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La buena y mala costumbre de  los aniversarios

Marilyn Bobes, 11 de agosto de 2012

En nuestro país, al igual que en el resto del mundo, se ha hecho una costumbre recordar a las grandes figuras del patrimonio literario universal cuando se cumplen aniversarios, especialmente  aquellos que solemos llamar “cerrados”, bien sea de nacimientos o de muertes.

Así, cada cien o doscientos años, un escritor que debería acompañarnos como un amigo cercano en todos los momentos de la vida, se vuelve casi una presencia obligatoria (y, en ocasiones, hasta abrumadora) cuando las efemérides señalan el momento de recordarlos con un sinfín de simposios, conferencias, exposiciones y reediciones de libros imposibles de encontrar sistemáticamente en las librerías.

Y no estoy negando aquí la importancia de dichos homenajes. Ellos tienen la virtud de darnos a conocer, con una profundidad que de otra manera se volvería más difícil, la vida y la obra de quienes merecen, por sus aportes a la cultura y a la identidad nacional, un estudio riguroso que, en última instancia, beneficia, en especial, al lector, al entregarle instrumentos para una comprensión integral de los complejos factores que van unidos a la realización de una obra maestra.

Me pregunto si no sería mejor que tanto medios como editoriales convirtieran esta práctica en un ejercicio dosificado pero permanente y esos Grandes que nos ayudan a entender nuestro pasado y nuestro presente, se hicieran visibles mucho más allá del protagonismo que a veces adquieren solo en las fechas señaladas.

Jorge Amado. La compañía del primero es un hecho, después de mucho tiempo sin que sus libros fuesen reeditados y sus obras de teatro repuestas (con excepciones) en repertorios donde nunca deberían faltar.

También es triste que uno de los autores más originales y provocadores de la literatura de la Isla, tuviera que esperar cien años para que se reconociera, en su merecida dimensión, el lugar que ocupa en casi todos los géneros a los cuales dedicó sus geniales potencialidades creadoras. Pero, confirma el refrán: “nunca es tarde si la dicha llega”. Por eso, encomiamos la labor de las instituciones y personas que, de manera nada formal, se han dado a la tarea de celebrar, por lo alto, este cumpleaños. Mucho más cuando sabemos que, a lo largo de su existencia, Virgilio tuvo que sufrir la indiferencia y hasta el maltrato de quienes no comprendieron su particular manera de mirar el mundo y la literatura. Esperemos que ello sirva para tenerlo desde ahora en la cotidianeidad de nuestra ámbito intelectual.

Peor suerte ha corrido en nuestro país el novelista Jorge Amado. En Brasil, sin embargo, la Fundación que lleva su nombre está celebrando a quien fuera uno de los autores contemporáneos que mejor reflejó la idiosincrasia de su país, multiétnico y en su momento aquejado por las más profundas desigualdades.

Pienso que el Centenario de Amado merecía, sin embargo, mayores celebraciones entre nosotros. Al contrario de Piñera, en quien el humor negro y el absurdo predominaron como recursos expresivos, el brasileño afirmó de su propia obra: “mi creación novelesca deriva de la intimidad del pueblo y de la vida. Soy un escritor, no un literato”. Y las diferencias de perspectiva entre estos dos maestros no significan validar una actitud en contraposición a la otra. Ambos representan, de igual manera, el espíritu de Cuba y de América Latina. Los dos, por igual, merecen idéntica atención.

En definitiva, que las conmemoraciones nos ayudan. Pero, en mi opinión, no deberían convertirse en una costumbre y mucho menos en un formalismo para “quedar bien” con la memoria de quienes no pueden pasar a ser, por su vigencia y actualidad, meras figuras museables. Y en este empeño, a todos nos toca algo que hacer.

En octubre otras dos personalidades tendrán sus aniversarios: Mirta Aguirre y Cirilo Villaverde. La importancia de ambos para la cultura cubana, seguramente, provocará nuevos homenajes. Junto con estos, hagámonos también el propósito de mantenerlos vivos en ese íntimo proceso de frecuentarlos para no perdernos el disfrute de su diaria y enriquecedora presencia entre nosotros.

No son las efemérides el único modo de revivir a quienes ganaron su inmortalidad, no para una fecha sino para la eternidad. Y los que tal vez nunca la alcancemos, solo contaremos con la vida para tenerlos junto a nosotros, el tiempo que nos sea posible. Empecemos a compartir con los imprescindibles desde hoy.