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El «Silente compañero» de Gastón Baquero

Virgilio López Lemus, 25 de mayo de 2012

Entre los varios sobresalientes poemas de Gastón Baquero (1914-1997), elijo «Silente compañero» no solo por la calidad poética que en él alcanza, sino porque tiene varias virtudes especiales: aunque desea contenerse, una fuerte carga emotiva se siente entre las palabras, entre líneas, en el poema completo. Además, ejemplifica la poética de la subordinación al intelecto que Baquero comparte con algunos poetas de Orígenes en Cuba, y sobre todo con un poeta europeo que a él le sirvió de referencia: J. M. Rilke, a quien leyó intensamente, y a quien casi dedica el poema «Pie para una foto de Rilke niño», con la cual comienza por desviar la atención acerca de que el texto pueda hablar tan solo de sí mismo y de la cruel soledad que el poeta padeció en Madrid durante décadas.

«Silente compañero» es un poema sobre la soledad. Pudiera pensarse que tiene algún eco de «aquel que siempre va conmigo» de textos de Antonio Machado, pero hay que partir de la idea de que Baquero es un poeta de la cultura, de lo libresco, de las profundas lecturas, y no practicó el ejercicio entre filosófico y poético-reflexivo que se advirtió en Machado o en Fernando Pessoa. Es curioso que el español y el portugués hayan sido también personas de intensas soledades, y que llegaran a inventarse heterónimos que dieran salidas a aquella exclamación del adolescente genial: «Yo soy otro», un Arthur Rimbaud que se apartó de la poesía súbitamente, cuando estaba revolucionando sus esencias expresivas.

La soledad tiene resortes terribles: a unos los empuja a la depresión, incluso al suicidio cuando la vida se le deshace de sentidos. A algunos artistas les arranca páginas (o pinturas o realizaciones estéticas en general) cargadas de emotividad o  reflexiones. Yo creo que este es el «asunto» de «Silente compañero», ya enunciado en el propio título: alguien que «acompaña», pero no habla. Es un modo de extender la soledad y proyectarla sobre un ser imaginario que ayuda no solo a tratar de entender al mundo, sino también a vivir (o sobrevivir) en él. «Es muy difícil ser poeta y vivir», dice Alejo Carpentier en Los pasos perdidos.

Baquero hace un enunciado inicial que declina la queja: «Parece que estoy solo». Y sigue en subjuntivo: «diríase que soy una isla, un sordomudo, un estéril»; ese subjuntivo afloja la carga emotiva del dolor de la soledad, que se reduplica en un «parecer» más que en un «ser». Decir «estoy solo» entrañaría una angustia becqueriana. Baquero la atenúa: «Parece que estoy solo, viudo de amor, errante, / pero llevo de la mano a un niño misterioso». Y aquí aparece «el otro», no un heterónimo, sino un acompañante subjetivo que puede resultar ser el niño que fue y que sigue siendo el poeta, o la referencia al «errante» Rilke, quien pasaba de un palacio a un castillo, de una casa de artista a un hotel lujoso, como buscando una compañía que a veces se refugiaba incluso en el espiritismo (en el esoterismo que también fue fuente inspirativa para Rimbaud o Pessoa). Para Baquero el niño que «lo acompaña» va de su mano y a veces «crece de repente», para adoptar variadas formas: un soldado aherrojado, un hombre mayor meditabundo, «un huésped del reino de los lúcidos / y se encoge luego, se recoge hasta devolverse a la niñez».

Entonces el poeta admite un desdoblamiento, un ser otro que trata en tercera persona: «él», ni siquiera un «tú» con el que pueda establecer un coloquio. En el poema, ese niño siente ser otros: personajes de lecturas asimiladas, recuerdos, alguien que incluso «comulga con el comunicado mundo de ultratumba». Todos ellos realizan voliciones del poeta «y pelean a alma limpia por convencer a Dios de que se ha equivocado».

Si Gastón Baquero no mantuviese el constate uso del verbo «parecer». «Silente compañero sería un poema de angustia, una queja que el poeta no quiere proferir, sino disimular, disfrazar: «Parece que estoy solo en medio de esta fría trampa del universo». El macromundo y el mundo cotidiano parecen no tener un sentido que apoye al ser humano, quien ve «cómo a Dios le da lo mismo / que la vida tome en préstamo la envoltura de un hombre o la concha de un crustáceo», lo cual es ya una declaración bien fuerte de falta de fe y de asidero, envuelto en un sin sentido que está en el límite de la expresión existencial: «y el sol no sospecha siquiera que es nuestro segundo padre». Lo de «segundo» debe ser porque el poeta no niega a Dios, quien está presente en el poema de una forma tremenda: «de esta trampa ni Dios mismo puede librarnos, / que Dios también está cogido en la trampa, y no puede dejar de ser Dios».

El Dios de «Silente compañero» no es el acompañante de otros poetas del entorno de la revista Orígenes, católicos de fe, interesados en otras miradas al mundo que no incluyen, al menos demasiado, la angustia desencadenada en este poema de Baquero, raro en él, que quiere ser un esteticista, que desea hacer una poesía culturalista, de referentes culturales más que emocionales, pues no intenta una poesía emotiva. Y por esto último en el propio poema hallamos referencias como las del Eclesiastés: no hay nada nuevo, «todo está ya escrito», una suerte de nietzscheana ida y vuelta de todas las cosas y de todas las vidas: «porque la sucia piel del hombre es un palimpsesto donde emborrona y falla sus poemas / el Demonio en persona». La repetición del mundo es una suerte de predestinación en la que todo se repite de maneras diferentes pero con igual sentido, incluso está «escrita la desesperación de los desesperados y la conformidad de los conformes». Al poeta no le queda otro remedio ya a esta altura de su soliloquio que finge llevar a un niño como acompañante, de ir hacia su yo, volver hacia sí mismo:

y echo a andar sin más, y me encojo de hombros, sin risa y sin llantos, sin lo  
                                                                                                                       inútil,
llevando de la mano a este niño, silente compañero,
o soñándole a Dios el sueño de llevar de la mano a un niño,
antes de que deje de ser ángel,
para que pueda con el arcano de sus ojos
iluminarnos el jardín de la muerte.

«Silente compañero» es una pieza clave del entramado poético de Gastón Baquero. Y ya sabemos que él fue uno de los poetas mayores que Cuba ofreció a la lengua española en el rico siglo xx. El poema importa, pues, no porque haya en él un cambio de rumbo del esteticismo baqueriano, sino porque sin abandonar su poética del distanciamiento emotivo, e incluso sensorial, el poeta logra el equilibrio raro dentro de la poesía de Cuba, entre un neorromántico deseo de cantar desde el yo a veces angustiado, y la serenidad esteticista de la poesía hermética. «Parece que estoy solo», casi leit motiv del poema, no es lo mismo que llorar o reír, que el poeta rechaza de manera tajante en la cita anterior. Si para el ser no hay otra salida del laberinto vital que la muerte, entonces para qué la queja, mejor seguir con el silente compañero, niño aún, no corrupto por el viaje sin asidero que es la experiencia vital. Mejor ir de la mano de un niño. La inocencia lo acompaña «antes de que deje de ser ángel».
 

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