algunos de sus poemas, aunque se sabe por quienes lo recuerdan físicamente, entre ellos el poeta Pablo Armando Fernández, que fue un hombre recatado y silencioso, de misterio dentro de su propio hogar, de cierto grado de encierro con su esposa y, más allá de su vida reservada, también quiso ser un poeta sin interés alguno por el reconocimiento social.
Pareciera que Enrique Loynaz pasó por la poesía como con un reflector, arrojó un poco de luz sobre ella, y se retiró de la vida social que la escritura y la publicación de obras le pudo haber granjeado. De un poeta así, puede esperarse un credo: eso es el poema «La oración del crepúsculo».
Lo construyó en cinco estrofas de cuatro alejandrinos cada una de ellas, con rimas asonantes en segundo y cuarto versos, mientras que dejó libres (¿alejandrinos blancos?) los versos pares. Veinte versos expresan una hondura emotiva y una intimidad transida. Su motivo central es el anhelo de alcanzar un grado de inmaterialidad. Esto de alguna manera viene del afán de Julián del Casal de cantar a las cosas incorruptibles, a las artificiales antes que a las naturales, pero Enrique Loynaz lo lleva a un grado más hondo de intangibilidad o de deseo de inmortalidad:
¡Mi Dios, quiero ser algo inmaterial!... Quisiera
no haber jamás nacido y no morir jamás;
ser tan solo una fuerza: un color, un sonido,
una luz… Ser un claro de luna sobre el mar.
El deseo de verse despojado de cuerpo físico, no es para Loynaz renuncia a una forma de vida llamémosle energética, en la que su conciencia de alguna manera pueda pervivir. Es un deseo angélico que se aparta de «la Tierra», a la que querría entregar esa energía en forma de «fuego», pero ignorando que «allá» (y véase el distanciamiento), «se agita […] como un misterio torvo, la ciega humanidad». El ser inmaterial que el poeta quiere ser no se identifica con ese bullir «ciego» que es para él la especie humana. La búsqueda del sentido trascendente personal pasa aquí por una reflexión acerca de la especie a la que de todos modos él pertenece, pero que no sabe «por cuál causa ha nacido ni por cuál morirá…». A pesar de ello, esta especie humana posee, según el poeta: «vanos ideales», «luchas por las terrenas glorias» (como si citara al Eclesiastés), y sobre todo subraya lo que considera «error ancestral» de creerse a sí misma «grande», sin conocer a fondo asuntos tan elementales como su finalidad.
¿Es una pregunta o es un enunciado teleológico? Loynaz se remite de nuevo a su «yo». Si bien no explora freudianamente su «ego», delimita su anhelo como un motivo personal: «no quisiera estar hecho de algo». El poeta quiere ser energía pura en el cosmos, querría estar en una suerte de nirvana, zafarse de la rueda del dolor: «el estéril río de la vida». Ningún poeta cubano había expresado este grado de desposeimiento, de deseo no carnal. O al menos, ninguno como él.
Pertenece a una generación en que muchos de sus poetas integrantes escribieron un libro (María Villar Buceta, Juan Marinello…), o sus obras salieron de manera póstuma (Rubén Martínez Villena…). Gentes de entreguerras, entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, al menos para la literatura a algunos les alcanzó una suerte de «existencialismo» renunciante, mientras otros se ligaban a la pelea política de su hora.
El poema de Enrique Loynaz llegó a expresar el acto de renuncia como ningún otro poeta lo hizo. Era incluso una pérdida de fe en la propia poesía, en este caso a través de un poema: «…no quisiera / existir, solamente para luchar, ¡luchar / sin que el estéril río de la vida, me lleve / dulcemente a un remanso de beatitud y paz!» Ante esta declaración, al poeta no le queda diálogo con sus semejantes, de modo que su único camino es dirigirse a Dios. Así comienza el poema en su primer verso: «Mi Dios, quiero…», y así lo cierra, en el verso final: «…mi Dios, ¡quiero ser algo inmaterial!» Es un poema altamente representativo no solo de un hombre, de un poeta en una época difícil, sino también resulta un momento alto dentro de la evolución de la poesía cubana, porque nadie había logrado el deseo de deshacerse como se logra en este texto.
Y, claro, es la lucha contra el imposible. Nadie puede convertirse en algo inmaterial dentro de la vida. Es un anhelo cuya finalidad es impensada, imposible. Guarda entonces un tono de dolor que pudiera ser elegíaco, pero el poeta no está llorando por un ayer perdido, no es un lamento, ni siquiera una emoción o una aprehensión sensorial del mundo, sino un extraño deseo de no-ser, siendo. ¿Deseo angélico? ¿Quiere el poeta alcanzar la dimensión de un ángel? No lo dice explícitamente.
¿Qué secreta aprehensión de la existencia de otras dimensiones hay en este texto, anterior a la teoría de las cuerdas y de las diversidades de dimensiones en un cosmos que no se termina en sí mismo? En veinte versos, Enrique Loynaz se va más allá de lo que pudiéramos llamar «evasión». Aboga por una inmaterialidad que no es lo mismo que una renuncia suicida ni un presupuesto existencialista. El anhelo suyo es un imposible rotundo: «¿Con qué divinos dedos liberar mi materia / de la prisión del mundo donde está encerrada?» No dice liberar el alma, sino su materia, quizás entiende al alma como parte de esa materialidad, y, a diferencia de los verdaderos místicos, siente que no es el alma la que está encerrada en un cuerpo, sino el cuerpo quien se siente sometido a la «prisión del mundo».
Para escribir un poema así, el poeta debe de haber sufrido mucho. No se advierte un ejercicio de retórica, un poema de anhelo simpático por hacer «literatura». Loynaz va a morir más tarde, a sus sesenta y dos años, edad en que los seres humanos hallan o un sentido coral-familiar o la pérdida de toda esperanza. No está clara la fecha en que escribió «La oración del crepúsculo», que debe haber sido conocida por Federico García Lorca, quien ya había tenido relación epistolar con Enrique por medio de José María Chacón y Calvo. Lorca estuvo en Cuba en 1930, por lo que «La oración del crepúsculo» es un poema de la década de 1920. Pero en el fondo importa menos, aunque importe, la precisión de la fecha de escritura. Enrique Loynaz expresó en su poema un anhelo que ronda en torno a la poesía mística de cualquier tiempo, pero que no lo es, porque ni resulta un acto de adoración a lo divino, ni es una entrega del alma al Esposo espiritual. Dios es un dialogante, un refugio para expresar la queja de su anhelo principal: «quisiera / no haber jamás nacido y no morir jamás», de modo que un inevitable ego aspira a una inmortalidad que se va por encima de la realidad material de su especie, y en definitiva de la realidad objetiva. Es el anhelo de lo imposible, sin más explicación que el no puede ser. Deshacimiento, desgano, falta de encuentro con un yo que, al modo en que lo definió Pascal, se aterra ante la muerte y va luchando día a día por una existencia que le haga olvidar su carácter efímero, de paso por la vida. «La oración del crepúsculo», a la caída del sol, es incluso el vespertino deseo de no luchar más.