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«Últimos días de una casa», de Dulce María Loynaz

Virgilio López Lemus, 25 de junio de 2012

El tono conversacional fue gradualmente asumiéndose en Cuba desde la década de 1940 (puede discutirse incluso un poco antes en obras de Rubén Martínez Villena o de José Z. Tallet), y algunos de sus ejemplos más brillantes fueron los dos poemas de 1948 de Eugenio Florit «Asonante final» y «Conversación a mi padre». Si bien el segundo tiene un matiz confesional o de carta, el propio título manifiesta una intensión estilística clara. De igual manera otros poetas, como Guillén, Piñera o Feijóo, estaban aplicando parcialmente en algunos de sus poemas en mayor o menor medida este tono tan antiguo en poesía, pero que quizás en algunos de ellos y en especial en Florit se deba a la influencia de la poesía anglófona. De manera que lo que más adelante, ya en la década de 1960, se ha de calificar como corriente coloquialista de la poesía cubana, y que tiene a este tono como centro estilístico, posee estos antecedentes que pudiéramos cerrar como tales, como antecedentes, con uno de los más extensos poemas de Dulce María Loynaz (1902-1997): «Últimos días de una casa», publicado en cuaderno y fechado en 1958.

El texto de Dulce María se encuentra entre lo confesional y lo testimonial, si bien se inclina más al grado de intimidad que da la confesión, puesto que se trata de la memoria de una vieja casa en plan de ser derruida. El texto emplea la prosopopeya, o incluso puede decirse que el tipo de metáfora que le concede animación a lo inanimado, de manera que es la propia casa, personificada por un sujeto lírico en primera persona del singular, la que ofrece confesión o testimonio de vida. Desde los primeros versos ese «yo» va a centrar la «historia» narrada: «No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días / este extraño silencio». En una suave queja, la casa expresa abandono, los que vivían en ella ya no están allí: «el silencio me cubre lentamente». Para ella, ese silencio se torna una enfermedad, o la senectud. Y de inmediato salta una frase de orgullo: «Nadie puede decir / que he sido yo una casa silenciosa». Incluso cuando en ella se ofrecía un tono bajo que semejaba al silencio, ella sentía que «era un silencio con sabor humano». La casa se sentía unida a los seres humanos que la habitaban por una «cuerda invisible». Ella era refugio, allí se reía y se lloraba, el hombre como especie está unido a su casa y «no se quiebra esta unión sin que algo muera / en la casa, en el hombre… O en los dos.»

La casa había sentido ausencias temporales o permanentes: cuando alguien se iba de viaje, cuando murió en ella una niña. Y al rememorar a la niña, toma conciencia de que tal recuerdo pasó hace mucho tiempo, por lo tanto: «soy ya una casa vieja». Aquí el poema da un giro hacia la comparación con la vejez, la casa humanizada es una dama anciana «sumida en estupor», que ha visto desaparecer a sus vecinas, en tanto nuevas casas se yerguen en torno. Y la confesión se hace desgarradora: «Es triste confesarlo, / pero me siento ya su prisionera, / extranjera en mi propio reino, desposeída de los bienes que siempre fueron míos». El inclemente tiempo la he hecho envejecer y «las nuevas estructuras se han repartido mi paisaje».

No es difícil identificar a la vieja casa de los Loynaz junto a la desembocadura del río Almendares, que ha sido para ella un motivo en varios de sus libros y en un poema: «Al Almendares». Si a alguno de sus libros ha de parecerse este poema es a la novela elegíaca Jardín (1951), donde el mar tiene una connotación parecida al que la autora le ofrece en este poema. El mar, deleite un día de la casa que lo tenía a sus pies, se ha alejado, su visión ha sido cubierta por otras edificaciones, y la vieja casa ya no recuerda «por dónde el sol se le ponía».

Como en «Conversación a mi padre», de Florit, Dulce María Loynaz usa el tono conversacional con interés elegíaco. La casa no solo está profiriendo una queja sobre un ayer perdido, sino que habla de su próxima muerte, que ya siente dentro de ella. Si Florit hablaba a un «tú», el padre difunto, Dulce María hace vibrar a la casa desde un «yo» que casi implora piedad, que desea de nuevo ser habitado, pero antes siente haber sido una casa útil para que en ella nacieran y murieran sus propios habitantes, a diferencia de esas «nuevas» que no tienen espacio ni para la muerte (hay casas especiales para llevar a los difuntos) ni para el nacimiento (se nace en otros sitios, también especializados…) La casa ha ido dejando su función de recinto total, pero «ella», la ya anciana, siente aún la nobleza de haber servido al hombre para nacer y morir.

La casa no solo comprende su vejez, sino también advierte que junto a la fuga de sus habitantes, se van los objetos que la decoraban, que la convertían en hogar. Entonces, como todo ser en sus finales, ella siente «miedo de este silencio, de esta calma, / de estos papeles viejos que la brisa / remueve vanamente en el jardín». Como en una segunda parte del poema, dividido solo por tres puntos, la casa comienza a añorar un retorno, una reavivación, una resurrección, pide: «es necesario que alguien venga / a ordenar, a gritar, a cualquier cosa». Y llega entonces la queja más dura contra la injusticia de ser preterida: «Que pase una la vida / guareciendo los sueños de estos hombres, / prestándoles calor, aliento, abrigo […] y luego no ser más / que un cascarón vacío que se deja». El aliento elegíaco llega aquí a su nivel más alto, la casa pierde finalidad, y de inmediato comienza los albores de la muerte, los que llegan a medirla, a poner precios. Pero al final de este segundo segmento la casa siente abrir la puerta principal, siente entre signos de admiración una esperanza, un regocijo por el posible rejuvenecimiento.

El tercer segmento del poema trae de nuevo las cavilaciones, la desesperanza. Los que vinieron, se fueron en seguida y advirtió algo para ella aterrador: «mi dueño, antes de irse, / volviese en el umbral para mirarme, / y me miró pausada, largamente, / como los hombres miran a sus muertos…» Esta presencia le dio la posibilidad del recuerdo, y todo el segmento pasa ahora como una revisión de cuentas, como un recuento de vida transcurrida en ella, y toma conciencia de «que esto que estoy contando no es un cuento; / es una historia limpia, que es mi historia». También la poetisa se da cuenta de que narra, de que su poema adquiere un sabor de historia dicha entre versos libres y frases de nostalgia sobre un ayer perdido, perdiéndose ya completamente en una casa.

Aquel sentir «un alma en cada cosa» en poemas de Sánchez Galárraga («Meditación») o de Regino Boti («Hermandad»), cambia aquí, al sentir la casa su propia alma, pueden pensar los hombres que el alma es «patrimonio» de ellos: «pero la mía es mía sola». Piensa mejor y cree que esa alma suya le viene por los hombres mismos que la habitaron: «tal vez yo tenga un alma por contagio». Tener un alma, da voz, justifica el testimonio.

En el cuarto segmento del poema, más breve, aparecen nuevos hombres junto a la casa, ella los ve y ellos la miran con otros ojos, uno de ellos de ojos azules le hace recordar de pronto a la niña muerta, pero este «puede ser en cualquier instante / el instrumento del destino». La casa toma conciencia entonces de su destrucción, una suerte de addenda, de conclusión, dividida del resto del poema por una línea, hace tomar a la casa la conciencia de su muerte, y su aceptación:

Y fui vendida al fin,
Porque llegué a valer tanto en sus cuentas,
Que no valía nada en su ternura…
Y si no valgo en ella, nada valgo…
Y es hora de morir.

Poema de gran aliento, «Últimos días de una casa» puede tenerse también por un poema simbólico, por un texto en que la casa se convierte en una alegoría, donde se debaten la vida pasada y la muerte. El ayer útil, feliz, vivo, y la soledad que avanza hacia el olvido. Puede relacionarse con el más breve texto de la propia Dulce María Loynaz «Cementerio de barcos» (Finas redes, 1994), donde algo parecido le ocurre a una embarcación. Pero «Últimos días de una casa» tiene su propia resonancia, su personalidad poética distintiva, que quizás no fue rápidamente reconocida por haberse publicado en un cuaderno pequeñísimo en España, en el crucial año 1958 (Colección Palma, Serie Americana, Madrid), en edición «no venal» de 500 ejemplares, de modo que debe de haber circulado muy poco en Cuba, sepultado por el acontecimiento histórico que dividía la aguas de la República en 1959, con el advenimiento de la Revolución. Serían muchos años después, quizás a fines de la década de 1980, que este poema fuese redescubierto, cuando ya el coloquialismo iba pasando como corriente poética fundamental de la llamada Generación de los Años Cincuenta.

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