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¿De qué hablamos cuando hablamos de crítica?

Marilyn Bobes, 22 de agosto de 2012

Creo que fue en la década del 70 del siglo pasado, cuando Juan Marinello postuló la indigencia de la crítica literaria cubana.
     
De entonces acá han transcurrido más de treinta años y el controvertido tema no deja de ser motivo de examen y análisis en diferentes corrillos y foros de la vida intelectual cubana.

Antes de expresar algunas consideraciones personales sobre el asunto, tendríamos que dar respuesta a la interrogante que da título a este comentario: ¿de qué hablamos cuando hablamos de crítica?. Porque si bien de la década del 90 hasta hoy, se ha publicado en forma de ensayos valiosos análisis sobre diferentes aspectos de la literatura escrita en nuestro país, antes y después de 1959, la falta de jerarquización, desde la opinión especializada, y el poco espacio que se otorga en los medios a los comentarios puntuales sobre obras específicas, nos hacen pensar que la indigencia a la que se refería Marinello ha continuado gravitando sobre nosotros y provoca un vacío desesperanzador.
      
En el llamado quinquenio gris o decenio negro, la “crítica literaria” se ejerció de una manera arbitraria y politizada.  Se valoraban las obras más por consideraciones extrartísticas que con verdadero rigor, estigmatizando a muchos escritores que se planteaban, aunque fuera con timidez, una problematización de la realidad, muchas veces con notables resultados estéticos, que eran ignorados por los voceros oficiales de la tendencia que abogó por implantar en Cuba el tristemente célebre “realismo socialista”.

Entonces, era frecuente clasificar las obras como “evasivas”, “diversionistas”, “herméticas”  y hasta “contrarrevolucionarias”, con el consiguiente perjuicio social a los que recibían este sambenito y la conformación de un falso canon que hacía pasar como paradigmáticos libros y autores que, por fortuna, hoy han pasado a un merecido olvido por su falta de verdaderos valores a partir del punto de vista estético y su inautenticidad.
     
Quizás existía alguna excepción, como fue el caso de la página de poesía que con frecuencia semanal publicaba Basilia Papastamatiu en la sección cultural de Juventud Rebelde. Pero esa excepción solo sirve para confirmar la dolorosa regla.
     
No fue hasta los años 90 que críticos como Salvador Redonet, Margarita Mateo, Francisco López Sacha, Leonardo Padura o Arturo Arango, entre otros, establecieron con sus libros y ensayos algunos presupuestos válidos para analizar la reanimada explosión literaria que caracterizó esa década, y que se consolidó en este tercer milenio, en el transcurso del cual han aparecido también otros críticos con visiones desde lo genérico, lo racial, lo generacional u otras perspectivas para enriquecer las generalizaciones teóricas del quehacer escritural en nuestro país.
       
Sin embargo, es una rareza encontrar en estos estudios  elementos para una jerarquización. Casi todos recurren a los análisis contenidistas para tratar de demostrar alguna tesis que excluye cualquier tipo de escalafón.
      
Es por ello, que el lector y los autores no tienen quien les escriba en términos inmediatos. Es decir, es raro encontrarnos en la prensa escrita y especializada, una reseña que no sea laudatoria o meramente descriptiva. Lo que sí ocurre, digamos, con la crítica cinematográfica que se atreve a señalar los lunares oscuros y dar una opinión comprometida cuando aborda con puntualidad la producción tanto de realizadores cubanos como extranjeros.
        
En conversaciones con los lectores he descubierto que la mayoría de ellos, a la hora de elegir los títulos que consumirán, hacen caso omiso de lo que esta “crítica” ─por otra parte, escasa y asistemática─ recomienda.
        
Es lamentable que todavía haya mucho de amiguismo y compromisos extraliterarios en esas notas que nunca se arriesgan a señalar deficiencias en libros que, después de leídos, no se parecen en nada a los que se nos presentaban en las páginas de los periódicos y revistas especializadas, casi como obras maestras.
     
¿Será el temor a que el objeto de análisis resulte después uno de los miembros del jurado que analizará la obra que enviamos a los concursos?. ¿O tal vez la misma persona que puede escribir mañana sobre nosotros y tomar represalias en caso de que nuestra reseña no haya sido todo lo elogiosa que esperábamos?.
      
Cada año se entregan en nuestro país los llamados “premios de la crítica”. Muchas veces me he preguntado: ¿es en realidad “la crítica” quien los otorga en un contexto donde ésta es prácticamente nula?. Más valdría cambiar el nombre de ese reconocimiento y llamarlos algo así como los “premios del Instituto Cubano del Libro”.
     
Por el momento, habrá que esperar a que todos y todas las brillantes teóricas que escriben valiosos ensayos sobre aspectos generales, se decidan a ejercer el criterio de manera más directa y específica. Y también, claro está, que nuestros medios abran espacio a una labor tan necesaria y desacralizadora como la de estos exégetas que, con seguridad, contribuirían  a poner las cosas en su sitio, dentro de esta indigencia jerarquizadota que impide la reformulación o la misma conformación de un canon. Un canon donde no tengan lugar las componendas ni los juicios contaminados por simpatías y aversiones. El canon de la crítica que necesitamos. De la que estamos hablando.