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Literatura, cine, cuerpo... escritura

Alberto Garrandés, 22 de junio de 2012

1. El piano y el violín

Lo realmente atractivo en la estructura de The Kreutzer Sonata (2008), de Bernard Rose, es su extrema movilidad por entre los tiempos y los espacios de la trama, pero en dependencia de un conjunto inestable de motivaciones —la mente intersticial paranoica puede ser muy creativa— que son, bien entrelazadas unas con otras, un correlato de la sensibilidad de Edgar, el protagonista.

No hay que olvidar lo esencial: toda la trama, así como su maraña sentimental —montada sobre el diálogo del espejismo con lo real, de la ilusión temida y deseada con la verdad—, proviene de la novela homónima de Tolstoi. Ya en el texto extraordinario del autor de Ana Karenina había algo tremendamente inquietante: las reflexiones del narrador sobre los efectos de la música —la sonata para violín y piano n. 9 en La mayor, opus 47, de Beethoven— en el intelecto y el espíritu.

La mente de Edgar es la semantización discontinua de la sonata y la aparición y el transcurso, también discontinuo (de apariencia contra comprobación), de los celos. Tolstoi urde un relato en primera persona que es la historia dentro de la historia, y el centro inmóvil —reflexivo, pre-dramático— de ese discurso, que no es sino un proceso hacia la muerte, lo ocupan dos planos intercambiables: la adquisición de sentidos (anticipatorios, declaratorios, presagiosos) de la sonata, y el delicado viaje de la presunción hacia la verdad, toda vez que la presunción desea tan solo un tipo de verdad: la que culpabilizaría a la joven pianista Abby (Abigail) en su vínculo con Aiden (el violinista).

Abby y Aiden —él es un joven violinista de origen asiático, talentoso, poseedor de un espíritu elegante (como su cuerpo, bien distinto, por cierto, del cuerpo de Edgar)— van montando la célebre obra de Beethoven, van ensayándola, y tanto Abby como Aiden y Edgar coinciden en fiestas, en encuentros, y hasta en reuniones de trabajo. Una de las circunstancias significativas de la película es el espacio de la casa de la pareja, que va poblándose de hijos. Abby ha sido cortejada por Edgar, seducida, y poco a poco abandona la libertad que le ofrece el hecho de vivir dentro de su arte para ir hacia el mundo que le ofrece Edgar: el de la familia. Edgar admira a Abby, convertida ya en su esposa, pero desestima en secreto el lado público de su personalidad: es una concertista que va o ha ido labrando una carrera hacia el éxito, y él, en rigor, solo aspira a poseerla.

¿Cómo es el sexo en esta película, cómo le demuestra Edgar a Abby lo que siente? En realidad, lo sugestivo de este caso, que se muestra como un fenómeno en estado de equilibrio, es que Edgar ansía toda la eficacia de su propio rendimiento y desarrolla un sexo comprobativo. Además, maneja el cuerpo de Abby con cierta violencia e intenta someterlo. Bernard Rose expresa ese sentimiento por medio de una dinámica cuya edición es atrevida, pero insuficiente. Lo mejor de su desempeño es el montaje paralelo de las escenas de sexo real (¿acaso evocado, imaginado, deseado?) con las escenas de sexo referido —películas pornográficas— que Edgar ve mientras piensa en los distintos grados de infidelidad de Abby.

He dicho que la película se adentra en un fenómeno en estado de equilibrio. Este acierto es de Tolstoi, no de Bernard Rose. Tolstoi habla del matrimonio, las mujeres, el sexo, la codicia corporal, la fascinación, los celos, el papel de la religión, la maternidad, y también habla del diálogo con Dios y del crimen pasional. Pero también se refiere al nexo subjetivo, sin palabras —y al cabo logocéntrico—, de la música (esta sonata para violín) con una sensibilidad anómala, pero que tiene raíces en el amor y el deseo.

Los clásicos son los clásicos.

2. ¿Alguna vez te apaleó una mujer desnuda?

Estamos en un aburrido campamento militar. Cierto día el comandante Penderton —un Marlon Brando que no tiene desperdicio— se queda como un inútil impotente ante su mujer, Leonora (Elizabeth Taylor), que se desnuda por completo luego de él decirle cuán repugnante le resultan algunas posturas y gestos suyos, muy coquetos e impúdicos. Ella lo mira con una sonrisa entre el desafío, la ira y la burla, y sube la escalera de la casa contoneándose de un modo inaceptable para el comandante, y él le promete, desesperado, que algún día la matará. Y es ahí cuando ella le pregunta eso: Muchacho, ¿alguna vez te agarró por el cuello, te sacó hacia afuera y te apaleó una mujer desnuda?

La escena es contemplada, desde el exterior, por alguien (el soldado Williams) que muy pronto despertará la codicia de Penderton, pero que sólo está interesado en el cuerpo de Leonora, tan hipnotizado por ella que se meterá de madrugada en la casa hasta que el comandante lo descubra y la tragedia se desate. Estamos en el mundo de Carson McCullers, en su novela Reflections in a golden eye, y en la película homónima de John Huston, estrenada en 1967.

En la casa hay un encuentro entre amigos y se habla de un tal capitán Weincheck, un hombre evitado y hasta despreciado por todos (incluido el comité de ascensos) porque toca el violín y lee a Proust. El comandante Penderton ni lee a Proust ni toca el violín. Pero, al parecer, es impotente. Y tiene en su mujer un problema: aunque no sepa escribir la palabra sincerely, la energía de Leonora es desbordante, como la energía de su caballo favorito, Firebird, que es atendido directamente por el soldado Williams. Leonora engaña a Penderton con otro oficial: Morris. La esposa de Morris, Alison, es una neurótica total: se ha cortado los pezones con tijeras de podar. Tiene solamente un amigo: Anacleto, un criado filipino very queer que ama el ballet y la música de Rachmaninov.

Un día de cabalgata por el campo, Leonora, Penderton y Morris ven al soldado Williams montando desnudo una yegua negra. Es obvio que el espectáculo resulta extraño y gracioso, pero a Penderton lo abruma. O lo seduce, y esconde esa seducción bajo la máscara de la indignación. Esa noche el soldado Williams entra en la casa a contemplar el sueño de Leonora.

Otro momento extraordinario de la película es cuando Penderton sale a cabalgar con Firebird y este se desboca y lo tira. En medio del llanto por su debilidad y su impotencia, desde el suelo, el comandante ve, entre el asombro y el arrobo, al soldado Williams desnudo, que avanza hacia él sin mirarlo, solo para agarrar a Firebird de las riendas y llevárselo.

Reflections in a golden eye es una obra tan suntuosamente hecha que parece extravagante. Huston pule cada secuencia, las monta con delicadeza y nos entrega el contraste de la noche azulosa con el día plomizo y plateado, y la tarde iluminada por un resplandor de oro. Un ámbito sofocante, erotizado, fantasmagórico. Y lleno de deseo, como los oficiales que rodean a Leonora en la gran fiesta que ofrece. Ella habla tonterías y, mientras, ellos miran sus tetas grandiosas.

Una noche, después que sale con un grupo de soldados de la sala de boxeo, donde todos han estado disfrutando de varias peleas, Penderton sigue de cerca a Williams. La mirada del comandante es indescriptible. Algo más tarde Williams entra en la casa y se pone a oler y acariciar la ropa de Leonora mientras ella duerme. Pero Alison ha visto al soldado entrar y lo confunde con Morris. Va a la casa, le dice a Penderton —está despierto en su despacho— que suba para que vea a su marido con Leonora, y cuando ella misma entra en el cuarto de Leonora, que duerme separada de Penderton, descubre al soldado Williams, que la mira sin poder salir de su fantasía.

Los hechos arrecian: Alison le dice a Morris que va a divorciarse, este la envía con Anacleto a un sanatorio mental y ella muere a causa de la enorme tristeza. Hacia el final presenciamos el discurso de Penderton sobre la diferencia, sobre el derecho de persistir en la diferencia para lograr algo en la vida. Tanto Leonora como Morris lo miran muy extrañados. Penderton expresa esta ambigua reflexión, tras ver otra vez la desnudez del soldado Williams junto a la yegua negra: Cualquier logro obtenido a expensas de la normalidad está mal, y no debería permitirse que proporcione felicidad... En resumen, es mejor, porque es moralmente honorable para el que no encaja, seguir intentándolo, en vez de descubrir y usar la manera poco ortodoxa de encajar. Después el comandante alaba la vida simple de los soldados, donde no hay hipocresía.

El final de Reflections in a golden eye es como un paso atrás en esa súbita valentía quietista de Penderton, quien se siente hechizado por el soldado Williams. A través de una ventana ve que él entra en la casa y queda pensativo, con cierta seguridad de que Williams va a tener con él, al fin, un encuentro indefinida o abiertamente sexual. El comandante hace algo tremendo: ¡se arregla el pelo! Y apaga la luz. Y ve, desolado, cómo Williams desaparece en el cuarto de Leonora. Entonces busca su pistola, entra, enciende la luz y le dispara al intruso.