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Rosa tu, melancólica, de Nicolás Guillén

Virgilio López Lemus, 17 de julio de 2012

Con la sencillez de un romance, al parecer sin pretensiones de «alta poesía», Nicolás Guillén (1902-1989) logró uno de los más firmes y hermosos poemas de amor de la literatura cubana. ¿En qué se fundamenta tal afirmación? Primeramente, claro que en la lectura del texto completo, luego en la sorpresa del sencillo lenguaje elegido, el metro popular heptasílabo, las asonancias sin ningún tipo de rebuscamiento, el mensaje completamente directo pero a la vez de delicadeza de tono y, sobre todo, el fervor de lo dicho con un sentido de espiritualidad que comienza: «El alma vuela y vuela», como si se tratara de un poema místico.

¿Elegíaco? Quizás, porque se hable de «Rosa de mi recuerdo», pero el asunto del poema es la vida, el amor vivo y presente, porque si el alma vuela, es «buscándote a lo lejos». Entre el poeta y la amada, solo hay distancia, no otra carencia. En seguida declara que «Cuando la madrugada / va el campo humedeciendo», lo que sugiere cierto insomnio del poeta que advierte la llegada del «día […] como un niño / que despierta en el cielo», lo cual se cierra con una declaración sensual, de amor contenido:

Rosa tu, melancólica,
ojos de sombra llenos,
desde mi estrecha sábana
toco tu firme cuerpo.

Tangible o no, evocación o verdad, el poeta sigue en su texto advirtiendo el curso del día, y cuando el sol ha pasado, y se encuentra «el ocaso desecho»: «yo en mi lejana mesa / tu oscuro pan contemplo». ¿Metonimia, pan por cuerpo? El asunto cobra una delicadeza especial: ella no está, como al amanecer, y ella no está en la caída de la noche, pero su presencia se presiente en una sábana, en el pan oscuro. El adjetivo es sutil. Si aceptamos la metonimia pan por cuerpo, sería un cuerpo de mujer oscura, de mujer mulata o negra, de la mujer amada evocada ahora por su piel.

Guillén no adorna de metáforas o de palabras muy sonoras al texto poético, él transcurre como dicho suavemente, susurro, al oído. Ahora la mujer es «dorada, viva y húmeda», lo de «dorada» de cierta manera refuerza aquel «pan oscuro» del atardecer. Pero en este momento es de noche, el poeta se acuesta, mira hacia arriba y ve a la amada que «bajando vas del techo, / tomas mi mano fría / y te me quedas viendo». Cierra los ojos, cierra el día, cierra el poema, pero el poeta sigue viendo sus ojos: «tu mirada en mi pecho, /larga mirada fija, / como un puñal de sueño». Y la palabra «sueño» culmina muy certeramente el texto: ella es ese sueño, o está en él, o es el propio sueño del poeta. ¿Qué más había que decir?

La fina delicadeza de este romance nos hace recordar que Nicolás Guillén fue un maestro, como Federico García Lorca, de esta forma poemática. Desde su inicial Cerebro y corazón lo vemos usar el romance para el mensaje lírico, amplio en «La balada azul», o breve en «Señor». También ejemplarmente en el «Romance del insomnio», en el conjunto que Ángel Augier llamó «Poemas de transición», y hasta los propios Motivos de son tienen ese sonido que va entre el son y el romance.

¿Cuántos de los llamados «poemas negros» o «afrocubanos», o, como él mismo prefirió: «mulatos», no son en verdad romances? Por ejemplo: «La canción del bongó», o el «Velorio de Papá Montero», entre muchos otros. ¿No lo es la famosa «Balada de los dos abuelos»? Los ejemplos sobran: casi todo Cantos para soldados y sones para turistas, y algunos «sones» de El son entero (donde se halla «Rosa tú, melancólica»), son en verdad romances, a veces con un disfraz rítmico, algún juego versal que desdibuja la apariencia romancística, pero en esencia predomina la forma del romance con su peculiaridad asonantada. Hay la forma del romance dentro de la que muchos hemos considerado su obra maestra: «Elegía a Jesús Menéndez» («Mirad al Capitán del Odio, / entre un buitre y una serpiente…»). Guillén usó el romance para la sátira política y para exaltar la batalla de Playa Girón. O sea, fue desde el matiz humorístico e irónico al poema de compromiso, de militancia política.

Y en medio de esa gala romancística, «Rosa tú, melancólica» brilla por el empleo de este tipo de antigua composición para un ferviente poema de amor, sutil, sensual, pleno de la intensidad del recuerdo y del amor anhelante. Hay que ver esa delicadeza poética hasta en el propio signo de puntuación del título que es a la vez suerte de leit motiv poético: «Rosa tú, melancólica». Cámbiese de lugar hacia delante o hacia atrás esa coma, y véase cómo el sentido mismo cambia, cómo la belleza se atenúa, porque con «Rosa tú» el propio nombre de la mujer se convierte en adjetivo de valor metafórico: tú eres una rosa, y una rosa «melancólica».

Se vuelve sobre el poema, lo releemos, nuevas aristas sutiles brotan, aquí un acento apropiado, allí una ausencia de coma perfecta, allá un punto que separa las ideas, el tiempo mismo que transcurre en el poema. Decía que comenzaba como si fuese un poema místico mientras el «alma vuela», y termina con inevitable violencia: «puñal de sueño». El alma vuela hacia el recuerdo, pero el sueño es un puñal que lo mata, que deshace ese recuerdo. En ese toque de principio y final, está una de las maestrías del texto. Nicolás Guillén no escribió al azar un poemita de amor, sino una obra de arte de la palabra en la que el amor está tejido con términos simples, que dicen mucho más de lo que dicen.

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