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Absolut Röntgen o el mundo absorto

Alberto Garrandés, 30 de mayo de 2012

Hay determinadas prácticas de escritura que, en el contexto actual de la narrativa cubana, ni son habituales ni están en el horizonte de posibilidades y esperanzas. Nuestra narrativa (y emplear esa frase y ese tono, «nuestra narrativa», me resulta muy provinciano, pero lo hago tan solo para subrayar las herencias de un mal mayor, los legados de un conjunto de espejismos estériles), nuestra narrativa, repito, es una serie de obras —publicadas, en proceso, pensadas, incoativas— donde lo verdaderamente problemático, en términos de poiesis, es el vínculo anómalo entre la imaginación realista y la imaginación no realista, o que, en principio, florece y se impone fuera del realismo clásico. Cuando aludo a la disparidad entre esas dos formas de imaginación dentro del realismo, estoy dejando fuera el esquema del realismo estrecho que a veces prospera por ahí.

Me gustaría decir, de entrada, que Absolut Röntgen es muy inusual, que es prácticamente una suerte de islote, y que, por si fuera poco, está muy bien escrito. También debo decir que Abel Fernández-Larrea, su autor, se convierte en un escritor separado, un escritor más allá de las modas y que está libre de las frases hechas. Cuando yo tenía dos o tres años menos que los que él tiene ahora, Dulce María Loynaz me dijo que si yo quería convertirme en un escritor, tenía que evitar ser atrapado por las modas y las frases hechas. Y algo de eso he venido haciendo desde entonces.

Como comprenderán ustedes, Absolut Röntgen es «agradecible» por varios motivos. Pero el principal, creo, es la marca que su hacerse les impone a sus lectores, o a quienes, por razones misteriosas, deban o necesiten leerlo. Para el conocedor, esa marca fulgura de manera insólita porque expresa, en definitiva, una independencia intelectual estimable. Para el «mero» lector, que por lo general es dueño de una sapiencia clara, se trata de un conjunto rizomático de historias donde el sentimiento y la ilusión pelean duro contra la realidad del infortunio y contra la perplejidad de lo incierto, lo precario.

¿Cómo y por qué escribe un escritor cubano un conjunto de narraciones unidas por un hecho crucial como eje: el accidente de la planta nuclear de Chernóbil en 1986? ¿De qué manera se traslada a ese mundo, de qué manera accede a esos espacios, Prypiat, Kiev, la primavera deslucida, la vegetación contaminada, los árboles enfermos, el silencio, la tierra muerta?

Siempre he intentado, cuando ha valido la pena, apoderarme de la personalidad de un escritor por medio de lo que un libro deja ver desdibujadamente, en lontananza. Y una de las cosas que me inquietan, o que atenazan mi curiosidad, es la índole y el origen, y el viaje, que hacen ciertos procesos de escritura (y de textualización, que no es lo mismo) donde se edifica y cimenta una voz. Aprovecho la oportunidad para describir lo que mi ensueño analítico podría representar: Abel Fernández-Larrea atento a determinados gestos de voz junto a un río con trozos de hielo, atento a ciertas lexicalizaciones de la narrativa rusa, atento a la conformación de los rostros, de determinados guiños, palabras y frases que quizás también hayan dejado su identidad no solo en la literatura rusa sino, además, en el cine, o en la pintura. Usos y formas que sellan un modo de hablar, de reaccionar y de vivir donde muchas veces hay vodka, lágrimas y efusiones sentimentales. Maneras de empezar o abandonar un diálogo. Maneras de hacer silencio, de cortar el pan, de ofrecer y beber una taza de té, de maldecir, de gritar, de mirar el paisaje que se deshiela, de oler una flor, de vestir una cama o recordar el aroma de una persona. El lenguaje es la creación de mundos. La creación de mundos es el lenguaje reminiscente, que invoca, convoca y evoca.

Todo esto, en tanto trabajo literario, siempre me ha parecido un juego apasionante de donde sale una gran voz totalizadora, un cuidadoso juego de impostación versátil, modulable. En ese juego, vital para el mood del libro, para alcanzar el tono de los textos, para lograr su relieve y su talante, o para arrancarles su timbre y su manera de vibrar en términos sonoros, en ese juego, repito, hay falsificaciones, fingimientos, simulaciones, enmascaramientos, franqueza, autenticidad y mucha discreción estilística, porque Abel Fernández-Larrea es un escritor discreto. Y, en relatos como estos, la discreción es valiosa. Son historias de una especificidad notable, tienen una configuración episódica, y exigen mucho de esa atención que podría y debería dedicarles un lector "atento" a los pormenores de la mirada obsesiva.

Aun cuando en el centro de estas narraciones se encuentra un hecho crucial que descompone y libera grandes dosis de contextualidad, no diré que Absolut Röntgen debió ser escrito en ruso. Puedo comprender lo que eso significa, y puedo imaginarlo, porque sé muy bien qué es un escritor paranoico, capaz de relacionarlo todo con todo antes de avizorar las consecuencias últimas de su apego al universo que anhela descubrir o inventar y, después, representar con una secreta lealtad. Sí diré, en cambio, que Abel Fernández-Larrea sabe aprovechar la narratividad encapsulada de ciertos estados anímicos, de ciertas descripciones de paisajes, mayormente interiores (aunque parezcan paisajes exteriores), y que es un hábil tejedor de silencios, de recuerdos de infancia, de actitudes juveniles contrastadas dentro de la desgracia. Chernóbil está en el trasfondo, permanece fuera del cuadro narrativo, es un suceso referido, y, en todo caso, se reconstituye en una lejanía letal, en esa fantástica luz del reactor disparada hacia el cielo de Ucrania, poco antes, durante y después (o mucho después) de los pulcros movimientos delineados de estos personajes.

No tengo que subrayar la índole novelesca de este libro, que lo precipita hacia su propia masa crítica y que ocasiona sus fértiles radiaciones. Solo añadir que «Yodo» es un cuento brillante, y tristísimo, tanto o más que «Sangre de dinosaurio». Y que «Días de noviembre» encierra el buen pulso dramático y estilístico de su autor. Y señalar, por último, que «Baikonur» es un notable experimento de tiempos y espacios, como «La metamorfosis de Yulia», un relato que alcanza a ser gótico.

Este es el envidiable comienzo de un escritor, y si mis palabras tienen algún peso, le auguro un camino lleno de aciertos.

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