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Rapsodia, de Lezama Lima

Virgilio López Lemus, 09 de mayo de 2012

«Ah, que tu escapes», es quizás el poema más difundido de José Lezama Lima (1910-1976), tal vez porque en la copiosa y hermética obra de su autor, sea uno de los textos más «sencillos», asequibles, y hasta polisémicos. Sabemos que es un texto que habla de la propia poesía, a lo que se ha llamado metapoesía, pero hay quien le ha dado otras connotaciones, entre ellas la del amor, de lo cual está algo alejado el poema, como no sea el amor creativo, la fe infinita por el acto poético. En varios poetas hallamos la idea del texto que escapa cuando la memoria lo tenía configurado, o cuando asalta al poeta como una chispa, como un sueño que luego no se puede recordar. Lezama lo dice de manera muy clara, dentro de su complejo mundo de símbolos e imágenes: «Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses / hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar…»

Este poema entra en contraste con uno de los textos más importantes de Lezama: «Rapsodia para el mulo», que comienza con otra intensidad: «Con qué seguro paso el mulo en el abismo». Trataré aquí de volver al sentido también metapoético de este texto, aunque ello ha sido bastante explorado, el propio Abel Prieto había dicho en un ensayo, ya hace al menos dos décadas, que a cambio del albatros de la poesía de Baudelaire, Lezama tomaba al mulo eficiente, laborioso, paciente y cuidadoso como una suerte de alter ego o, añado, alegorema del poeta, del creador que avanza con paso decidido al borde al abismo de la palabra. Esto es aun más complicado, dado el abismo que la imagen le impone mediante la posibilidad infinita.

Incluso sin que un lector posible se haya adentrado demasiado en la poética que Lezama formó como todo un sistema poético, este texto se abre a la comprensión más amplia, incluso de este supuesto lector menos enterado. En primer orden, porque el lenguaje es preciso y mucho menos hermético que otros poemas lezamianos, como los «Sonetos infieles», o como el propio paisajismo cubano de «Noche insular, jardines invisibles», de donde el poeta César López tomo un verso para convertirlo en nombre de su proyecto comunicativo, de diálogo entre poetas: «Cantidades rosadas de ventanas».

La «Rapsodia para el mulo» tiene un leit motiv muy peculiar: «paso es el paso del mulo en el abismo», que viene a sustentar cierto carácter descriptivo de la actividad del animal ante el reto, ante la dificultad. De cierto modo, para Lezama la poesía es un reto de la realidad, un código descifrable por el poeta, quien debe tener no solo la osadía, sino también la capacidad de ofrecer paso a paso el vencimiento de la dificultad expresiva. «Lento es el mulo. Su misión no siente», si en lugar de «el mulo» decimos «el poeta», la connotación del poema queda demasiado abierta, como si continuamos: «Su destino frente a la piedra, piedra que sangra», y en lugar de piedra leemos «imagen», o de manera más sencilla «palabra». Lezama nunca quiso esa comunicación per se, sino que el suyo es un deseo más denso de la comunicación, más abierto a la alegoría y entregado a la polisemia.

De modo que lo primero que hay que hacer ante su(s) poema(s) es enfrentarlos como ellos se nos entregan, no como queremos que se nos entreguen o como desearíamos críticamente forzarlos para ofrecerles nuestra interpretación que pudiera quedar corrupta por la ambigüedad o por los presupuestos críticos del que la emprende, sus propios prejuicios y métodos de interpretación. Entonces, ante este u otros poemas de Lezama parecería mejor atenernos a la letra, cuando es la crítica la que intenta meter su bisturí.  O también lanzarnos al reto imaginativo que Lezama nos impone, y en este caso ofrecer nuestra lectura personal, más o menos especializada del texto. Me parece un desafío lleno de ambigüedades, pero de las que pueden surgir interpretaciones fabulosas, al tomar un poema de Lezama y decir lo que significaría para cada uno de sus lectores.

«Rapsodia para el mulo» es, sin embargo, bastante claro en su sentido recto: Lezama elogia la tenacidad, toma al mulo como ejemplo de ella y lo sitúa en un abismo, con su propia carga, dando pasos certeros y decididos, con una autoconciencia bien preparada para no resbalar y caer, o quizás más que «una conciencia», un sentido inconsciente del peligro, que se enfrenta con total soltura, quizás sin darse cuenta del peligro que corre, por eso: «la ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos / tienen la fuerza de un tendón oculto» que recorren «lo oscuro progresivo y fugitivo». Con este «fugitivo» entronca el poema con el «Ah, que tú escapes». El abismo es como la poesía un «oscuro progresivo», que también puede escapar, hacerse «fugitivo».

El peligro es tal, que el poeta se refiere a «Las salvadas alas en el mulo inexistentes, / más apuntala su cuerpo en el abismo». No existen, pero apuntalan, son alas llamémosles imaginadas, o psíquicas, que de alguna manera ayudan al mulo a sostenerse y a cargar con «el plomo que en la entraña / del mulo pesa», y es un peso que le imprime la tendencia a caer. Pero «Seguro, fajado por Dios, / entra el poderoso mulo en el abismo». Una afirmación en seguida se convierte en negación: «No crea, eso es tal vez decir: / No siente, no ama ni pregunta» Y la negación se desdobla en un sí: «Su amor a los cuatro signos / del desfiladero…» Hay amor, entonces hay creación, la creatividad del mulo en el abismo no es un don estéril, porque «su creación / [es] la segura marcha en el abismo».

Entonces lo descriptivo se nos torna interpretativo. Lezama invierte la situación: ya no es el animal quien está frente al precipicio, sino: «sentado en el ojo del mulo, vidrioso, cegato, el abismo / lentamente repasa su invisible». El animal es visto por el abismo. No es extraño entonces que más adelante el poeta nos hable de «Sus cuatro ojos de húmeda yesca / sobre la piedra envuelven rápidas miradas». Y Lezama convierte al número cuatro en esencia, numen, nombre, apuntalamiento: «los cuatro signos», «sus cuatro ojos», «Los cuatro pies»… Más que a los puntales del animal y al equilibrio de cuatro patas sobre la tierra, Lezama se refiere «a estar clavado en lo oscuro sucesivo» como una costumbre, a trabajar sobre lo oscuro, sobre el reto que esa realidad le impone: «Paso es el paso del mulo en el abismo».

El animal trabaja con lo inefable, con lo que puede ser sorprendente y que él mira, o es observado, con la naturalidad del reto y del enigma. Avanza como en un sueño, pero «Ya despertado, mágica soga / cierra el desfiladero comenzado / por hundir sus rodillas vaporosas». Se avanza entre la realidad (despierta) y el sentimiento de estar dormido (lo oscuro), y se avanza hacia una identidad «que parece decirnos yo no soy y yo no soy», pero que se asegura en el propio hecho de avanzar, aunque «el sentido como pelado fuego», arroje una piedra, se afinque aún así y logre poner «cruz en los dos abismos».

¿Cuál es ese par abismal? Lo oscuro, los ojos que ven. El mulo transporta en su ojos la realidad: «árboles visibles y en sus músculos / los árboles que la música han rehusado. / Árbol de sombra y árbol de figura / han llegado también a la última corona desfilada». Y aquí hay una clave de la imagen, o mejor sea dicho de la alegoría lezamiana: el mismo árbol es dos: «árbol de sombra», lo oscuro retador, y «árbol de figura», la realidad visible no menos retadora. El triunfo está al final, cuando el poema se consuma, cuando el poeta ha logrado atrapar esos dos retos y «al fin el mulo árboles encaja en todo abismo». Pasa de lo particular: un abismo, a lo general: «todo abismo». Para el mulo, el éxito consiste en haber vencido al abismo, pasarlo, sobrepasarlo, saber que puede retar a cualquier abismo.

El albatros vuela espléndido pero camina sobre la tierra como un niño en sus primeros pasos. La belleza de su vuelo no se compara con el torpe andar. El mulo no tiene un paso torpe, sino sabio, de una sabiduría que viene de lo oscuro, de la pelea entre lo visible y lo invisible. Entre la realidad y la creatividad.
 

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